Leones de Aníbal
Capítulo 56
Aníbal se mostraba contrariado, lo cual era toda una novedad. Tabnit no recordaba la última ocasión en que lo había visto tan frustrado, pues rara vez se le negaba el éxito de los objetivos que emprendía. Estaba tan acostumbrado a ganar que los grandes contratiempos le producían una profunda desazón… Hasta que hallaba la solución al problema.
Pues al detenerse a analizar la situación, Tabnit advirtió que su cara recuperaba poco a poco esa expresión apasionada que le provocaban los desafíos.
—Escipión se nos ha escurrido de entre las manos —dijo a sus oficiales, mientras paseaban en grupo por la orilla del Erídano—, pero aún podemos alcanzarlo. No será capaz de mantener ese ritmo, no cuando él mismo está herido y la mayoría de su ejército marcha a pie.
—¿Qué propones? —quiso saber Cartalón.
—Buscaremos un lugar apropiado donde tender un nuevo puente.
—¿Por qué no aprovechamos esta zona? —preguntó Asdrúbal—. Todavía quedan algunas tablas instaladas por los romanos, sería trabajo adelantado.
—El caudal es demasiado ancho. Según los batidores, a dos días al oeste hay una zona más estrecha.
—Para entonces Escipión ya estará muy lejos —rezongó Magón.
—Cierto. —Y los ojos de Aníbal brillaron con la picardía de quien tiene un plan en mente. Fijó su mirada en Tabnit—. Por eso creo que es el momento de plantear una demanda de rescate a los romanos, tal y como propusiste. Tenemos a más de seiscientos prisioneros, y uno de ellos es el tribuno preferido del cónsul. De este modo, conseguiremos dos triunfos al mismo tiempo: detener o ralentizar el avance de su ejército, pues habrán de organizarse para el encuentro, y, si aceptan el intercambio, plata con la que sobornar a los celtas que viven al sur del Erídano. Las reservas que traíamos desde Hispania casi se han extinguido.
—¿Vamos a pagar a esos bárbaros? —se quejó el hermano menor—. Deberíamos obligarlos por la fuerza.
—Y lo haremos cuando no sirvan los tributos —le explicó el estratega—. Sin embargo, nos interesa perder el menor tiempo posible. El dinero es más rápido que la espada a la hora de ganar lealtades. En cualquier caso, es un suicidio viajar por la región que se extiende al otro lado del río dejando aliados romanos a nuestras espaldas.
—Por no hablar de que nuestras despensas merman con rapidez y así podríamos reabastecernos —apuntó el mismo Tabnit.
—Así es —asintió el general.
Magón tuvo que rendirse de nuevo al sensato razonamiento. ¡Cuánto se alegraba el consejero cartaginés de que el hermano mayor fuera Aníbal, y no al revés! Aunque voluntarioso y valiente, el menor de los Bárquidas seguía siendo demasiado alocado.
Por tanto, al reanudar el viaje el ejército se encaminó hacia poniente hasta encontrar el punto más estrecho, aquel del que habían hablado los exploradores. Dos jornadas les costó alcanzarlo, y luego consumieron otro par construyendo el puente. Entre tanto, un mensajero había cruzado el río en balsa y se dirigía hacia el campamento romano en busca de parlamento.
Estaba por ver si lo dejarían volver con vida… y cuál sería la respuesta que traería con él.
Había en aquel joven una dignidad natural que iba más allá de aquella postura regia y la seguridad a la hora de hablar. Tabnit se asombró por enésima vez de que existieran hombres, como Leukón o aquel que ahora tenía frente a sí, que a edades tan tempranas destilaran semejante aura de honorabilidad.
Publio Cornelio Escipión hijo fue quien acudió a la convocatoria de parlamento. Lo hizo en nombre de su padre, que seguía convaleciente, y sin duda era un interlocutor que estaba a su altura a pesar de la juventud. El gesto, a la par solemne y altivo, denotaba una voluntad tan férrea como la de su progenitor. No, no se amilanó ante Aníbal, y no existía mayor prueba de valía que enfrentarse a la estampa del Bárquida.
Mientras Asdrúbal se hacía cargo de que el ejército cruzara el río, los dos mil jinetes que acompañaban al estratega custodiaron a los prisioneros hasta el lugar de la reunión: una región llana a medio camino entre ambos campamentos, donde no existía la posibilidad de ataques por sorpresa. La comitiva romana ya los esperaba allí, con una fuerza de legionarios igual a la que portaban los cartagineses, tal y como había dispuesto el mensajero.
