Leones de Aníbal
Capítulo 67
La tensa espera previa al combate fue rota por Sempronio, que de nuevo dio muestras de su impaciencia. Los vélites, reunidos al frente en una sola línea, avanzaron a la carrera seguidos por el resto de legionarios a, paso más lento. Si el ejército romano contaba con una desventaja, era su previsibilidad. A juicio de Buteo, aquél era un problema ubicado en el mando, porque las tropas consulares eran flexibles en su concepción. La tarea de un buen general era sacarles partido utilizando su imaginación en la elaboración de tácticas y estrategias varias. Pero si de algo andaba escaso Sempronio, un hombre lastrado por las costumbres, era precisamente de inventiva.
No resultó extraño, pues, que los oficiales púnicos reaccionaran con presteza. Se dieron las órdenes oportunas. Los baliárides cargaron sus hondas para, acto seguido, lanzar una primera salva de proyectiles. Demostraron entonces el motivo por el que se los tenía en tan alta estima: su distancia de tiro era mucho mayor que la de cualquier lancero. Antes de que la infantería ligera romana pudiera plantearse siquiera enviar sus venablos, les llovió una densa pedrada. Los pequeños escudos de madera que portaban resultaron inútiles para cubrirse de semejante tormenta. Los cantos atronaron al golpear contra las rodelas, astillando la madera. Y cuando las protecciones se volvieron inservibles, le tocó el turno a las cabezas, piernas y brazos. Una armonía caótica de bramidos, huesos rotos y cuerpos cayendo sobre el fango lo inundó todo.
Tan preocupados estaban cubriéndose del ataque que los vélites no advirtieron el siguiente movimiento de Aníbal. Buteo sí, y se lo transmitió al cónsul. Pero no hubo tiempo para emprender un contraataque, pues no tenían unidad alguna que pudiera igualar la velocidad de los jinetes númidas. Desde los flancos se lanzaron a por los vélites y, sin quedar expuestos a la lluvia de piedras, los hostigaron desde la media distancia con sus propias jabalinas. Los legionarios fueron incapaces de reaccionar a la agresión a dos bandas. Caían uno tras otro.
Sempronio, al fin, dio orden de repliegue a la primera infantería. En su lugar avanzaron los asteros. Mucho mejor preparados, sus escudos les cubrieron con mayor efectividad.
Y así pudieron salvar la distancia con el ejército enemigo.