Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 2 de 79

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Leones de Aníbal

De dioses, destinos y mentiras

 

Gádir, invierno del 218 a. C.

 

Las tinieblas de la noche quedaban atrás. Los dioses, que moran en el mundo cuando éste se halla sumido en la oscuridad, se retiraron de nuevo a los cielos.

Y allí, en el horizonte marino, alzándose dorado e inmenso sobre la bella Gádir, Melqart reclamaba su gobierno diario. Incluso para Tabnit, poco dado a dejarse llevar por fanatismos religiosos, resultaba una imagen evocadora y a la vez muy significativa: un pasado que siempre volvía, por mucho que se deseara lo contrario, y que, sin embargo, resultaba inalcanzable.

De todos modos, era el momento del futuro, para eso había acudido al templo de Melqart. Formaba parte del séquito de Aníbal, en calidad de consejero y general de confianza gracias a los méritos realizados desde que empezara el mandato del gran estratega. Atrás habían quedado tareas tan épicas como la reciente toma de Arse, y ni aun así el León de Cartago se permitía un respiro. Cierto era que, ante el escaso botín logrado en la urbe edetana después de tantos esfuerzos, tuvo el buen juicio de ofrecer un permiso a las tropas hispanas y celtíberas que lucharon por él. Pasarían el invierno en sus hogares, con la condición de que se reincorporaran al ejército llegada la primavera. Una inteligente jugada con varios beneficios: fidelizaría a los peninsulares, quienes hablarían en sus poblados de la generosidad del líder cartaginés, atrayendo así a nuevos voluntarios; por otra parte, las arcas púnicas se ahorrarían el mantenimiento de buena parte de la soldadesca durante esos meses.

Pero Tabnit era de los pocos que conocía las verdaderas aspiraciones del ambicioso estratega. En boca de otro las habría tildado de locura. Dictadas por alguien como el Bárquida sonaban a hazaña no sólo posible, sino también apetecible de emprender. Tal era su carisma.

El consejero observó a quien era su amigo tanto como podía serlo un hombre que está por encima del resto. En esos instantes encabezaba la profusa comitiva de gala, con el orgulloso porte que requería la situación, y que no le resultaba artificial. Existía algo en aquellos ojos: una resolución, nacida según los más veteranos años atrás cuando su padre, Amílcar, pereciera en la deshonrosa batalla de Hélike. El fuego primigenio de aquel niño serio, aprendiz aventajado de Alejandro de Macedonia, había madurado hasta dejar atrás la impetuosidad adolescente.

El hombre era consciente del efecto que provocaba, tanto en subordinados como en rivales, pero lo afrontaba con el sentido común que da la experiencia, no con el orgullo desmesurado de la juventud. El liderazgo comporta terribles responsabilidades, destruye a los débiles… y forja a los grandes personajes. Asdrúbal «El Bello» fue el mejor puente entre progenitor y vástago, pero nadie más que Aníbal podía ser heredero de la gran misión de los Bárquidas: devolver la gloria a Cartago. Y quizás ese destino no fuera el final para alguien como él. ¿Por qué no pensar en aupar a su patria por encima de todo lo conocido hasta la época?

¿Por qué no pensar en crear un auténtico imperio?

Habían llegado a Gádir la jornada anterior, desde Qart Hadast, donde Aníbal regresó tras el asedio de Arse. Situada en una isla larga y estrecha cual espada celta, decían los que todavía guardaban la sapiencia de sus antecesores que en otros tiempos un canal cortaba la tierra a las puertas de la ciudad, en su extremo occidental. Pero la cercana desembocadura del río Criso, llegado del interior de Hispania, había ido taponando dicho brazo acuoso debido al barro que transportaba, hasta prácticamente conectar lo que una vez fueron dos pedazos de tierra independientes.

De estilo púnico, y aunque ni por asomo tan populosa como Cartago, Gádir era en belleza similar a la gran ciudad de oriente. Había riqueza en sus calles, bienestar derivado del provechoso comercio asentado siglos atrás. Desde Libia se acercaban constantemente cargamentos de estaño, marfil y otros tantos productos que engrandecían los tesoros de la colonia. Muchos ilustres mercaderes contaban con palacetes que miraban al mar, de varios pisos de altura, y las anchas calzadas se mostraban siempre limpias. La miseria no tenía cabida en la próspera Hija de Tiro.

