Leones de Aníbal
Capítulo 7
Progresaron entre las últimas tierras de Edetania durante días, hasta alcanzar el río Udiva, considerado el límite de dicha región. La verdad, nada cambió cuando lo cruzaron: los paisajes seguían siendo idénticos; el mismo terreno veteado con vegetación de secano.
Sin embargo, se hallaban ya en Ilercavonia. Las costumbres de sus habitantes no distaban gran cosa de las de los edetanos, salvo algunas menudencias; mayores diferencias habrían encontrado con los beribraces, una pequeña etnia situada inmediatamente al oeste, influenciada por los celtíberos. Se demostraba con ello que, a pesar de la independencia de cada pueblo, todos ellos formaban una cultura común, aquella que los colonos griegos llamaron «íbera» y que con el tiempo fue habitual en los labios de los lugareños, aunque no fuera usada como término patriótico común.
A lo largo de aquella etapa del viaje se demostró que al menos los ilercavones sí habían hecho honor a los pactos que contrajeron con los cartagineses. Nadie les salió al paso para causar problemas, ni hubo oposición a que el ejército acampara en las cercanías de los oppida cuando la marcha alcanzaba una de estas fortificaciones. Los habitantes, con gusto, les vendían víveres y cuanto precisaban, demostrando que algunos de los mejores negocios eran los que derivaban de la guerra. No se hicieron reclutamientos al paso por estas poblaciones, pues sería tarea de Asdrúbal tomarlos para la defensa de Iberia.
La hueste de Aníbal causaba honda admiración en aquellas gentes sencillas, algo con lo que Leukón se identificaba. Él mismo seguía tan pasmado como el primer momento al volver la cabeza y atisbar la masa que marchaba a sus espaldas: un gran gusano, un ciempiés con millares y millares de patas. Ahora formaba parte de un monstruo que parecía querer devorar cuánta tierra se pusiera por delante, un jirón de viento en un vendaval imparable. ¿Cómo no iban a llenarse de asombro los ganaderos y agricultores que los atisbaban, tan poco acostumbrados a semejantes despliegues? Sobre todo, ante la visión de los elefantes, que viajaban delante. Las razones resultaban obvias incluso para él: había que evitar que aplastaran a nadie si por algún motivo se desbocaban. Además, su presencia en la cabeza del ejército era una estampa intimidante, capaz de disuadir cualquier intento de emboscada.
El miedo marchaba con ellos.
Leukón había llegado a pensar que lo ocurrido con el espía le convertiría en el protagonista de todos los rumores del ejército. No fue así; el asunto pareció diluirse sin más, y su participación quedó en una anécdota recordada con orgullo por los pelendones durante los primeros días. Desde luego, el joven no estaba muy dispuesto a alardear, no ante lo que en el fondo era su obligación. Ni por asomo quería parecerse a Babpo, que aprovechaba cualquier oportunidad para hacerse notar.
Sin embargo, hubo dos personas que sí reconocieron su acto y actuaron en consecuencia. Uno de ellos fue, por supuesto, Tabnit, quien a partir de entonces solía cabalgar a su lado cuando las obligaciones se lo permitían. El muchacho tuvo que soportar alguna que otra mofa por parte de los guerreros del clan Okalakom.
—Las cosas empiezan a aclararse. El púnico ha encontrado a un amante bien jovencito con el que jugar —se burló Babpo en una ocasión en que el consejero no estaba presente, obligando a Leukón a morderse la lengua para no saltar sobre él.
Alcón fue otro de los que se enteró de la hazaña del celtíbero y se apresuró a felicitarle.
—Si alguien puede hablar sobre el valor, ése soy yo. —Sin embargo, el modo en que lo dijo estaba teñido de vergüenza—. Y tú lo tienes, hijo. Créeme.
Hasta Leukón, que era tan joven e inexperto en los temas de la vida, advirtió que aquel hombre sufría algún tipo de carga que le pesaba en el corazón.
—No obstante, da la impresión de que vayas buscando la lucha —apostilló—. Dicen que casi matas a golpes a ése espía.
