Leones de Aníbal
Capítulo 12
Durante la vuelta del santuario no hubo nuevos susurros sobrenaturales, ni formas fantasmagóricas que revolotearan en torno al grupo. Los dioses púnicos, dictada al fin su voluntad, parecían haber enmudecido.
Pero Alcón no podía quitarse del cuerpo aquel maldito temblor. Miedo, siempre miedo. A lo físico y por lo visto también a lo que no podía tocarse. Era superior a sus fuerzas: cuando el pavor se cebaba con él, donde otros encontraban coraje con el que engrandecerse —pues en ello consistía la valentía— el traductor sólo sentía una angustia que le derrotaba sin remedio.
«Es lo que eres, no puedes huir de ello», repitió una y otra vez la voz de Daleninar en su cabeza.
De nuevo, ella tenía razón. Bastaba contemplar a sus compañeros para que el pecho se le llenara de vergüenza: Aníbal, tal cual exigía su fama y condición, no mostraba el menor ápice de intranquilidad; Tabnit, siempre analítico, parecía pensativo ante lo vivido, aunque mantenía la calma. ¡Hasta al muchacho se le veía tranquilo! Serio y poco hablador como era habitual en él, su expresión estaba teñida de aceptación y reverencia.
Anheló compartir la bravura de aquellos tres hombres. Menuda novedad. Se había pasado los últimos tiempos envidiando a todo el mundo, incluso a los muertos de Arse.
Sobre todo, a los muertos de Arse.
Debía de ser pasada la medianoche cuando encararon la falda del último monte. Alcón deseaba llegar a la tienda y sumirse en un sueño que le hiciera olvidar el ridículo papel que había tenido en aquella maldita excursión.
Pero entonces, antes de que salieran de la angostura entre las montañas, Leukón se detuvo de modo brusco. Miró a un lado y a otro de la vereda, escrutando en las sombras.
Cuando abrió la boca fue para congelar la sangre de Alcón.
—¡Emboscada!
Cinco figuras surgieron desde los árboles como oscuras dagas hechas de negro y traición, cortándoles el paso con evidente propósito. Empuñaban hojas rectas, muy anchas y cortas, que proclamaban su identidad: ilercavones. No fueron ellos, sin embargo, quienes iniciaron el combate. El celtíbero levantó su espada: destacaban los dos remates en el pomo que ayudaban a que no resbalara a causa del sudor; el acero tenía forma de puñal, y había sido forjado para estocar.
Leukón atacó sin piedad, desgarrando el aire con un grito de desafío.
—¡A mí, Cosus! —bramó con su primer golpe, que tomó por sorpresa al ilercavón más adelantado, que nada pudo hacer para evitar que le atravesara el vientre. Volvió a aullar Leukón, en busca de otro rival—. ¡Por Lug!
Pero ¿y los otros? Tabnit era más hábil que Leukón, aunque no poseía el ímpetu salvaje del pelendón. Su destreza le valió para mantener a distancia a dos de los enemigos, mas no para imponerse a ellos.
Y, mientras tanto, Aníbal y Alcón se encontraron acorralados por el quinto agresor. Con mano temblorosa, el edetano alzó el hierro que a duras penas empuñaba. No contaba entre sus escasas virtudes con el arte de la esgrima, aunque le hubiera servido de poco: su problema más acuciante era el pavor, el mismo que provocó que sus entrañas brincaran de tal modo, se estrujaran con tal violencia, que casi se le salieran como si de orín se tratara. Se vio atrapado por tal terror que los músculos se negaron a obedecerle. Toda claridad había huido de su mente.
Al percibir su inmovilidad, el estratega, de espíritu flamígero, tomó las riendas de la situación: se adelantó y, salvando la acuciante flojera ante la pérdida de sangre, se encaró al asesino íbero. Mientras tanto, Alcón soltó su espada corta y se dejó caer en el suelo, tapándose los oídos con las manos en un inútil afán de escapar de lo que ocurría. Fue incapaz de reaccionar a pesar de ver los apuros del líder púnico y sus compañeros.
Aníbal resistió muy poco. Su contrincante logró desarmarlo momentos después, y la falcata fue a parar junto a Alcón tras repiquetear en el suelo pedregoso. Una parte de sí mismo le clamaba que actuara, que se lanzara al ataque. «¡Imponte, no dejes que ella tenga razón, padre!». Había ardor en las consignas de ese Isbataris que no era tal. Bastaría con extender el brazo, tomar el arma y devolvérsela al púnico. O mejor aún, utilizarla. El íbero no le prestaba atención, nada le impediría atacarle por la espalda.
Sin embargo, aquella desesperante oleada que le estrangulaba el ánimo le impidió moverse. El miedo, acostumbrado a ganar, se impuso mediante consignas irracionales que le desgarraron las entrañas. Porque así era el verdadero horror: sin sentido, inmune al raciocinio.
Ahora bien, Aníbal, sin duda, estaba tocado por los dioses. Cuando el ilercavón se disponía a hundirle la espada en el vientre, Tabnit acudió para auxiliarlo una vez libre de sus rivales. Abrió un primer tajo en la espalda del atacante, despreciando cualquier norma de honor, pues tampoco lo merecían quienes emboscaban. El íbero cayó con las rodillas por delante, aullando de dolor. No pudo defenderse de la muerte que le llegó de mano del consejero: sin miramientos, le clavó la punta de su espada curvada en el cuello, atravesándolo de parte a parte en un iracundo estallido de carne y sangre, hasta casi desprender la cabeza del cuerpo.
Alcón sintió la bilis subiendo por su garganta.