Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 6 de 79

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Leones de Aníbal

Capítulo 3

 

Las consignas de Aníbal no aclararon mucho acerca del destino al que se encaminaban. Al norte, les habían dicho a los suboficiales, que a su vez transmitieron a sus hombres las escuetas consignas. Resultó inevitable, pues, que los rumores e incluso las apuestas sobre el motivo de la marcha se sucedieran en labios de los mercenarios: algunos aseguraban que se dirigían a Ampurias, ciudad amiga de Roma, que la conquistarían como habían hecho con Arse; otros pensaban que pretendían hacerse con el control de todo territorio más allá del Iber, hasta los montes Pirene, algo que tenía mucho sentido, porque así los romanos no dispondrían de un territorio neutral por el que marchar cuando ocurriera lo inevitable: una respuesta por parte de la república a la osadía de Aníbal. Por último, había quienes señalaban Massalia como el verdadero objetivo, sin duda un golpe terrible, ya que dicha urbe era aliada de los hijos de la loba, una plaza donde los romanos harían escala si pretendían atacar Iberia.

Un sinfín de habladurías, tantas teorías como individuos y pueblos en aquel ejército. Lo importante era que el León de Cartago había vuelto a realizar una gran jugada al esconder sus planes. A diferencia de Alcón, ninguna de las piezas del entramado de nacionalidades que formaban la hueste concebía realmente que estaban a punto de iniciar una travesía que los mantendría en camino durante meses. Eran felices con sus inocentes creencias. Y así debía ser, porque incluso entre los más fieros aparecerían las dudas si se enteraban de la verdad. Estaba por ver cómo evitaría Aníbal una deserción en masa cuando todos se dieran cuenta de que ni Ampurias ni Massalia eran el final del camino.

El intérprete fue el encargado de realizar la traducción a los suboficiales celtíberos, caudillos de las distintas etnias. Con el tiempo, cada uno tendría que aprender a dejar aparte las asperezas entre los distintos clanes, pero de momento aún luchaban por mostrarse por encima del otro. Una actitud ciertamente infantil, en opinión del arsetano, tratándose de hombres tan rudos.

—Espero que la paga merezca semejante viaje —dijo Ambón, de los pelendones —. Mi padre luchó en Sicilia a sueldo de los cartagineses, que le escamotearon el sueldo al acabar el asunto.

—A mí no me preocupa esta excursión —dijo un arévaco veterano con el semblante marcado de cicatrices—. En cambio, los romanos que nos encontraremos en Massalia… no son cualesquiera. Yo también estuve en la guerra cuando apenas empezaba a salirme la barba, y puedo asegurar que esos malnacidos eran duros de pelar cuando actuaban a una.

—¡Ja! —exclamó Babpo; Alcón esperó lo peor—. ¡Al final siempre sale la verdad a flote, como la mierda! Así lo decimos en Pelendonia: «Arévacos y gallinas, la misma valentía». Los pelendones, en cambio, no tememos ni a los romanos ni a la puta madre que los soltó en este mundo.

Hubo un nuevo conato de pelea ante la provocación del orondo celtíbero, pero su caudillo le puso fin antes de que empezaran los puñetazos.

Alcón se dijo que aquél sería un viaje demasiado entretenido.

 

Partieron dos jornadas después, una vez acabados los preparativos. El íbero contempló Arse por última vez, que a sus ojos apenados se mostraba lánguida. Aún no se había alejado y ya le punzaba la añoranza en el vientre con la misma fuerza que la garra de la abstinencia. Parecía más bien que, en lugar de ser él quien se movía, era la gran ciudad de Edetania la que se apartaba, abandonándolo, dejándolo descorazonado a merced de un nuevo mundo lleno de congojas por descubrir. Una nueva recriminación de su esposa debilitó todavía más el ánimo del arsetano.

«Si lo hubieras sentido antes de traicionarnos…».