Contaba, además, con el orgullo de ser una urbe elegida por los dioses, según el origen de su fundación. Tabnit conocía desde niño las leyendas gracias a su padre, gran orador: en tiempos posteriores a la guerra por Troya, el oráculo de Tiro, capital de los fenicios, dictó que varios elegidos debían partir hacia occidente. Los confines del mundo serían su destino, allá donde Melqart realizara las famosas empresas que dieron lustre a su nombre. Los colonos tirios emprendieron la aventura y, cuando alcanzaron las Columnas, creyendo que al otro lado no existía tierra alguna, echaron el ancla a la altura de Sexi. Allí ofrecieron un sacrificio, pero como éste no fue propicio se hicieron de nuevo a la mar. Y en la costa bastetana, con el estrecho distante a sus espaldas mil quinientos estadios, repitieron la ceremonia. Los dioses volvieron a mostrarse esquivos, así que por tercera vez botaron las embarcaciones. Se detuvieron al fin en una isla espigada, repleta de acebuches, motivo por el que los griegos la llamarían tiempo después Kotinousa. Era tan similar a la patria dejada atrás que supieron, aun antes del ritual, que aquél y no otro sería su nuevo hogar. Realizaron la nueva ofrenda en el extremo occidental del lugar, y en esta ocasión sí fue del agrado divino. De ese modo fundaron el asentamiento que la ilusión fenicia transformó en la hermosa Gádir, tras levantar el santuario prometido a las divinidades.

Precisamente aquél era el lugar en el que Tabnit se hallaba. El templo de Melqart rebosaba solemnidad, pues rara era la vez que acudía una figura tan insigne como Aníbal. Los sacerdotes actuaban con una formalidad desconocida para los cientos de mercaderes que se detenían en el oratorio. Sus votos en agradecimiento a una buena travesía, así como el donativo con el que asegurar buenos negocios, no eran menos valorados por la divinidad. Ahora bien, su sangre no contaba con un linaje como el del actual oferente, y por tanto no se les dispensaba el mismo trato.

La apiñada multitud, reunida en el patio amurallado del santuario, abrió paso a su líder. La celebración de los grandes rituales requería la presencia de numerosos asistentes para distintas tareas: escoltas, músicos, escribas, consejeros… Sin embargo, el séquito estaba compuesto enteramente por hombres, pues las mujeres no tenían cabida en el templo. Sólo se permitía la presencia de las hieródulas, las prostitutas sagradas, esclavas voluntarias de los dioses que ingresaban en los santuarios a muy temprana edad. Ejercían de avatares de Tánit, esposa de Melqart, y por tanto su tarea era brindar a quienes lo desearan —y estuvieran dispuestos a pagar tal honor— un acercamiento a la inmortalidad a través de sus cuerpos.

El Bárquida caminó con el semblante alto y cargado de gravedad. La clámide ondeaba con la brisa fresca de la mañana, las grebas y el casco atrapaban el fulgor naciente para luego hipnotizar con él a cuantos ojos lo contemplaban entre los asistentes. Dejó atrás el pebetero donde ardía la Llama Sagrada, aquella que no debía extinguirse. También quedó a su diestra el Árbol Sagrado, un vetusto olivo plantado antes incluso que la primera piedra del recinto. Se acercó hasta las dos fuentes situadas cerca del edificio principal, pozos de gran fama desde tiempos inmemoriales: su nivel ascendía con la bajamar y se agotaba con la marea alta, motivo de admiración por parte de muchos sabios. Aníbal formó un cuenco con las manos y tomó el agua bendecida, con la que humedeció el rostro y mojó sus cabellos. Mediante tales abluciones, purificó todas las faltas que había acumulado desde su última visita al templo, cuando sucedió a Asdrúbal El Bello, pues era responsabilidad de Melqart legitimar a los grandes gobernantes y líderes, así como sus empresas más ambiciosas.

Limpio ya su espíritu, subió las escaleras que llevaban hasta los tres altares de los sacrificios, erguidos entre dos columnas de bronce. El ascenso fue pausado, y Tabnit pareció intuir, si tal cosa era posible en Aníbal, un temor reverente en sus ademanes, no en vano el púnico sí era un devoto creyente en los dioses cartagineses. Le debía su nombre a Ba’al Hammon, aunque fue a Melqart a quien su familia se había consagrado. El consejero conocía bien la envergadura de la fe del general, cuán importante era para él la aprobación de los grandes poderes. Y tratándose de una empresa tan ambiciosa como aquélla, su compostura estaba justificada con creces.

