Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 14 de 79

Páginas del PDF

Leones de Aníbal

Capítulo 11

 

Era una noche pesada. Las nubes cubrían el cielo con un manto sofocante, impidiendo que el calor acumulado durante el día escapara hacia el firmamento y refrescara un poco.

Habían salido del campamento como ladrones: cuatro figuras amparadas en las sombras, sigilosas y a pie. No resultó muy difícil burlar la vigilancia, pues ¿quién podía conocer mejor los itinerarios de los guardias que aquel que los había impuesto?

Leukón estaba desconcertado. No entendía muy bien de qué trataba tan secreto y extraño encargo por el que lo habían llamado en plena noche, en silencio y sin avisar a sus compañeros pelendones. Sin embargo, nada resultaba más delirante que la presencia de aquel personaje impetuoso que marchaba por delante, imponiendo un ritmo intenso.

Aníbal Barca, el general absoluto del ejército, caminaba entre ellos como uno más.

Tampoco tenía muy clara la participación de Alcón. Era un personaje agradable, pero no tenía ni idea de empuñar un arma. El muchacho lo supo en cuanto el consejero cartaginés le entregó al íbero aquella espada corta que ahora pendía de su cinto, pero que momentos antes había temblado en sus manos.

De todos modos, Tabnit destacaba por su sensatez, así que no sintió mayor inquietud de lo que sería habitual ante el hecho de compartir tareas con un personaje tan relevante como Aníbal. Caminaba por delante, el primero del grupo, ignorando la protección que debía brindarle su exigua escolta, convirtiéndose en uno más por iniciativa propia. Vestía ropas oscuras y humildes, las mismas que portaba cualquier soldado. Nadie habría adivinado su identidad.

Toda aquella locura se había desencadenado del modo más extraño. Tras demandar su asistencia, el consejero había preguntado a Alcón si conocía el paradero de algún templo dedicado a Tanit, el dios púnico, tuvo que explicarle, ya que él había viajado a la ciudad tiempo atrás como representante de Arse.

—Cuando estuve por aquí visité una cantera situada en las montañas al sur de la ciudad. El trabajo en piedra de íbera es uno de los orgullos de los que gustan alardear, y yo provengo de una familia de pedreros. Hablando de mil y una cosas, recuerdo que me revelaron la existencia, cerca de la pedrera, de una antigua cueva acondicionada por los fenicios donde éstos realizaban sus ritos —comentó, tras rumiar durante un rato—. Aunque en aquellos días ya nadie la utilizaba, desde hacía muchas generaciones, me contaron. Rodeados de tantas colonias griegas, vuestros parientes optaron por abandonar la región.

—Nos indicarás el camino —le dijo Tabnit.

—Pero… no conozco el paradero exacto de ese templo —dudó el otro, claramente angustiado.

—Al menos llegaremos a la cantera. Mejor buscar la semilla en un granero pequeño que en uno grande —respondió el cartaginés, y así se cerró la orden.

Ahora se dirigían al sur, en dirección a los montes que habían dejado a su izquierda durante la última parte del trayecto hacia el valle del Íber. Cuando los hachones situados en el campamento se mostraron insuficientes para iluminar el terreno, encendieron las lámparas de aceite que Tabnit y Alcón traían consigo, gracias a unas ascuas contenidas en un recipiente cerrado. Trataron de cubrir el fulgor con sus cuerpos para así evitar ser detectados por cualquier mirada indeseada.

—Es en verdad extraño que los fenicios llegaran tan al norte —dijo Tabnit.

—Mi corazón me dice que vamos bien encaminados —intervino Aníbal, que había permanecido en silencio hasta el momento—. Ba’al lo corroboraba en mi sueño con estas palabras: «En las áspides que vigilan la media luna sobre el mar». Un acertijo, mi buen amigo, pues si esta noche no hay ojo divino contemplándonos desde el cielo, debe referirse a otra cosa.

Señaló hacia el este. Y aunque no se veía nada a menos de veinte pasos, todos supieron que se refería a la isla cercana al litoral, que precisamente tenía la forma mencionada por el dios.

Leukón advirtió que Tabnit no se mostraba tan convencido como su general. El muchacho, en cambio, creía en los poderes sobrenaturales, bien llegaran de voces divinas en sueños o por cuenta de los grandes fenómenos de la naturaleza. Sus dioses no eran los mismos que los de los púnicos, pero no por ello los despreciaba. «Hay tantos poderes inmortales como pueblos. No los niegues, pues todos son celosos y traicioneros ante el desprecio», le había dicho su padre en una ocasión.