Tal verdad le hizo bajar la mirada y enrojecer avergonzado una vez más. Sin embargo, se sobrepuso y volvió a levantar la vista. Se demoró en los murallones, en el promontorio sobre el que había morado toda su vida. Y, junto al escalofrío que le recorrió el cuerpo, notó un repentino amor como jamás había esperado albergar por aquella tierra. La ciudad, aunque ya no tuviera el aroma íbero de antaño, era el símbolo de las almas de todos los que allí perecieron. Nunca fue un hombre de grandes ideales, o tal vez sí y éstos habían permanecido aletargados, sofocados por la intensa cobardía. Ahora, en cambio, se sentía en deuda. ¿Cuánto duraría? Sólo los antepasados podían saberlo. Probablemente hasta que el miedo volviera a aparecer de nuevo y escapara como, en él era habitual.

«Huirás, sí. Ya lo creo que lo harás», le susurró Daleninar.

 

Siguieron la costa y, en su deambular, dejaron atrás algunos poblados menores y caseríos agrícolas. Una vez olvidada la ociosidad previa a la partida, los hombres se mostraron animados ante la actividad, que tomaron con gran ilusión. Marcharon durante todo el día sin apenas detenerse, salvo en la pequeña pausa de descanso a media mañana y durante las dos horas poco después de mediodía, que aprovecharon para comer y abrevar a los caballos.

Alcón tuvo que lidiar con sus propios problemas. Durante aquellas primeras horas sufrió ante la desgarradora llamada del alcohol, que para aumentar su angustia tomó la voz y el aspecto de Daleninar. Le azoraba con una crueldad insoportable, gobernando casi todos sus pensamientos a poco que no hubiera nada más que le mantuviera ocupado. Le increpaba diciéndole lo estúpida que era su decisión de cerrar la puerta a la tentación, que estaba sufriendo para nada, y que un simple trago serviría para calmar ese padecimiento. Alcón trataba de resistirse; se decía una y otra vez que todo era invención de su mente, a la que había mantenido cautiva del vino y la cerveza durante semanas para apagar su culpabilidad. Ahora le pasaba cuentas, provocándole nerviosismo, desasosiego y mal humor. Al menos las jornadas calurosas invitaban a consumir agua, pero aun así ésta no le sabía a nada.

Había momentos en los que su tenacidad se desvanecía ante el empuje de aquella apetencia. A mediodía, durante la parada, tuvo que alejarse del grupo y, tras unas rocas, se dejó caer entre temblores y fríos sudores. Arañaba la tierra pedregosa con dedos desesperados, e incluso llegó a hacerse sangre debajo de las uñas. Resuello entrecortado, agonía que le subía desde el vientre hasta la cabeza, donde además le tronaba cada latido que daba su corazón. Se cubrió las sienes con los puños cerrados. Gimió como un perro al que se maltrata. Lloró, mientras entre dientes suplicaba por un sorbo, un único y maldito sorbo para acallar el deseo.

De pronto, algo oscureció el sol, una sombra proyectándose sobre el íbero. Alzó la cabeza y advirtió que alguien lo observaba: un joven celtíbero, al que reconoció como uno de los pelendones. No hizo nada más, ni siquiera le brindó ayuda, una mano para erguirse. Entre convulsiones, Alcón comprendió que el muchacho no intervendría. Quizás entendía que se trataba de una lucha de la voluntad. Según el orgullo guerrero, aquellas batallas debía ganarlas uno mismo.

Su presencia, ese gesto serio y expectante, inyectaron en el intérprete la fuerza para rehacerse lo suficiente. Se levantó a duras penas, intercambió una fugaz mirada con el joven, y regresó junto al resto de hombres. Frío por fuera, sí, aunque todavía febril en su interior. Sin embargo, ni por asomo dispuesto a que nadie se compadeciera de su debilidad, en aras de conservar la escasa dignidad que le quedaba.

Fue durante la segunda parada nocturna, iniciado ya el primer turno de guardia, cuando ocurrieron varias cosas en la zona de acampada de los pelendones. Habían levantado las tiendas a los pies de una colina, en un valle situado en las últimas

estribaciones de una sierra, cerca del cauce de un río[1]. Sobre el montículo escalonado se levantaba una gran ciudad, Orliltir, no tan majestuosa como Arse, pero que aun así contaba con tres líneas de murallas. La acrópolis, con sus murallones de sillería, se erguía digna, con la torre aislada en el extremo este del asentamiento y las otras dos adosadas al perímetro. Las viviendas se hallaban dispuestas siguiendo el desnivel de las terrazas, al estilo de Edeta, y parecían de buena mampostería. Los habitantes le debían su prosperidad al privilegiado punto que ocupaban, fronterizo con Ilercavonia, y a su rica producción cerámica. A pesar de todo, siempre se habían mantenido un tanto apartados de los poblados del sur, como si se sintieran más ilercavones que edetanos. Alcón visitó la localidad tiempo atrás, cuando ejercía de mediador del consejo arsetano, durante las discusiones para entablar una alianza entre ambas urbes.