El muchacho había pensado mucho en ello. En realidad, sabía muy bien de dónde provenía su rabia, porque la había sentido desde el primer instante en que se separó de Stena. «Batallaré contra todo enemigo y no dejaré a ninguno en pie», le había prometido a su amada antes de dejar Okalakom. «Arrebátales la vida, ya que tal suerte deben sufrir por apartarte de mi lado», fue la exigencia de la joven. Y bien que se lo pedía la sangre.
—Soy un guerrero pelendón —respondió, como si fuera suficiente explicación.
Alcón no dijo nada más al respecto. Pero el modo en que lo miraba le hizo comprender al adolescente que el arsetano no era el único que dejaba expuestas sus penurias.
Habían viajado durante todo el día entre la costa y un macizo de montes a su izquierda, hasta que al fin éstos ralearon. El camino se volvía llano hasta donde alcanzaba la vista, salvo unas elevaciones allá a lo lejos que desde luego no parecían gran cosa.
Leukón maldijo una vez más el sofocante calor, y por enésima vez recordó con añoranza los veranos frescos de Pelendonia y sus noches suaves, en las que se podía oler la hierba, a diferencia de las tierras que ahora recorría. La escasa humedad propiciaba que al paso del ejército se levantara una odiosa polvareda, que se le pegaba al cuerpo mojado de sudor. Deseó volver a nadar en el río cercano al castro, junto a Stena.
Siempre junto a Stena.
Era la sexta jornada desde su partida de Arse, a media tarde, y habían llegado a Onusa. Allí se ordenó un alto, pues no merecía la pena seguir avanzando pudiendo acampar en un lugar donde atender ciertas necesidades. Ciudad y puerto marítimo de nombre curioso, nacido en labios de los colonos griegos que se habían apostado allí, si bien no se conocía en el lugar pacto de amistad alguno con Roma. En el idioma de los helenos significaba «lomo de asno», en referencia a la forma que dibujaba aquella pequeña península en el mar. Sus habitantes no parecían sentirse muy ofendidos por dicha denominación, pues conservaban el término y lo proclamaban con orgullo.
Era una urbe similar en concepción a Arse. Nacida íbera, cobró verdadera importancia cuando los griegos instalaron un puerto comercial en la costa. Un punto de mercadeo orientado especialmente a los territorios del interior, pues incluso los celtíberos se acercaban a Onusa para abastecerse con productos desconocidos en sus regiones, como el vino o las telas de oriente. Tenía una muralla, y la arquitectura de sus edificios era de influencia íbera con toques helenos.
Muchos de esos datos los recibió Leukón del intérprete, que solía marchar con ellos. En realidad, Alcón podría haber viajado con los arévacos o los lusones, mucho más numerosos, pero por algún motivo prefería acompañar a los pelendones. Y quizá porque el muchacho era menos tosco que el resto de los suyos se acercaba a él con mayor asiduidad. Al joven no le importaba, su presencia le resultaba agradable, pues sabía mucho y su conversación iba más allá de lo habitual entre los mercenarios: mujeres, fanfarronadas y pullas a los arévacos. Aunque sólo fuera por evadirse de las bravatas de Babpo, merecía la pena prestarle atención.
El númida le hizo un gesto con la mano. «Acércate, no temas», parecía decirle. Leukón asintió. Se aproximó al cercado, pero antes de traspasar aquella puerta de maderos de aspecto tan frágil se detuvo. Los celtíberos tenían un espíritu arrojado. No temían a la batalla, se solazaban ante los poderes de la naturaleza que aterrarían a otros hombres, y desde luego se reían de la muerte en sus mismas fauces.
Ahora bien, aquellas criaturas inmensas, además de soberbias, resultaban intimidantes. Por su exotismo, porque ni siquiera los osos que moraban en las montañas de Pelendonia podían compararse en tamaño. Cierto que transmitían la sensación de ser animales plácidos, de que no contenían fiereza alguna, pero Leukón sabía que si estaban allí era para repartir desgracia entre los enemigos del ejército. ¿Y quién le aseguraba que, como cualquier otra bestia salvaje, no despertaría algún instinto escondido y se lanzaría a embestirlo?
—Yo prometer que Dougga no patearte a ti —le dijo el hombre en un celtíbero comprensible, aunque con bastantes carencias.