Cinco sacerdotes lo esperaban junto a las aras, signo inequívoco de la importancia que el templo le daba a la visita del estratega, pues en las ceremonias comunes solía actuar sólo uno de los religiosos. Dos de los altares, también de bronce y sin señales ni adornos, estaban dedicados al Arte y la Vejez, atributos muy valorados por los dioses. Pero el tercero, situado en el medio de ambos, había sido esculpido en piedra durante los primeros días del santuario, y quedó consagrado a Melqart. Éste sí contenía ciertas escenas grabadas, que representaban los épicos trabajos de la divinidad —con su atuendo típico, la piel de león y su mortífera clava—, entre los cuales fue, sin duda, el más célebre el levantamiento de las Columnas. Sería en ese púlpito donde se realizaría la inmolación.

Los iniciados lo recibieron entonando salmodias sagradas en una lengua tan antigua que escapaba de la comprensión de Tabnit, siempre hábil con los idiomas. Si el brillo solar refulgía en el yelmo de Aníbal, otro tanto hacía al golpear las cabezas rasuradas de los oradores, que vestían túnicas blancas de lino. Por supuesto, no portaban calzado alguno que ensuciara el suelo bajo el que moraban las cenizas del dios, trasladadas desde Tiro para ser protegidas del feroz ataque del rey de Macedonia.

—Hijo de Cartago, habla al divino Melqart, Luz del Mundo, protector de los marineros y dador de fortuna en los negocios —le conminó el más viejo de los religiosos—. Renueva tus votos de lealtad si deseas seguir siendo merecedor de su favor.

Aníbal levantó el rostro y fijó la mirada en el sol, que se levantaba justo por encima del templo, a espaldas de los célibes oficiantes. Soportó la candente visión durante toda su plática, demostrando así que no temía dirigirse al dios.

—Gran Melqart, por quien doy todos y cada uno de mis pasos —empezó a recitar, y luego su voz se elevó con fuerza—, vuelvo a volcar en ti cuanto soy, mente, cuerpo y alma. Me ofrezco, de nuevo y siempre, al tiempo que humilde pido prosperidad en mis asuntos, que buscan el beneficio de tus hijos verdaderos y el ensalzamiento del glorioso nombre con el que te veneramos.

—Que el dios hable, pues —sentenció el conductor del ritual.

Varios acólitos aparecieron portando un cabritillo, cuyo caminar manso fue interpretado por los sacerdotes como un buen augurio. El animal ni siquiera se resistió cuando le ataron las palas y lo subieron sobre el altar, de tal modo que Eshmunazar, el Sumo Sacerdote, pudo degollarlo allí mismo. Un movimiento seco y la sangre estalló abundante, con furia, manchando los ropajes albos de los religiosos, mientras Aníbal lo contemplaba todo a tres pasos de la plataforma. La savia encarnada resbaló por la columna hasta llegar al suelo, que pronto oscureció. El representante de Melqart observó la forma que tomaba el charco. Asintió, con el gesto rígido pero satisfecho.

Se afanaron en la tarea de disección con tal destreza que no tardaron en completarla. Eshmunazar levantó entre sus manos el hígado del animal, mientras sus asistentes apartaban el cadáver. Despejada la mesa ceremonial, el Sumo Sacerdote colocó el órgano con esmero y, junto a sus hermanos, empezó a examinarlo. Cuchichearon entre sí, aunque la potestad de entregar el anuncio reposaba en el más anciano de todos ellos.

—Los signos hablan con claridad: la víscera se muestra sana, dando por buena tu lealtad y la empresa que mora en tus pensamientos —anunció—. Pero ¡cuidado! Veo aquí una marca negra en la vena porta, lo cual significa que existen poderosos impedimentos en tu futuro. Melqart te otorgará la fuerza para solventarlos, aunque dependerá de ti utilizar correctamente ese poder.

—Mi tenacidad es firme —atajó el estratega.

—Emprende, pues, tu camino con la bendición del dios.

El acto se dio así por finalizado. Aníbal contaba ahora con el beneplácito de las Altas Esferas para acometer la más grande de las aventuras que hombre alguno hubiera emprendido jamás. Una hazaña que lo situaría a la altura de héroes como su admirado Alejandro el Magno. Quizá, incluso, fuera capaz de superarlo y llegar a cotas sólo alcanzadas por ese dios con el que había renovado sus votos.

La empresa producía vértigo: la conquista de Roma.

Pero ése era el destino que guiaba al León de Cartago. ¿Cuál era el de Tabnit? ¿A qué meta podía aspirar alguien que vivía bajo el nombre de otro, sumido en una mentira permanente?

Descorazonado, advirtió que a pesar de tantos años de farsa seguía sin tener respuesta para tan malditas, inquietantes y eternas preguntas.