Leones de Aníbal
Capítulo 29
Habían dejado atrás dos ríos cuando, al cruzar el segundo, los guías celtas les anunciaron que ya estaban en zona de los arecómicos. Los nervios se encresparon. Varios mensajeros recorrieron las filas de soldados, cuán largas eran, para trasladar las consignas de Aníbal: máxima atención. Debían estar preparados por si recibían algún tipo de emboscada. Estaba claro que los galos no plantarían batalla campal, pues eran inferiores en número y sus artes de guerra, escasas. El temor residía en tener que soportar un sinfín de emboscadas que les causaran bajas y retrasaran la marcha.
Sin embargo, durante aquel primer día en territorio enemigo no tuvieron ni el menor aviso de problemas. Más aún, las patrullas de exploradores volvían con noticias sorprendentes: los poblados donde investigaban estaban vacíos, de hombres al menos, pues sólo contenían mujeres, niños y ancianos.
—Esto no me gusta —dijo Tabnit a Alcón—. Parece como si estuvieran retirándose.
—Lo cual nos conviene —opinó el arsetano.
—No lo tengo claro. Tiene que haber una intención en todo esto.
Aníbal ordenó que trataran de hacer hablar a los lugareños. Ninguno soltó la lengua, y el general no quiso aprobar la tortura ante el temor de que los dioses celtas le dieran la espalda. Pero intuía lo que todos: los arecómicos aparecerían. La cuestión era cuándo y en qué circunstancias.
Poco a poco cobraron mayor distancia con la costa, alejándose de las marismas y adentrándose en la región. El Ródano, decían los guías, estaba cerca, y no les convenía cruzarlo cerca de la desembocadura, pues eso los acercaba demasiado a Massalia.
Ya cerca del río, mientras avanzaban fueron acumulando toda la madera que pudieron transportar. Con el Ródano ya a la vista, Aníbal encomendó a un nutrido grupo de hombres una misión importante: debían conseguir toda barca que encontraran en los poblados pesqueros del cauce. Era gente pobre, a los que resultó fácil convencer apenas con mostrarles la plata que portaban consigo. Sin embargo, Tabnit pensó que había algo más.
—Desean que crucemos el río —rumió.
Alcón lo vio marchar a la carrera en busca de Aníbal, en quien volcó sus sospechas. Las mismas que más tarde le trasladó a él: que creía haber descubierto el misterio de los arecómicos. Aseguró que los esperaban al otro lado del ancho torrente, y que utilizarían éste como una barrera natural.
—Malditos celtas. Han demostrado ser más listos de lo que pensábamos —dijo el consejero—. Nos han arrinconado tras el Ródano, a sabiendas de que sólo podremos cruzarlo en pequeños grupos, muy lentamente. Eso anula nuestra superioridad numérica. Nos irán matando conforme pisemos la otra orilla.
Pero todos ellos habían olvidado la mente que los guiaba.
Aníbal Barca ya tenía un plan dispuesto.