Leukón cobró ánimo y se adentró en el corral de los elefantes. Los más de treinta paquidermos reposaban tranquilos. Había descubierto mediante la simple observación que, tal y como imaginó la primera noche que los vio, dormían de pie. Tiempo después sabría que existía una razón para ello: al recostarse, el peso del animal recaía sobre sus órganos internos, lo que podía asfixiar sus pulmones o detener el latido del corazón. Así que rara vez se tumbaban, preferían quedarse plantados, apoyándose en ocasiones con la trompa, o unos contra otros. De todos modos, no solían dormir mucho, y eran de sueño ligero.
¿Por qué estaba allí? El muchacho había tomado una interesante costumbre desde la noche en que conversara con el oficial cartaginés —y que luego se desbocó de mala manera—: tras la cena, acudía paseando hasta el encerradero, donde permanecía un buen rato contemplando a los elefantes, cada día más fascinado. No resultaba extraño que el guía númida reparara en él.
Se paró a tres pasos del animal. Su instinto le gritaba que saliera corriendo, y por tanto no le quitaba el ojo de encima, listo para reaccionar al menor signo de agresividad. Su cuidador, en cambio, se mostraba totalmente relajado. También era un espécimen exótico, pues jamás antes había conocido a un hombre de piel negra, aunque hubiera escuchado hablar de ellos. Aquél en concreto no dejaba de sonreír en ningún momento. Sus dientes parecían tener luz propia, de tan blancos como eran.
—¿Se llama Dougga? —preguntó el joven.
—Así es. Ser el nombre de mi ciudad, allá en Libia. Hacer sentir a mí que estar en el hogar. Yo ser Ezalces, de los masilios, tal y como llamarnos los griegos y púnicos.
El celtíbero salvó la distancia que lo separaba del elefante. Éste se agitó un poco. Abrió el ojillo acuoso y dirigió la vista hacia él. Era un orbe muy pequeño en comparación con tan colosal cabeza, pero apreció algo poderoso bullendo en él. Leukón se estremeció hasta que se le erizó el vello de los brazos. En un primer vistazo, la mirada del elefante daba la impresión de tristeza, pero bastaba observarlo con calma para percibir una voluntad, una consciencia contenida en tan sincero intercambio. Calma absoluta, calidez, una presencia pacífica y amigable que se extendía, que se ofrecía; una profundidad que no entendía de subterfugios, de malas intenciones. Algo similar a lo que le hacía sentir Bronce.
—Tú tocarlo —le animó el cornaca.
Al posar la mano sobre aquella piel dura y rugosa, tembló de nuevo en un intenso escalofrío. Acarició al animal. Conforme movía su palma recorría los surcos, la piel cuarteada. La experiencia le llenó por dentro. Fue como entablar una conexión con el paquidermo, el cual emitió una especie de bufidos, claramente de satisfacción. Se le atoró la garganta durante un buen rato, conmovido.
—Ser una criatura fascinante, ¿verdad?
Leukón asintió, incapaz todavía de hablar debido a la emoción.
—Dougga ser un elefante de la selva, muy pequeño. Por eso no llevar torres. Cazarlos en las montañas de Libia, a las que los griegos llamar como uno de sus titanes, Atlas. Pero haberlos más grandes.
Señaló hacia el centro de la manada. Y, en efecto, allí estaba, un lomo blanquecino que sobresalía por encima del resto.
—Ser Surus, el elefante personal de Aníbal. Pertenecer a una especie que habitar en riberas orientales del mar Interior.
Incluso entre los que tenían un tamaño menor, pensar en semejantes moles cargando hacia él resultaba espeluznante. Y, al mismo tiempo, le costaba creer que un ser de espíritu tan puro como Dougga pudiera convertirse en una máquina de destrucción.
—Es… hermoso, a su manera —dijo el muchacho, mientras seguía acariciándolo.
—Sí. Mi hermano. Nosotros haber crecido juntos, por eso ir también a la guerra juntos. Si yo morir, él rendirse a la pena y acompañarme. Si Dougga caer en el combate, mí se quitará la vida para compartir su destino.
El elefante levantó de pronto la trompa y, para sorpresa de Leukón, le propinó un leve golpe con ella, que aun así le hizo tambalearse. No había afán de causar daño, el joven lo interpretó como un gesto de agradecimiento por sus atenciones, una chanza, como el empellón cómplice de un amigo.
—Tú caerle bien.