Al fin llegaron a las primeras faldas y se tropezaron con uno de los muchos caminos angostos que se adentraban entre los montes. Resultaba imposible saber adónde los llevaría. Encontrar un lugar concreto en medio de unas montañas desconocidas no parecía una tarea sencilla. Las indicaciones de Alcón pronto se revelaron insuficientes. Habían transcurrido muchos años desde su anterior visita a la mencionada cantera, y argumentó que su memoria no grabó a fuego un trayecto que, por aquel entonces, no imaginaba que sería tan importante en días venideros. La oscuridad de la noche agravó el problema, y al fin se encontraron vagando sin rumbo.

El consejero cartaginés se mostraba cada vez más fastidiado, aunque trataba de contener su enojo. Leukón imaginó que aquel plan descabellado fue más una imposición de Aníbal, con la que Tabnit no debió de estar de acuerdo en ningún momento.

De pronto, Aníbal tomó una vez más la delantera. Sin asegurarse de que los demás lo seguían, continuó por la vereda, que ascendía y descendía como un río buscando su propio nacimiento. Leukón, al igual que el resto, reparó asombrado en el gesto demudado del líder. Tenía la mirada perdida en otro lugar, ajeno al mundo; la atención, varada en las brumas de una conciencia alterada. ¿Por qué semejante caminata confiada por un sendero apenas revelado por los candiles? Las sombras se cerraban en torno a los secretos, que guardaban con férrea resolución, y aun así el estratega avanzaba seguro.

Había caído en un trance, del mismo modo que un hombre caminando en sueños. La impresión de que allí estaban actuando fuerzas misteriosas era tal que ninguno de sus tres compañeros se atrevió a despertar al líder cartaginés. No, corrieron tras él, zigzagueando entre las colinas hasta que se vieron rodeados de árboles altos que olían a resina. Las hojas, secas ante el inclemente verano, susurraban entre sí un canto que despertó en el celtíbero un hondo respeto. Daba la sensación de que tenía un ritmo, que portaba consigo un significado. Una media voz dando instrucciones a quien había sido elegido para comprender tan vetusto lenguaje.

En un momento dado, Leukón creyó atisbar unas vagas formas custodiándolos, blancos velos difusos, jirones de bruma revoltosos que se acercaban para luego alejarse. ¿Qué clase de espíritus marchaban a su lado?

Pronto advirtió que no era el único que percibía el fenómeno. Tabnit miraba con asombro, incluso se mostraba preparado ante cualquier contingencia, como si pudiera defenderse ante seres que estaban más allá de la mortalidad. Alcón, en cambio, temblaba, preso del miedo. El joven estaba convencido de que habría dado la vuelta y echado a correr; sin embargo, el temor a quedarse solo, a merced de las entidades que obraban en el lugar, debía ser más poderoso. El íbero lanzó un alarido, trastabilló y casi cayó al suelo. El consejero lo agarró a tiempo y, arrastrándolo, lo obligó a continuar andando.

Leukón, por su parte, no sentía miedo alguno. Los celtíberos no eran fáciles de asustar, pues sus tierras estaban cargadas de rincones de comunión con los dioses. Él había sentido el poder de Lug en el bosque de las Hiedras, cerca de Okalakom; Cernunnos lo observó en una ocasión a través de los ojos de un regio ciervo; había gritado bajo la lluvia mientras cabalgaba sobre Bronce, dejándose estremecer por el poder de los rayos y la fanfarria de los truenos, en el valle del Lobo.

 

El general se detuvo finalmente a los pies de una de las cimas inferiores. Tras unos viejos robles, en la pared de una garganta veteada con arbustos secos, se abría la entrada de una gruta.

Aníbal parpadeó y recuperó el control de sus actos. Preguntó cómo habían llegado hasta allí, pero nadie supo darle razón. Se limitaron a explicarle lo vivido.

—Entremos —dijo el general, tras escuchar la narración—. Pues para eso nos han conducido hasta aquí los dioses.

Tabnit, todavía escéptico, no replicó, aunque se apresuró a situarse al frente a pesar de las intenciones del estratega. Leukón hizo lo propio y se colocó al lado del consejero. Y si no desenvainaron las espadas fue por temor a agraviar a las divinidades.