El jefe de la ciudad bajó en persona para dar la bienvenida a Aníbal y recibir de paso el tesoro acordado con los mensajeros a cambio del libre acceso por la región. El estratega le dispensó el honor de aceptar el ágape preparado por el edetano.

Mientras los oficiales disfrutaban de exquisitas viandas allá en la ciudad, los soldados se conformaron con una cena bastante más humilde y apropiada a su llana condición. Montadas las tiendas, cada hombre asentó sus posaderas alrededor de una fogata. Alcón compartió con los pelendones el famoso pan de bellota celtíbero, que mojaron con el rancho. El guiso de carne servido a cada uno fue generoso, lo cual tenía una razón de ser: los mandos conocían la conveniencia de mantener a los mercenarios bien alimentados en los primeros días de viaje, cuando todavía estaban cerca de sus hogares y la tentación de desertar era factible. Ya llegarían las jornadas de hambre cuando Iberia quedara lejana.

La cerveza celtíbera que los hombres de Tibasté habían traído consigo —y que al ritmo que engullían no tardaría en agotarse— corría con demasiada soltura entre los comensales, para disgusto del arsetano. Sus ojos se le iban hacia los vasos, mientras sin siquiera advertirlo se relamía constantemente los labios. La coronilla calva y la frente se le perlaron de gotas de húmedo nerviosismo. ¡Maldita abstinencia! Se preguntó por enésima vez qué pasaría si tomaba un simple trago. Seguro que nada. «Vamos, lo estás deseando», le insinuaba Daleninar. Tal vez tuviera razón. «Piensa que, si no lo haces, los pelendones podrían mostrarse ofendidos por tu negativa a compartir su brebaje». Sí, claro, ella —o más bien él mismo, pues esa voz era en realidad la suya propia— tenía razón.

Estuvo a punto de dejarse embaucar. En el último instante se mordió la lengua hasta abrirse una pequeña herida. El dolor le hizo reaccionar y recuperar la resistencia. Tras limpiarse las golas de sudor, que ya caían por las sienes, suspiró. Resistió.

¿Por cuánto tiempo?

 

Al terminar la cena, Babpo, esa mole humana de pura grasa, se marchó perdiéndose entre la muchedumbre. El intérprete temió que volviera a provocar un altercado, pero no lo siguió. Su tarea no era erigirse en cuidador y controlar todo cuanto hicieran aquellos brutos.

El pelendón regresó poco después, aunque no lo hizo solo. Consigo traía a dos mujeres que se dejaban tomar por la cintura sin mostrar reparo alguno. La ligereza de las ropas y su sola presencia en el campamento proclamaban a viva voz cuál era su oficio: prostitutas. Dos de las muchas que acompañaban al ejército, como los piojos a los perros. Alcón jamás había participado en una guerra, salvo el asedio a Arse, pero sabía que era común que tras cada partida militar marcharan individuos dispuestos a hacer negocio con los hombres de armas: vendedores, vinateros, barberos, tahúres y un sinfín de personajes dedicados a satisfacer el ocio de los soldados y aligerarles la bolsa. Se aprovechaban del deseo de disfrutar los placeres mundanos que residía en todo individuo que encaminaba sus pasos hacia la guerra y, quizá, la muerte. ¿Para qué ahorrar la paga, si posiblemente no vivirían para gastarla? Más aún en el caso de los celtíberos, que no eran famosos por vivir en el lujo. Aquel otro tipo de ejército, que seguía a la inmensa serpiente de mercenarios y a los cientos de carretas de suministros, era soportado por los oficiales en aras del ánimo general. Los desplazamientos masivos y largos resultaban tan pesados que la posibilidad de un poco de divertimento era igual de importante, que llenar la barriga de la tropa. Preferían lidiar con un buen puñado de contagios por sífilis a permitir un hastío que hiciera peligrar la moral.