Era el momento de negociar. Los parlamentarios avanzaron con sus oficiales hasta quedar enfrentados, portando cada bando el estandarte de rigor. Los cartagineses lucían con orgullo el rayo Bárquida, y los romanos seis fustes con otras tantas criaturas que simbolizaban a las distintas unidades: el caballo, para los équites; el jabalí era el distintivo de los vélites; el toro representaba a los asteros; el minotauro era el orgullo de los príncipes, y la loba, que según la tradición amamantó a los fundadores de Roma, reposaba en los brazos de un veterano triario. Por último, la enseña de un águila aglutinaba a toda la legión como un mismo ejército.
—Ante vuestra demanda de parlamento, me presento como la voz de mi padre, cónsul de Roma —dijo el joven Escipión, saludo tras el cual Alcón comenzó a traducir—. ¿Quién, entre los que estáis aquí, tiene autoridad para hablar? —interrogó, aunque muy bien conocía la respuesta.
—Yo la tengo —respondió con aire grave el general púnico—. Soy Aníbal Barca, hijo de Amílcar, sucesor de Asdrúbal, estratega de Cartago. Y traigo conmigo unos prisioneros a los que, quizá, querréis recuperar. Al menos uno de ellos es muy querido por tu señor, si estoy en lo cierto.
El romano volvió a hablar.
—Di un precio, y entonces decidiré. Porque por mucho afecto que exista, hay pagos que no pueden aceptarse —tradujo el hispano.
—¿Doscientos talentos te parecen justos por la vida del tribuno de tu padre y otros seiscientos compatriotas?
Y Aníbal hizo un gesto con la mano. Un soldado acercó a uno de los cautivos: Buteo.
—Ni todas las riquezas del mundo pagarían la vida de hombres leales a Roma, y menos la de tan fiel amigo —dijo el joven—. Pero ¿acaso debo plegarme a tus exigencias y permitir que utilices esa fortuna para aumentar tus fuerzas? Mañana estarían en peligro muchos más de los que hoy pudiera salvar con este acuerdo.
—Es tu decisión, como bien has dicho, hijo del cónsul.
El enfrentamiento entre ambos era tan vivo que Tabnit se sintió de algún modo empequeñecido ante la fuerza de aquellas dos personalidades superiores. ¡Que existiera alguien en el mundo capaz de sostener la mirada de Aníbal no era algo habitual! Pero aquel jovencito aprendiz de líder militar tenía fuego en su interior, desde luego.
Tampoco entraba dentro de lo previsto que fuera Buteo quien rompiera el mutismo.
—Permíteme, León de Cartago, que hable a solas con el hijo de mi señor —pidió.
El estratega consintió a cambio de que la conversación se llevara a cabo en terreno neutral, jamás entre las tropas romanas. No estaba dispuesto a dejar que se apoderaran del oficial, su gran baza para las negociaciones.
El tribuno y el vástago del cónsul se alejaron unos pasos e intercambiaron palabras entre susurros, escondiéndose la boca con la mano para que nada delatara lo que se decían. Buteo, que doblaba en edad a Escipión, le explicaba algo con gran énfasis; el joven cabeceaba, poco convencido. Mientras tanto, Tabnit no pudo dejar de observar la inquietud que demostraba Alcón, ora reposando el peso del cuerpo en un pie, ora en el otro.
Cuando concluyó la charla privada, los parlamentarios volvieron a reunirse. Publio Cornelio declaró al fin sus intenciones.
—Tendréis la plata que exigís. Se os enviarán los carros necesarios cuando reunamos la cantidad acordada, y entonces liberaréis a los prisioneros. Bien espero que hasta ese momento los tratéis con decencia y cumpláis vuestra palabra. En caso contrario, juro debajo de este cielo y ante todos los dioses que Roma caerá sobre vosotros.
De otro hombre, aquella amenaza habría sonado a bravata insulsa. ¿Acaso no estaban ya en guerra? ¿Es que, si pudieran, no tendrían ya a todos los romanos atacándolos? Pero aquel joven oficial sabía imprimir corazón y fuerza a sus discursos. En sus labios la promesa ardía amenazante, real.
Algo le decía a Tabnit que, después de tanto tiempo, Aníbal había encontrado al único rival digno de su grandeza.