Leones de Aníbal
Capítulo 52
No vieron ni oyeron señal alguna de los romanos durante los primeros momentos de su avance. Todo sonido alrededor quedaba apagado por el ruido de los cascos equinos, aunque era un fragor contenido, ya que avanzaban al trote por orden de Aníbal.
—Los animales tienen que llegar frescos a la batalla —dijo Tibasté, que ya tenía sus órdenes al igual que el resto de suboficiales.
La planicie era tan amplia que les permitía viajar en cinco columnas. Tenían la atención puesta en el paisaje que les rodeaba, de modo que no abrieron la boca salvo en momentos esporádicos. La posibilidad de una emboscada era exigua en un lugar tan llano, pero no dejaban de ser instantes de tensión donde hasta lo imposible parecía plausible.
Curiosamente, a Leukón la mente no se le iba hacia la batalla, como cabría esperar, sino en dirección al beso que Nunn le había regalado unas horas antes. Y no porque el gesto le hubiera calado más allá de una lógica turbación, sino más bien por todo lo contrario.
La charla con Tabnit, todavía en la cima de los Alpes, había cambiado muchas cosas. «Aférrate a ello», le dijo, refiriéndose a las sensaciones y vivencias junto a Stena. Y al tratar de poner en práctica aquel consejo advirtió maravillado que el cartaginés llevaba razón: una vez más no lograba recordar con exactitud el rostro de su amada, pero descubrió que mantenía bien arraigados los momentos maravillosos vividos con ella. La fuerza de los días de verano junto al río Claro todavía le llegaba a través de la memoria, y volvió a temblar al rememorar la ternura que le embargaba cuando la dulce chiquilla recogía flores en la orilla o bailaba para él; la calidez compartida durante las tareas de la cosecha, cuando escapaban durante los descansos para entregarse el uno al otro caricias y besos, caldeaba su corazón con la misma intensidad que antaño.
Todo seguía dentro de él. Ni el más pequeño estremecimiento producido por Stena se había perdido por el camino, solamente habían quedado velados momentáneamente por la distancia y un estúpido encaprichamiento por Nunn.
Ya no más. Su amor volvía a ser fuerte. Su misión, diáfana.
Matarlos a todos para poder volver con Stena, Hija de Pelendonia.
Ocurrió cuando se acercaban al río, al quedar a su izquierda. Alguien lanzó un grito de advertencia e, imitando al resto, Leukón dirigió la mirada hacia el sur. Vio algo que se recortaba en el horizonte y emborronaba la parte donde cielo y tierra se encontraban.
Una nube de polvo. Similar a la que ellos mismos iban dejando tras de sí.
Aníbal dio el alto. Se adelantó un poco con su caballo, pero pronto se dio la vuelta y miró a la soldadesca montada. Esta vez no tenía ningún instrumento para que su voz sonara más fuerte, y sin embargo ningún jinete se quedó sin escuchar su poderosa proclama.
—¡Ahí están! ¡Nuestros enemigos! ¡Nuestro destino! ¡Al fin! ¡Méritos de sobra habéis hecho para reclamarlo, y ahora podéis empezar a hacerlo! ¡Pero si junto con el honor deseáis más, lo tendréis! ¡Tierras en Libia, Italia o Hispania! ¡Y sin impuestos para vosotros y vuestros hijos! ¡Luchad con distinción y no habrá recompensa demasiado grande!
«¡Aníbal! ¡Aníbal!». Tal fue el clamor. Unánime. Convencido. Apasionado.
No se dictaron más órdenes. Todo estaba dicho. Todo hablado. Cada destacamento tomó su posición: los númidas, en los flancos con Maharbal, un poco retrasados; el resto de grupos, al frente, en formación compacta. Leukón y los pelendones, comandados por Magón —con quien habían entrenado durante meses—, se situaron en el segundo bloque desde el centro, a la derecha del que guiaba el estratega.
El muchacho preparó la jabalina en su mano, aferrando al mismo tiempo con fuerza las riendas de Bronce. Miró a su lado. Babpo, a la diestra, rió casi como un demente; Ambón, al otro lado, temblaba de emoción. Una fila por delante, Tibasté animaba la fogosidad de su hijo clamando que, en aquel día, el clan Okalakom se ganaría de nuevo, y bien, sueldo y honor.
Observó al contingente enemigo, cuya silueta ya se recortaba en la distancia, manchas que pronto cobraron individualidad. Eran menos, muchos menos. Estaba ocurriendo tal y como Aníbal anunció: el cónsul romano, a pesar de esa inferioridad numérica, había decidido atacar. Estaba confiado. No era la primera vez que luchaba en desventaja; le amparaba la victoria contra pronóstico cerca del Ródano. ¿Se repetiría la historia?
Luego contempló el cielo, y por un instante mente y alma se fundieron en el gran espacio sobre el mundo. Las nubes, grises contra el frío azul del mediodía, venían de poniente. Quizá, quién podía saberlo, habían pasado por encima de un pequeño castro en Pelendonia; y tal vez una hermosa muchacha las contemplara también.
Los jinetes que portaban los estandartes soplaron las tubas. El sonido se propagó sobre la llanura como el cuerno de Lug. Pero donde arraigó fue en el corazón de los hombres de Aníbal.
Cuando se dio el aviso, avanzaron de nuevo al trote, reservando a las bestias.
«Vamos, hermano mío», le susurró al caballo. «Llegó nuestra hora». Las distancias se reducían con rapidez, porque también los romanos se habían puesto en marcha. Sin embargo, éstos se detuvieron pronto, porque de las entrañas de las turmae, conforme Alcón le había explicado que se llamaban los grupos de caballería latina, habían brotado los vélites. Cuando la proximidad los colocó casi al alcance de los venablos enemigos, la infantería ligera de los republicanos preparó una primera andanada de jabalinas.
Cayó el primer proyectil. Alguien gimió, varias posiciones a la derecha de Leukón. Un arévaco, seguramente, pues el joven mantenía la mirada fija en el enemigo. Aníbal ni siquiera tuvo que dar la orden. Los jinetes se lanzaron hacia delante a galope tendido, para acortar el espacio y reducir la cantidad de lanzas enemigas con posibilidades de dar en un blanco.
El tronar de los cascos se apoderó de toda razón. Y entonces, volvió una imagen a su cabeza.
Ahora sí.
Ahora sí.
De nuevo recordaba el semblante de Stena.