Cuando pasaron por debajo del dintel natural, el muchacho apreció unos signos tallados alrededor de la parte superior. Alcón aseguró que se trataba de escritura fenicia, un dialecto tan antiguo que tuvo dificultades para traducirlo.

—«Ha hecho y dedicado este santuario Abdesmún, hijo de Baalat, el sacerdote; para nuestra señora, para Tanit, la grande y poderosa, a quien adoramos por encima de todas las cosas» —interpretó al fin, tras unos instantes de reflexión.

Leukón y Tabnit tuvieron que ladear ligeramente la cabeza para salvar la escasa altura de la oquedad. La galería se adentró en la roca y, tras girar hacia la izquierda, llegó a una pendiente escalonada con peldaños cortados mediante un esculpido basto. Descendieron con cautela, hasta que se abrió una gran cavidad natural, dividida en un sinfín de salas debido a la acción de las corrientes subterráneas. Sin embargo, el recinto había sido reformado con la clara intención de conseguir un suelo llano. Una cortina de estalactitas, a la derecha, los separaba de una sección donde pudo atisbar una serie de pozos.

—Son depósitos sagrados —le comentó el oficial púnico, cuya voz reverberó con fuerza entre las rocas—. Los encargados del santuario dejaban allí las ofrendas, normalmente cerámicas o exvotos.

Leukón asintió. Eran costumbres no tan alejadas de las celtíberas. Ellos también utilizaban las cuevas como santuarios, aunque no ofrecían solamente objetos materiales, sino también la sangre de las bestias cazadas o las cabezas de sus enemigos.

En las paredes advirtieron, al dorado refulgir de los candiles, unáis hornacinas. La mayoría estaban vacías, sin duda víctimas de años de saqueos, pero en una de ellas restaba una estatuilla de terracota partida en varios pedazos. Y en el centro de la sala los aguardaba un altar de piedra, al que se acercaron con pasos, más que precavidos, reverenciales. Le pareció a Leukón que el aire de la caverna se enrarecía conforme avanzaban hacia el ara. Y sintió, o creyó sentir, una presencia en la estancia, algo enorme, por encima de cualquier cosa mundana. Intangible y sin embargo tan real que se adueñó de su corazón y convirtió la sangre en algo espeso que podía percibir corriendo entre las venas.

Silencio absoluto. Desapareció incluso el sonido de las respiraciones, del flamear de las teas. Sopló de pronto una ráfaga, nacida de la nada, fría como para estremecer al muchacho y provocar el gimoteo del arsetano; tan fuerte que las llamas de las lámparas aletearon violentamente… y se apagaron. Tabnit, Leukón y Alcón suspiraron de ahogo al unísono.

Antes de que el terror se adueñara de sus actos, del mismo modo repentino, las pequeñas flamas resucitaron. Vieron entonces que Aníbal se encontraba junto al altar, que extendía sobre él un brazo y que con el otro aferraba la daga que portaba consigo. El filo abrió herida en la palma izquierda. La sangre goteó generosa sobre la superficie, mezclándose con el polvo añejo, haciéndose una con el pasado del lugar. Y mientras tanto, hablaba, con palabras cargadas de emoción. Alcón le traduciría más tarde lo que allí declaró el cartaginés:

—¡Oh, Tanit la esplendorosa, esposa de mi no menos amado Ba’al de los Portentos! ¡Cumplo aquí mi pena, bajo el precio que en sueños me demandasteis! ¡Sirva de arrepentimiento, y sea prenda de mi lealtad! ¡Mi esencia es vuestra hasta que os sintáis satisfechos!

Siguió dejando caer sangre hasta que su piel adquirió una tonalidad blanquecina y las piernas le fallaron. Tabnit saltó hacia él para auxiliarlo, pero antes de alcanzarlo la cueva retumbó. Alcón, en un acto reflejo nacido del pánico, se aferró a Leukón entre gritos. El joven, sobrecogido, no sabía qué pensar ni cómo reaccionar. Al poco, el temblor se desvaneció, dejándolos a todos con los nervios alterados, excepto a un Aníbal que al fin había decidido contener la hemorragia.

—La voz de los dioses es poderosa. Han quedado saciados —dijo, con tono apagado debido a la debilidad, pero aun así sonriente, mientras Tabnit lo ayudaba a caminar—. Podemos marcharnos. He recuperado su favor.

Nadie puso reparos a iniciar el regreso, pues aquel lugar superaba las voluntades.

Aquél no era el sitio de los hombres, sino de los dioses.