Leones de Aníbal
Capítulo 58
Las primeras luces del día dieron inicio a una nueva jornada de viaje para Leukón y la miríada de compañeros con los que se movía. Una más, anodina y pesada, como ya tantas otras. A los guerreros celtíberos que le relataban sus batallas cuando era un niño se les olvidó mencionar los momentos de tedio de las campañas, que para colmo acrecentaban la añoranza. Ahora que de algún modo había recuperado a Stena, aunque sólo fuera en su corazón, pensaba de nuevo en Pelendonia, en Okalakom. En su amada.
Jamás lo confesaría, sobre todo delante de sus hermanos pelendones, pero empezaba a sentirse hastiado de aquella interminable aventura.
Recorrían tierras de aspecto inmutable, muy similares a las regiones íberas cercanas al mar, cuyas elevaciones en ningún caso eran tan agrestes como los montes de Celtiberia. A la izquierda dejaron una franja de árboles que escondía el río Erídano, y a la derecha, tras la planicie que se extendía hacia el sur, unas colinas bajas. Ni siquiera las lloviznas de los dos últimos días habían logrado erradicar esa sensación de secano que transmitía el paisaje.
El ejército se movía en columnas, cada una de ellas protegida por la caballería pesada en su delantera y en la retaguardia. La teoría dictaba que, tras los pagos realizados por Aníbal, los nativos del lugar se mantendrían neutrales en el peor de los casos. Sin embargo, la disposición de las tropas indicaba que los oficiales no se fiaban mucho de esa buena voluntad.
Leukón esperaba que el hartazgo concluyera en cuanto dieran alcance a su presa. De nuevo, perseguían a los romanos. Y la orden principal era que las tropas enemigas no lograran alcanzar un río que, según Tabnit, quedaba al este. Al otro lado de esas aguas todo sería desfavorable para los intereses de Aníbal y los suyos. El mayor inconveniente sería la oposición de las tribus galas aliadas con Roma, a las que no habían podido sobornar.
El día transcurrió con pocos descansos, así que, tras detenerse y preparar el campamento nocturno, pocos eran los que tenían ganas de chanza.
—Ya deberíamos haber dado alcance a esos perros cobardes —comentó Tibasté —. Según dicen los cartagineses, su general está herido. Eso debería retrasarlos.
—Tienen los huevos en la garganta —dijo Babpo—. Por eso corren tanto.
El caudillo asintió. Todavía se le veía taciturno. La muerte de su hijo quedaba demasiado reciente en la memoria, su ausencia todavía se hacía notar.
Sin embargo, el muchacho no comprendía los motivos por los que, desde hacía unos días, Alcón se había distanciado de todo y todos. El íbero, que tanta conversación le había dado durante el largo viaje, ahora hablaba poco y siempre con evasivas.
—Algo lo carcome —opinó Nunn cuando Leukón le transmitió su preocupación. Abandonado. Así encontraron el campamento del enemigo. No quedaba nadie allí, sólo las tiendas y un perímetro defensivo que ni siquiera había sido desmontado. Calderos con sopa que nunca fue repartida, ropas, enseres personales dejados de lado debido a la premura…
La relación con la celta también había sufrido un cambio drástico tras comprender que lo que creyó sentir por ella era un artificio producido por la ausencia de Stena. El falso enamoramiento se convirtió en sincera amistad, en un estrecho entendimiento debido a la juventud de ambos.
Nunn irradiaba júbilo cuando no estaba preocupada atendiendo a los heridos. Se sentía útil, había encontrado una tarea, un objetivo. Y más, mucho más, a tenor de la confesión que le hizo unos días atrás: esperaba un hijo de Tabnit.
Leukón entendía su felicidad. La venida de una nueva vida era uno de los acontecimientos más celebrados entre los celtíberos.
Era mediodía del día siguiente cuando el ejército realizó una parada imprevista. Tabnit se acercó poco después para explicar a Alcón lo ocurrido, y que así éste pudiera informar a los caudillos celtíberos. Leukón, que viajaba con el íbero para tratar de averiguar su desazón, lo escuchó todo.
—Anoche, los celtas itálicos que luchaban al lado de los romanos se rebelaron. Alrededor de dos mil soldados de infantería y doscientos jinetes provocaron un buen altercado en su campamento, en plena noche. Tras matar a los centinelas, desertaron. Y ahora han venido a prestarnos juramento.
—Es una buena noticia, ¿verdad? —intervino el muchacho, ante la parca afirmación del arsetano con la cabeza.
—Sí, aunque Aníbal ha decidido actuar como con los boyos y enviarlos a sus hogares para que extiendan nuestra generosidad —argumentó el consejero—. La verdad es que no necesitamos a mercenarios que no estén familiarizados con nuestras tácticas. El verdadero regalo ha sido la información que nos han transmitido: los romanos están a punto de cruzar el Trebia.
—¿Cómo es posible que nos lleven tanta delantera? —quiso saber Tibasté, que se había unido a la conversación.