Babpo, cuyas carcajadas parecían rebuznos, se acercó hasta el muchacho más joven, el mismo con el que Alcón había compartido aquel instante de debilidad, esa misma tarde. Leukón se llamaba, por lo que el arsetano advirtió. De todos los bastos celtíberos era, sin duda, el menos alborotador, aunque ya había demostrado ser de impulso volátil durante la pelea con los arévacos. De hecho, se le veía constantemente sumido en el silencio, cabizbajo y con la expresión teñida de tristeza. Solía pasarse el tiempo observando una prenda de tela con mirada de añoranza.

—¡Niño! —le dijo su obeso compañero—. ¡El otro día te portaste como un digno pelendón! Fuiste el primero en lanzarte a por esos arévacos violadores de cabras, y eso merece recompensa. Te la hubiese ofrecido ayer, pero estaban todas las zorras ocupadas. —Las mujeres no parecieron molestarse mucho por el insulto—. ¡Hoy, en cambio, Babpo te invita a un buen revolcón!

El adolescente parpadeó, atrapado por la sorpresa. Fue incapaz de reaccionar cuando una de las dos furcias se aproximó a él con andares provocativos. Le faltaba, sin duda, el garbo de las buenas cortesanas, aquellas que ejercían en sus propios palacios y nadaban en la abundancia, como la maravillosa y malograda Sónnica de Arse. Por sus ademanes forzados se percibía que esa muchacha jamás había ejercido en un lupanar, al menos en uno digno. Probablemente estaba acostumbrada a trabajar en las calles, ofreciéndose a los remeros que pernoctaban en la ciudad, siempre escasos de monedas y buenos modos. ¿Acaso podía aspirar a más? No era una criatura hermosa: el exagerado colorete no conseguía ocultar el temblor de su párpado derecho; el rictus roto en el labio superior, consecuencia de más de una paliza recibida; los pechos caídos y poco generosos entreviéndose en la transparencia de aquel quitón que había vivido tiempos mejores… No existía naturalidad o estilo en la mujer, todo era artificio.

—Salud, cariño mío —le dijo al adolescente, sonriendo con un pretendido aire sensual que se quedaba muy a medias, pues dejaba al descubierto unas encías moteadas de negro. Alcón, que estaba sentado tras el celtíbero, apreció que le faltaba más de un diente—. Me llamo Medea, y esta noche seré tu princesa.

El arsetano estaba convencido de que ni aquél era su nombre, ni corría sangre helena por sus venas. Y, por supuesto, en ningún caso la parió una ninfa, como a la mítica hija de Eetes, rey de la Cólquida. Aunque no debía contar más allá de veinte primaveras, estaba avejentada, malgastada por las inmisericordes exigencias de su profesión.

Se sentó sobre el joven pelendón sin darle tiempo a nada. Un momento después sus pechos ya estaban al aire, y los bamboleó frente a Leukón con descaro. Se levantó la túnica, mostrándole un sexo oscurecido por el vello. Mientras, con la otra mano, buscó los genitales del celtíbero por debajo de la túnica.

De repente, él pareció volver de su sobrecogimiento. Se levantó con tal vehemencia que la ramera dio con su espalda en el suelo de una manera ciertamente cómica, y los pelendones se echaron a reír.

—¡El muchachito es bravo para la brega, pero temeroso como un lechón si se trata de meterla! —bramó Corbis, el de la gran verruga sobre la nariz.

—¡Me dijiste que le gustaban las mujeres! —se quejó Medea a Babpo, y luego miró con ira a Leukón—. ¿Es que prefieres sentir la polla de tus compañeros en las entrañas?

El joven cerró con más fuerza el puño, aunque en ningún momento hizo ademán de golpear a la prostituta. Alcón no vio en él furia, sino más bien convicción.

—¡No hagamos sangre, mi señora! —exclamó entre carcajadas el celtíbero orondo, y extendió el brazo para tomar a la cortesana y atraerla hacia sí—. ¡Yo tengo verga para ambas!

Y así se las llevó a la tienda entre las chanzas de sus compadres, que empezaron a pelearse por ser los siguientes en catar a las prostitutas. Ambas harían buena bolsa esa noche.

Mientras tanto, Leukón permaneció apartado del jolgorio general, aferrando con más fuerza todavía aquella prenda que, Alcón no tuvo duda alguna, era una prenda de amor.