Leones de Aníbal
Capítulo 54
La mañana siguiente a la batalla de Ticino, como la llamaron los soldados, mientras los hombres preparaban las gachas del desayuno, Tabnit acudió en busca de Alcón. El íbero lo había esperado, pues, aunque no era el único intérprete del ejército, imaginó que el cartaginés le confiaría a él la tarea de interrogar al oficial romano capturado.
—Sí, lo has adivinado —le dijo el oficial, adivinando sus reflexiones.
Se le veía de algún modo más afable de lo común. La presencia de Nunn, sin duda. A aquellas alturas la relación entre ambos era ya conocida en todo el campamento. Una relación, a qué negarlo, tan insólita como rondar por el país del enemigo.
Tiempos extraños. Situaciones extrañas.
El íbero y el cartaginés se adentraron en la carpa donde custodiaban al tribuno. Sentado en un taburete, los miró de inmediato con ojos desafiantes. No estaba siendo maltratado, incluso se le había alimentado y curado las heridas, aunque lo mantenían maniatado de pies y manos.
—Dame tu nombre, romano —tradujo Alcón al latín, atendiendo a los requerimientos de Tabnit.
—Sexto Aurelio Buteo, tribuno a las órdenes de Publio Cornelio Escipión, cónsul de la insigne República de Roma —respondió, teñida su voz de solemnidad—. Nada más diré.
—Te interesa colaborar, oficial. O descubrirás que Aníbal no sólo dispone de buenos soldados, sino también de excelentes torturadores.
Un silencio prolongado acompañó a la sonrisa desdeñosa de Buteo.
—¿Qué creéis que obtendréis de mí que no podáis descubrir en breve, o no sepáis ya? ¿Número de tropas? ¿O que en estos momentos otras dos legiones, comandadas por nuestro otro cónsul, Tiberio Sempronio Longo, marchan hacia aquí? —Rió entre dientes, no con intención de burla, sino para demostrar su confianza en sus legiones —. Vuestra tan cacareada victoria se resume a acabar con un puñado de nuestros équites. Una fracción de las fuerzas que atesoramos.
Y ya no habló más, tal vez porque tenía razón y no quedaba mucho que desvelar. Tabnit le hizo un gesto a Alcón. Salieron de la tienda.
—Nos ha dicho lo del nuevo ejército con la intención de que actuemos con precipitación —opinaba el consejero—. No podemos confiar en lo que salga de su boca. Creo que lo único positivo que sacaríamos de él sería en algún tipo de intercambio. Se lo propondré a Aníbal. Mientras tanto, trata de sonsacarle algo más, pero procura no revelar nada, por si el estratega accede a mi consejo.
El arsetano asintió y, tras ver cómo se marchaba su amigo, regresó al interior de la carpa. Ahora estaban solos, intérprete y prisionero. Alcón pidió otro asiento a uno de los dos centinelas que custodiaban la tienda. Cuando se lo trajeron, simplemente se sentó frente a Buteo.
—Cualquier cosa que puedas decir y sirva de algo a los cartagineses irá en tu favor —le dijo—. Aníbal puede llegar a ser muy generoso.
El tribuno lo contempló con aire de suficiencia.
—No eres romano, desde luego. Tu acento te delata. Déjame adivinar: hispano. —Alcón asintió, a la espera de que mostrarse tolerante le valiera alguna información —. Y si entiendes ambos, púnico y latín, no puedes ser un cualquiera. Mi padre visitó Hispania, ¿sabes? Siempre decía que la mayoría de lugareños eran bárbaros sin ningún tipo de cultura, excepto aquellos que mantenían tratos con los comerciantes de países civilizados.
Aquella lengua afilada cortaba como una daga. El íbero se sintió como una cebolla a la que estuvieran arrancando capa tras capa, dejando al descubierto sus intimidades.
—Tampoco pareces un hombre de armas. Más bien un alto cargo, o lo fuiste en su tiempo. Alguien que tenía que relacionarse con enviados que hablaban otras lenguas. Pero ahora estás aquí, en medio de una guerra. Por tanto, si no eres un mercenario, tu presencia en estos lares viene dada por la obligación de no tener ya un hogar. Un hombre cuya ciudad ha caído. Sólo se me ocurre una: Saguntum.
El arsetano no supo cómo reaccionar ante la perspicacia y las dotes de deducción de aquel hombre. Se quedó mudo.
—¡Ah, veo por tu expresión que he acertado de lleno! —continuó—. Curioso que, después de lo que hicieron con tu urbe, trabajes para ellos. Rendido a quien masacró a los tuyos. Eso, en mi tierra, tiene un nombre. Traidor.
«Fíjate, esposo mío. Al fin alguien dice una verdad».
La acusación de Buteo y la frase letal de Daleninar se mezclaron en la cabeza de Alcón. Y la vio de nuevo, presente en carne viva, o al menos lo que la mente perturbada del íbero le hacía ver. La observó paseando alrededor del romano, con el mismo gesto desdeñoso que tuvo en vida. Tragó saliva. Era tan real: la túnica, exquisita como las que solía llevar en vida, ondeaba con cada paso; el color natural de sus mejillas era el de alguien por cuyas venas corría sangre, y sus ojos parpadeaban tal que cualquier otro. Incluso sintió el tacto de la maliciosa caricia que le regaló en el cuello.
Alcón se pasó la mano por la frente para limpiarse el sudor. «Este romano me cae bien», le susurró ella, como si de verdad pudiera hablarle al oído.
No fue capaz de soportarlo más. Se levantó de modo violento y salió de la tienda resollando, con la mano aferrando el pecho dolorido. El corazón. El corazón le iba a estallar.
Pero por mucho que corriera no había lugar al que huir, y lo sabía. La culpa lo perseguiría allá donde fuera, pues la tenía cincelada en el alma.