—Levantaron el campamento de nuevo en mitad de la noche. El propio Escipión, a pesar de las fuertes dolencias provocadas por su herida, así lo dispuso. En contra de nuestras suposiciones, han forzado la marcha a pesar de la convalecencia de su líder. Según los desertores, su intención es acampar en un terreno elevado que queda más allá del río, y que resultaría impracticable para nuestra caballería. Si llegan, perderemos nuestra principal ventaja.
—No les daremos alcance con este ejército tan lento —apuntó Leukón.
—Cierto —dijo el cartaginés—. Por eso Aníbal ha dado una orden. Jinetes de Okalakom, preparaos para cabalgar de nuevo.
—¡Fijaos en esto! ¡Vino! —dijo un exultante Babpo, exhibiendo un odre de piel del que no tardó en beber un buen trago—. ¡Y del bueno!
A pesar de las consignas de Magón y Maharbal, los hombres se dejaron llevar por las ansias de saqueo. Después de la conquista de Taurinum no habían tenido la oportunidad de aumentar sus bolsas, así que la tentación de perderse en aquel campamento lleno de fruslerías fue superior a cualquier orden.
De pronto, a Leukón se le pasó por la cabeza que aquélla era la reacción que habían pretendido provocar los romanos al dejar montado el asentamiento. ¡Querían que sus perseguidores se entretuvieran recogiendo todas las baratijas despreciadas!
Después de no pocos gritos, los dos mandos lograron hacer entrar en razón a sus jinetes. De mala gana, aceptaron volver a cabalgar y dejar para la vuelta la recolección de los tesoros.
Azuzaron a los caballos como pocas veces lo habían hecho. Caían los estadios, pasaban los pastos tronchando la hierba al estruendo de los cascos equinos. Pronto olvidaron lo ocurrido; los unía un afán común: alcanzar y destrozar a esas ratas que huían.
Antes de que empezara a descender el sol dieron con un grupo de rezagados que corría movido por la desesperación. Los aplastaron. Leukón sintió cómo las patas de Bronce pasaban por encima de varios hombres, triturando huesos y moliendo la carne.
Estaban cerca. Casi podía verlos, allá a lo lejos, una forma indefinida que cobraba fuerza a cada latido.
La retaguardia de las mermadas legiones consulares.
—¡Cargad, por vuestras madres! —bramó Magón, que parecía fuera de sí.
El muchacho le pidió un último esfuerzo a Bronce, y éste respondió con la nobleza acostumbrada. Jinete y alazán. Dos que en ese instante eran uno. Ambos ardiendo por el mismo afán.
Alcanzar un destino.
De pronto, un grupo de legionarios se detuvo y formó para contener el ataque de la caballería. Los asteros de los tres manípulos afianzaron la posición tras sus escudos ovalados, a pesar de que debían de saber que no resistirían la carga. No sin lanzas de falange, no cuando eran tan pocos. Se sacrificaban por los suyos. Un acto que Leukón alabaría tras la batalla.
Pero ahora llegaba el momento de matar.
Los romanos descargaron sus pilum. La primera andanada recayó sobre los jinetes celtíberos, que marchaban en el centro mientras los númidas ya se escoraban para envolver al enemigo por los flancos. Llegó la segunda acometida de proyectiles. Leukón vio el dardo, fijó la vista en él como si de algún modo estuviera hechizado y le robara toda la atención, incluso a pesar de que era uno entre cientos. Parecía que no existiera nada más en el mundo que esa línea que se acercaba más y más, con lentitud, o tal vez fueran los sentidos del muchacho, en armonía con un tiempo que avanzaba muy despacio. Y, en el último suspiro, cuando el zumbido de tantos aguijones letales se adueñó del mundo, tiró de las riendas de Bronce. El animal torció a la izquierda. El jinete se inclinó hacia el mismo lado. El venablo perforó el espacio que había ocupado un instante antes, hincándose en el compañero que trotaba detrás del joven.
Los estragos de la muerte voladora no frenaron el ímpetu celtíbero. Un grito se elevaba en la llanura, y de pronto Leukón advirtió que él mismo se había unido al bramido de pura furia que brotaba de cada garganta.
Ya podía distinguir la decoración de los escudos romanos, en uno de los cuales fijó la mirada. El sol brilló en aquellas celosías que formaban un jabalí justo antes de que el alud celtíbero sepultara a su portador.
La acometida fue breve y no quedó un solo romano en pie. El mismo Leukón acabó con un infeliz que no sabía muy bien si escapar o lanzarse a un último enfrentamiento que en nada cambiaría su suerte. El pectoral de cuero resultó ser escasa armadura para el filo pelendón. Una nueva cabeza para su colección.
Sin embargo, lo que debiera ser una victoria resultó todo lo contrario. Pues aquella distracción sirvió para que la retaguardia del ejército consular lograra cruzar por completo el río.
La caballería se detuvo. Maharbal, e incluso Magón, entendieron que realizar una carga sobre orillas embarradas era un suicidio. Leukón se sintió tan frustrado como el menor de los Bárquidas al apreciar cómo los romanos se perdían en la distancia.
No le gustaba bajar la cabeza y admitir la derrota.