Leones de Aníbal
Nota del autor
Si en algún momento pude pensar que tras escribir El espíritu del lince sería más sencillo encarar una nueva novela histórica, desde luego estaba equivocado.
Leones de Aníbal fue concebida como una continuación no directa de mi primera obra publicada, aunque durante el proceso de creación tomó personalidad propia. Resultaba lógico que a la hora de abordar un nuevo proyecto se me pasara por la cabeza la idea de contar qué ocurrió tras el asedio de Sagunto por parte del ejército de Aníbal Barca. Pero quise hacerlo utilizando un formato distinto. Así, de la primera persona he pasado a una tercera, con tres protagonistas muy diferenciados entre sí y que son el vehículo por el que conoceremos esa gran aventura que fue el viaje de los hombres de Aníbal hasta Italia.
Una historia de esta envergadura exigió, si cabe, que el proceso de documentación fuera más exhaustivo (aunque ya contara con una sólida base inicial gracias a mi anterior trabajo). No hubo facilidades para ello: la gran hazaña de Aníbal está fielmente documentada sólo en algunos tramos, sobre todo a partir del instante en que deja atrás los Pirineos. Pero ¿qué ocurrió desde que partió de Cartagena hasta entonces? La información es escasa y vaga, muy vaga. Ni siquiera los historiadores se ponen de acuerdo por completo en la ruta que utilizó para llegar a la cordillera. Tito Livio y Polibio, los historiadores antiguos en los que me he basado principalmente para narrar esta historia, pasan de puntillas por esa parte del viaje, lo cual me obligó a fabular más de lo habitual.
Por tanto, veo necesario un apartado donde comentar algunos detalles que durante la novela no he querido valorar mediante notas a pie de página, al entender que éstas lastrarían la experiencia del lector, y que también han quedado fuera del glosario al final del libro.
Al principio de la historia, Alcón hace suya una frase que no nació de mi imaginación: «El hombre que no se contenta con poco, no se contenta con nada». Se trata de una cita de Epicuro de Samos, filósofo griego fundador de la escuela del epicureísmo. Vivió entre el 341 a. C. y el 270 a. C., así que teniendo en cuenta que Alcón, por capricho de su esposa, era un hombre instruido en la cultura llegada de Grecia (a una helenizada Sagunto), bien podría ser que el intérprete hubiera leído alguna obra del sabio.
Otra frase utilizada en un contexto distinto al original es la leyenda inscrita que Leukón, Aníbal, Tabnit y Alcón se encuentran en el santuario fenicio donde acuden para recuperar la confianza divina: «Ha hecho y dedicado este santuario Abdesmún, hijo de Baalat, el sacerdote; para nuestra señora, para Tanit, la grande y poderosa, a quien adoramos por encima de todas las cosas». Esta inscripción corresponde en realidad a otro santuario de origen fenicio, situado en Ibiza, conocido como Cova des Culleram. De hecho, me he basado en dicho recinto como ambientación para el que describo en mi novela.
Al igual que ocurrió en mi anterior novela histórica, ha habido momentos en los que me he encontrado problemáticas contradicciones en los textos de los historiadores antiguos. Uno de los casos más destacados es el número de soldados que Aníbal reunió para marchar hacia Italia. Aún hoy sigue siendo tema de debate. Tito Livio habla de noventa mil soldados de infantería, una cifra claramente inflada y que los historiadores actuales prefieren dejar entre cuarenta y sesenta mil. Algunos incluso hablan de veinte mil. Yo he decidido optar por sesenta mil, un término medio que resulte creíble a la par que da fe del gran ejército que comandó el estratega cartaginés.
A veces incluso he decidido nadar en contra de las teorías aceptadas por los especialistas y arriesgarme con hipótesis todavía no demostradas. Ha sido el caso de la mención al Delta del Ebro. La comunidad científica siempre ha sostenido que su formación fue muy posterior a la época en que transcurre la novela. Los geólogos aseguran que no fue hasta el siglo XIV cuando el río empezó a expulsar de forma notoria, debido a fuertes riadas, los materiales que en diversas fases darían lugar al delta. Sin embargo, recientemente un estudiante de la Universidad de Cambridge, Eliot Cárter, ha postulado la teoría de que la creación del Delta es muy anterior, como ocurrió con otras formaciones similares del Mediterráneo, fechadas hace más de cinco mil años. El Museo de las Tierras del Ebro inició en 2012 una serie de proyectos arqueológicos que podrían demostrar dicha teoría. En el momento de la escritura de la novela, el año 2012, decidí adelantarme a estos resultados y apostar por esta tesis. De manera acertada, pues en 2015 otro estudio, esta vez de la Universitat Rovira i Virgili, confirmó mediante la datación de sedimentos que el Delta podría existir desde hace ocho mil años.
Otro caso de licencia por mi parte: Tito Tivio asegura que el conflicto de los dos hermanos galos tuvo lugar en territorio de los alóbroges. Sin embargo, teniendo en cuenta que Aníbal nunca pasó del río Dróme (si aceptamos que fue éste el que siguió para llegar a los Alpes, como yo he hecho), cabe pensar que en realidad tampoco alcanzó la región de esta tribu gala. Me parece más factible que este suceso tuviera lugar en un poblado de los cavarii, que ocupaban las tierras al sur del mencionado río.
Por supuesto, en ocasiones la escasez de datos obliga a inventar por completo, especialmente durante la parte del viaje de Aníbal que transcurre antes de llegar a los Pirineos. Así, el episodio donde son atacados por la noche es ficticio, de modo que la elección del punto donde acampa el ejército es personal, en función de que esta región formaba parte del extremo más suroriental del territorio iacetano. Se trataría de la actual Organyá, en la comarca del Alt Urgell (Lleida).
Algunas aclaraciones más: la mención a las Termópilas no se refiere a la famosa batalla de los trescientos espartanos, comandados por el rey Leónidas. Transcurrió mucho después, en el 270 a. C.
Es posible que algún lector amante de la histórica se pregunte por qué he huido la mayoría de las veces de utilizar algunos términos latinos, como por ejemplo las denominaciones de las unidades romanas. He preferido utilizar las aprobadas por la Real Academia de la Lengua Española porque en la mayoría de los casos resultan más comprensibles para el lector no acostumbrado a este género. Entiendo que la función de un hastati es más fácil de imaginar si se le llama astero, por ejemplo. Amén de que el lector podrá consultarlo en un diccionario cualquiera.
Para terminar, me gustaría de nuevo pedir perdón a los especialistas en Historia por los más que probables errores y las licencias tomadas en pos del argumento. En el fondo, esto es una novela.