Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 17 de 79

Páginas del PDF

Leones de Aníbal

Capítulo 14

 

Leukón marchaba de nuevo junto al resto de pelendones. Del cuello de Bronce colgaban las dos cabezas de los enemigos derrotados, que con esmero había untado en aceite de cedro después de vaciarles el cerebro y taponar los orificios, para que las piezas se mantuvieran incorruptas. Siguió el procedimiento con absoluta solemnidad, y ahora sólo quedaba esperar al siguiente ritual de la Luna para ofrecer los premios a Cosus, el dios de las armas. De ese modo quedaría ratificado como guerrero de pleno derecho entre los suyos. Aquellos trofeos le acompañarían hasta que pudieran adornar su casa, si algún día volvía a Okalakom. Allí los atesoraría como el mayor de los trofeos adquiridos en vida, y jamás los cedería, ni aunque le ofrecieran su peso en oro. Sería motivo de orgullo mostrarlos a todo huésped que acogiera, a quienes contaría la historia del combate que lo convirtió en adulto.

Mientras tanto, se había ganado la admiración de sus compatriotas. Babpo volvió a ofrecerle los servicios de una prostituta, que era su modo de mostrar compañerismo —y aunque Leukón de nuevo se negó, esta vez no recibió mofa alguna—. Tibasté incluso lo abrazó, orgulloso de la hazaña como si se tratara de su propio hijo. Y fue precisamente éste quien se mostró más hosco, celoso de que su padre pusiera a Leukón como ejemplo de hombría y defensor del honor del clan, cuando a él sólo le dedicaba indiferencia.

Los guerreros del clan Okalakom se reunieron en torno al muchacho y asistieron fascinados al narrar de los hechos por parte del joven. Exclamaciones de asombro, murmullos de aprobación, proclamas a Lug y otras divinidades… Se dice que tres son las grandes pasiones de los celtíberos: yacer con sus mujeres, guerrear hasta la muerte y las historias en torno a una hoguera.

Y aquélla dejó satisfechos a todos.

 

Siguieron el curso del río tal y como les habían indicado en íbera, y por el camino se les fueron uniendo el resto de etnias celtíberas que habrían de compartir la gloria o el fracaso de aquella aventura. Mientras tanto, los exploradores que viajaban por delante regresaron con noticias, efectivamente, de un paso factible, al que la vanguardia del ejército llegó a mediodía. Se trataba de un pequeño tramo donde el río quedaba partido en dos debido a un islote fluvial alargado. A pesar de ello, la profundidad resultaba excesiva para vadearlo. Ni siquiera el verano había logrado rebajar el caudal lo suficiente.

Los oficiales discutieron y los soldados descansaron. Poco después, Alcón les transmitió lo que se había decidido.

—Los elefantes no tendrán problemas para cruzar. El resto deberemos dividirnos en tres columnas, a fin de no eternizar el paso. Construiremos otros tantos puentes hasta el islote, y desde allí repetiremos la operación para alcanzar la otra orilla.

Los hombres se afanaron en la tarea. La zona, rica en árboles, les permitió talar y talar hasta amontonar gran cantidad de madera. La mano de obra era abundante, de modo que mientras unos cortaban, otros empezaron a levantar las pasarelas mediante sogas y puntales, con la ayuda de los elefantes. Las plataformas resultaron ser toscas, desde luego, pero también funcionales.

A pesar del esfuerzo conjunto, erigir los seis puentes les llevó varios días. Debían asegurarse de que las construcciones soportaran el paso de treinta mil individuos, muchos de los cuales montaban a caballo.

Como indicó Alcón, primero pasaron los elefantes. Leukón observó la destreza con que Ezalces y el resto de guías gobernaban a los paquidermos mientras surcaban la corriente. Porque, aunque eran animales acostumbrados a los ríos, donde gustaban de retozar para humedecer sus gruesas y siempre secas pieles, se mostraban temerosos cuando el agua les llegaba al cuello. Dougga fue de los primeros en cruzar, y quizás el que menos vaciló.

Llegó entonces el turno de hombres y jinetes. Se dividieron en las tres columnas anunciadas, siendo los númidas y celtíberos con caballos quienes marcharon delante. Llevaban las monturas por las riendas para repartir mejor el peso sobre la madera. A paso lento pero constante, salvaron el primer tramo hasta el islote. Cuando le tocó el turno a Leukón tuvo que calmar a Bronce, nervioso ante la perspectiva de recorrer un tramo que crujía y temblaba. Sin embargo, la confianza en su dueño y amigo era absoluta, y cuando quiso darse cuenta ya había alcanzado el otro lado del río.

Algunos se quedaron atrás. La expedición había terminado para los mercachifles, comerciantes y prostitutas que acompañaron durante tantos días al ejército. El riesgo de transitar por regiones desconocidas era demasiado grande, asunto agravado por el hecho de que las bolsas de los soldados empezaban a mermar. A Leukón le pareció un tanto cómico observar cómo Babpo se despedía de varias de las mujeres con las que había yacido. Tras aquello, se pasó el resto del día bufando y quejándose ante lo que definió como «la mayor de las injusticias».

—Será mejor que vigiléis vuestros culos, amigos —se burló Corbis—. Este semental pronto necesitará alivio para su polla.

—Sois tan feos que antes se la metería a mi caballo —respondió el orondo celtíbero, siguiendo la carcajada del resto.

—¡No sería la primera vez! —apuntó Ambón.

El segundo paso llevó otra jornada entera. En total necesitaron una semana, pero ahora tenían a su alcance todo el norte de Iberia, suyo con apenas estirar el brazo.

Y aquél ya no era territorio amigo.