Leones de Aníbal
Capítulo 13
Tabnit dejó que Aníbal se apoyara en su hombro y recuperara el resuello.
—Gracias, amigo —le dijo el estratega, y luego le sonrió con gesto travieso—. Pero de haber estado entero no habría necesitado tu ayuda.
—No lo dudo —rió el consejero.
Un vistazo le valió para saber que todo había salido bien, a pesar de la desventaja numérica. Leukón, que una vez más demostró ser un guerrero espléndido a pesar de su juventud, se entretenía haciendo gala de sus costumbres celtíberas. Lo vio cortando las cabezas de los enemigos que había abatido, que luego mostraría con orgullo a sus compatriotas pelendones. Así probaban su valor con las armas, así se convertían en hombres.
Alcón, en cambio, vomitaba varios pasos por detrás de Aníbal. Aunque Tabnit estuvo ocupado derrotando a los dos ilercavones que le buscaron como enemigo, parecía bastante claro que el pánico había vencido al arsetano. Tendría que hablar luego con él.
Ahora se imponía encontrar respuestas. Estratega y oficial se acercaron al único enemigo que quedaba con sangre, y que trataba de taponar la herida que Tabnit le había causado en el muslo. Se esforzaba por contener los gemidos de dolor apretando los dientes, pero cuando advirtió a los dos hombres que se acercaban a él con gesto serio, se rehízo dando muestras de gran orgullo.
—Sería bueno que te cosieran y lavaran el corte —le dijo el consejero—. He visto a hombres perder la pierna por mucho menos.
—Ahórrate el esfuerzo, cartaginés. No tengo nada que deciros. Me ata un juramento de devoción.
—Te conviene que deseemos mantenerte con vida —insistió Tabnit—. Si no nos resultas de utilidad, quizá pensemos que vale la pena matarte, como a tus amigos.
El silencio fue su única respuesta. Aníbal instó a su oficial a alejarse un poco del asesino.
—Sabes tan bien como yo lo que esto significa —comentó en voz baja—: no romperá su silencio, no importa cuánto lo torturemos.
—No es íbero.
El balbuceo de Alcón hizo que volvieran el rostro hacia el intérprete, quien se limpiaba los labios manchados de hiel. Tenía un aspecto lamentable, la piel sudorosa, los ojos medio idos y la respiración entrecortada por violentos resuellos.
—No es íbero —repitió, haciendo un esfuerzo por articular bien las palabras—. Viste, actúa y habla como un ilercavón, pero no lo es. Reconozco el sutil acento, ya lo he escuchado antes. Viene de Roma.
Escudriñaron al herido como si fuera una persona totalmente distinta. Aquello lo cambiaba todo, por supuesto. Un espía romano. Otro espía romano. A sueldo. Un individuo a quien sólo una cosa importaba más que el oro: su vida.
Se aproximaron de nuevo al prisionero.
—Habla —le exigió otra vez Tabnit.
—Pierdes el tiempo. Ya he dicho que me debo a mi lealtad.
El oficial se inclinó sobre el asesino y lo miró con cuánta malicia fue capaz.
—Yo creo que sí hablarás. ¿Y sabes por qué? Casi nos engañas. Casi. Eres un romano, amigo mío, y los romanos no juran la devoción íbera. Reconozco que ha sido una buena jugada: pensabas que respetaríamos tu voto, que no te mataríamos a sangre fría; como mucho, te entregaríamos a los habitantes de íbera, que te convertirían en esclavo. Algo de lo que podrías escapar fácilmente, pues, dime si me equivoco, allí tienes amigos.
De nuevo, el mutismo por respuesta. Sin embargo, esta vez hubo un parpadeo involuntario, un torcimiento de labios, y unas leves arrugas en la nariz. Suficiente.
—Habla, romano, porque ya no hay honor que mi amigo deba dispensarte.
Y el consejero púnico señaló a Leukón, que sostenía sus dos trofeos con gesto fiero.
—Tu cabeza será la próxima.
Era todavía bastante temprano cuando el ejército empezó su marcha hacia el suroeste. Mientras los soldados enfilaban por el camino, uno tras otro, Aníbal y su plana mayor de oficiales se despidieron de Biurbetin, que junto con el resto de senadores habían salido para darles el adiós.
Sin embargo, faltaba uno de los miembros senatoriales. A Sosintacer no se le veía por ningún lado, y motivos había para ello.
—Te ruego, gran León de Cartago, que disculpes lo acontecido —le pidió por enésima vez el hijo del caudillo, pues su padre no había podido desplazarse siquiera hasta las puertas—. Sabíamos de los negocios de Sosintacer con griegos y romanos, pero jamás imaginamos que se vendería a ellos.
—Según nos ha confesado el asesino frustrado, vuestro vecino fue captado por los heraldos de Roma cuando tu padre se negó a pactar con ellos —explicó Aníbal—. El espía partió de territorio itálico cuando se supo de nuestro avance, y fue alojado por Sosintacer, quien lo hizo pasar por uno de los suyos. Su tarea era asesinarme cuando surgiera una buena oportunidad. No pudieron hacerlo durante nuestra visita a tu ciudad, por lo que se apostaron en las inmediaciones del campamento con la intención de infiltrarse entre mis tropas al partir, aprovechando el ajetreo.
—Sin embargo, al detectar que salíamos en plena noche —continuó Tabnit—, nos siguieron. Y decidieron actuar al reconocer a Aníbal, sin tener en cuenta la destreza de nuestros brazos.
—Sosintacer nos ha agraviado, ha dado la espalda a su propia gente y recibirá merecido castigo por ello. Pronto colgará en el centro del poblado, como escarmiento a quien hubiera pensado en seguir sus pasos.
—Ajusticiadlo según vuestras leyes, que son soberanas —dijo el estratega—. Nosotros nos encargaremos del romano.
Tras aquella despedida, los oficiales se reincorporaron al río de soldados. Pero aún había asuntos que dirimir, y que Tabnit no quiso dejar pasar por más tiempo:
—Ya tenemos en custodia a dos espías, Aníbal. ¿Qué debemos hacer con ellos? —preguntó el consejero.
—Matad al primero —respondió, contundente—. Al segundo le prometimos la vida, así que sólo le cortaréis la mano. Luego le darás unas monedas de oro, comida y un caballo. Quiero que vuelva a Roma y que le diga a todo el mundo que Aníbal Barca es intocable. Que los dioses lo protegen.
Tabnit asintió.
—Es hora de que los romanos empiecen a temernos de verdad.