Leones de Aníbal
Capítulo 18
La fortuna les mostró su mejor cara. Si los guardias no hubieran estado atentos; si los iacetanos hubiesen cubierto mejor los braseros; si el intento de ataque hubiese llegado más tarde, con los centinelas imbuidos en una profunda somnolencia… Demasiados condicionantes, a juicio de Tabnit, demasiado peso al azar. Sin embargo, estaba claro que la empresa que enfrentaban era tan vasta que escapaba a un control absoluto.
La caballería celtíbera, con buen criterio por parte de Magón, no se adentró en lo más angosto de la barranca. Al hermano menor de Aníbal debió de costarle mucho contener su fogosidad natural, pero actuó con corrección para evitar que la carga se volviera en contra. Los agresores, convertidos en presas, bien podrían haberse revuelto donde el terreno les era favorable y dañar a los jinetes con venablos y piedras.
Así, después de ponerlos en fuga, de acosarlos y provocar la mortandad en muchos de ellos, volvieron al campamento. Los vio regresar con una expresión eufórica en la cara, todavía extasiados por el salvaje calor de la contienda. Aunque breve, el combate sirvió para animarlos después de tantos días de simple marcha. Tabnit se dijo que, después de todo, habían sacado algo positivo de aquello: levantar la moral de las tropas, incluso de las que permanecieron en el asentamiento. Éstos acogieron a los jinetes con alegría, como si ellos en persona hubieran cosechado la victoria.
Saludó a Leukón cuando se cruzó con él. Tenía el rostro empapado de sangre iacetana. Su caballo contaba con varias heridas menores que el muchacho se apresuró a curar allí mismo, sin detenerse a acicalarse un poco. Desde luego, amaba al animal.
Mientras tanto, Aníbal ordenó que se reforzara la vigilancia y apostó hombres en las estribaciones cercanas, con la intención de anticipar nuevas aproximaciones de los nativos. Sin embargo, aunque la actividad era frenética, todos sabían que al menos aquella noche no recibirían más ataques. Los agresores habían escapado escarmentados. Para cuando se agruparan ya sería de día.
A pesar de ello, nadie durmió mucho. Una vez todo estuvo en orden, el estratega convocó a sus oficiales a la carpa de mando. Tabnit sólo necesitó intercambiar una mirada con el León para saber que tenía algo en mente. Algo osado, sin duda, pero no forzó su mente para adivinarlo. Ir por delante de las ideas del Bárquida era una invitación a la frustración.
—¡Deberíamos desviarnos hacia la capital de estos bárbaros y demostrarles nuestra verdadera fuerza! —bramó Maharbal, golpeando con el puño la mesa repleta de mapas.
—¿Sabes a qué distancia está Iakka? —intervino Tabnit—. Perderíamos mucho tiempo, eso por no hablar de cuánto podría prolongarse un asedio. Al ritmo que marchamos se nos echaría el invierno encima cuando cruzáramos los Pirene. Salvar las montañas en esas condiciones resultaría un suicidio.
El veterano oficial argumentó, con su vehemencia habitual, que si algo no podían hacer era seguir avanzando con un enemigo a la espalda y otro delante.
—Nos hostigarán hasta llegar a la cordillera —coincidió Cartalón—. Y, aunque se cansen, imaginemos que el destino nos obliga a retroceder. Nos cortarían la retirada.
Murmullos enfrentados, voces discordantes esgrimían cada una de sus razones. Hanón el Viejo estaba de acuerdo con Tabnit, pero el resto se decantaba por solucionar el asunto mediante las armas. Aníbal, entre tanto, guardaba silencio. Los dejó desahogarse hasta que advirtieron, uno a uno, que su líder esperaba que agotaran las lenguas. Enmudecieron entonces, y él tomó la palabra:
—En primer lugar, no quiero volver a escuchar la palabra «retirada». —Cartalón, pese a ser mayor en edad, bajó la mirada avergonzado—. De todos modos, ambas partes tenéis algo de razón: no podemos realizar una marcha hacia Iakka, ni seguir adelante sin asegurar nuestro paso. Así pues, parece que nos hallamos en una encrucijada, ¿verdad?
Esta vez nadie intervino. Al igual que Tabnit, todos intuían que el estratega tenía ya una solución tomada.
—Sin embargo, hay una tercera posibilidad. Si no conviene ir a su encuentro, ni nos beneficia avanzar, ¿qué tal si les hacemos venir a nosotros?
Al consejero no le pasaron inadvertidas las expresiones confusas de sus compañeros. Imaginó que él mismo dibujaba una mueca parecida.
—¿A quiénes te refieres, hermano? —quiso saber Magón.
—A aquéllos por cuyas tierras transcurre nuestra ruta: iacetanos y bergistanos. También a los ausetanos, aliados de estos últimos.
—¿Quieres atraerlos y tenderles alguna emboscada? —preguntó Hanón, el hijo de Bomílcar.
—Atraerlos sí, aunque no para atacarlos. He pensado en algo menos arriesgado y que nos reporte menos pérdidas.
Hizo una pausa que a Tabnit le paralizó el latir del corazón. La mirada del líder chispeó, traviesa. Ahí estaba, el Aníbal más osado; el zorro apasionado, el guerrero que cabalgaría hacia la muerte con un plan basado en el ingenio para derrotarla.
—¿Qué tal si los desafiamos?