Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 56 de 79

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Leones de Aníbal

Capítulo 53

 

Cuando el sol desapareció tras el dorado del ocaso, cuando la espera en el campamento se tornó casi insoportable, la gran partida de jinetes regresó en cabalgata. Se les veía extenuados, signo inequívoco de la dureza de la batalla. Y aunque mermados en número, habían sobrevivido los suficientes hombres para que Tabnit comprendiera que portaban consigo del triunfo.

Los médicos, con Nunn a la cabeza, se aprestaron a atender a los heridos, mientras un incansable Aníbal anunciaba, con voz ronca, lo que todos imaginaban.

—¡Oídme, todos! ¡Hoy es el primer día de la victoria de Cartago!

El ejército entero estalló en nuevos clamores, ebrios de una exaltación sólo comparable a aquella vivida tras dejar atrás los Alpes. Y acaso fuera mayor, pues habían logrado dar forma al auténtico objetivo de toda aquella misión. O al menos dar un primer paso: vencer a los romanos en su propio terreno.

Tabnit y Alcón buscaron de inmediato a Leukón y el resto de pelendones. El muchacho, para solaz de ambos, estaba ileso y venía cargado con otras tres cabezas decapitadas. Pero no portaba en su cara alegría alguna, tan sólo gravedad.

Tenía motivos para ello. En unas parihuelas toscas, atadas entre los caballos de Corbis y Ambón, reposaba el cadáver de Orsua, hijo del caudillo de Okalakom. El rostro, bañado en calma; los brazos, cruzados sobre el pecho; sus armas, y la de los enemigos abatidos, junto al cuerpo sin color. Tibasté trotaba al lado del vástago perdido. A pesar de la congoja que demudaba sus facciones, aquella mirada que no se apartaba del caído rebosaba orgullo. No era para menos. Tabnit contó cinco espadas distintas. Cuatro romanos abatidos. El mismo Aníbal se arrodilló ante el joven guerrero caído y transmitió sus condolencias a Tibasté.

Sin embargo, aquél era un momento para los pelendones. Más tarde, del mismo modo que hicieran el resto de clanes celtíberos con sus abatidos en combate, se reunieron fuera del campamento para proceder a los ritos funerarios. Los hombres de Okalakom construyeron una tarima con piedras, y sobre ella dejaron el cuerpo de Orsua, que reposaba con sus trofeos y armas. Según sus creencias, los buitres devorarían su carne y transportarían el alma allá donde debía estar: con los grandes poderes, en las esferas celestiales de la existencia; entre los señores celtíberos que lo habían precedido y que ahora lo acogerían con merecimiento.

La primera estrofa de un canto ancestral se elevó desde los labios del padre, henchido a la par de pena y honra. El resto de compatriotas se unió al cántico, poniendo en ello todo el énfasis de que fueron capaces. Una despedida plena de honores.

El tronar de tantas voces sentidas sobrecogió a Tabnit, que lo observaba todo desde una respetuosa distancia. Volvió a maravillarse con aquellas gentes en apariencia bárbaras, pero en cuyo interior anidaba una grandeza que para sí quisieran griegos, romanos y cartagineses.

 

Aníbal había vuelto a conseguir una victoria. No barata, cierto, pero valía el doble porque era la primera en territorio enemigo. Tabnit casi podía imaginar los pavores que habría sembrado entre los romanos, a quienes les hizo pagar su exceso de confianza y la vanidad que de común atesoraban.

Y al regresar lo hicieron con recompensas añadidas al importante triunfo. Entre los prisioneros que lograron hacer, alrededor de treinta, algunos eran de gran categoría, en especial un individuo de mediana edad y mirada desafiante que portaba, nada más y nada menos, los atavíos de un tribuno.

El tiempo de las interrogaciones llegaría, y esperaban que las revelaciones fueran jugosas, pero de momento era hora de descansar para los hombres de armas. Aníbal, sin embargo, demostró una vez más su fortaleza al convocar una nueva reunión de oficiales, que hizo coincidir con la cena.

—¡Lo tuvimos! —rugió Magón, tan frustrado que soltó con malos modos en el cuenco su muslo de pollo—. ¡Tuvimos a ese maldito cónsul en nuestras manos! ¡Si no hubiera sido por sus tropas de refuerzo…!

—Cálmate, hermano —trató de atemperarlo el estratega—. Así son las batallas, ya deberías saberlo.

—Tengo entendido que se salvó gracias a su joven hijo —dijo Tabnit.

—Eso han asegurado algunos prisioneros mientras volvíamos —confirmó Maharbal.

El veterano narró lo sucedido a aquellos que se habían quedado en el campamento de un modo tan acalorado que Tabnit fue capaz de dibujar una imagen mental del combate: los vélites, al advertir el empuje y velocidad de la carga enemiga, no tuvieron más remedio que retroceder, perdiéndose entre los escuadrones de équites, permitiendo que la lucha se limitara a jinetes contra jinetes.

—Debo reconocer que esos perros aguantaron bastante bien la primera acometida, aunque quizá fuera porque tenían el apoyo de un buen puñado de galos —siguió contando el oficial de origen númida—. Muchos, de los nuestros y de los suyos, echaron pie a tierra, pues la aglomeración impedía controlar a los animales.

—Sí, tuvimos que combatir cara a cara —añadió Magón.

—Hasta que mis dos grupos hendieron por los flancos y luego por la retaguardia de los romanos —apuntó Maharbal, al que le gustaba destacar el trabajo de las tropas que comandaba.

—Bueno, si no hubiera sido por mis celtíberos de nada te habría valido. Lidiamos con lo más duro —replicó el hermano de Aníbal, un tanto fastidiado por las ínfulas de Maharbal.

—El caso es que los rodeamos —dijo el capitán de los jinetes de Libia—. En honor a la verdad, esas ratas demostraron lealtad con su lugarteniente. Se fortificaron en torno suyo para protegerlo, y aun así alguien logró herirle la pierna de un lanzazo. Uno de los tuyos, por cierto.

Magón asintió ante el reconocimiento. Más tarde Tabnit se enteraría de que el venablo que a punto estuvo de matar al gran cónsul de Roma partió de la mano de Orsua. Buena hazaña para que la guardara Tibasté en su corazón.

—La intervención de sus tropas de refuerzo nos confundió, provocando más daño entre los nuestros del que habíamos sufrido hasta el momento —volvió a tomar la palabra Maharbal—. Eso les permitió retroceder a galope tendido y ganar una distancia que ya no logramos reducir.

Por lo visto, lo que quedaba de aquella gran partida romana alcanzó el Ticino con el tiempo justo de desmontar el puente flotante después de cruzarlo. Incapaz de vadearlo debido a las aguas crecidas, Aníbal tuvo que dejarlos marchar.

—Imagino que ya estarán en su campamento, lamiéndose las heridas, llenos de dudas —se carcajeó Cartalón—. ¿Cuál será nuestro próximo paso?

La pregunta, por supuesto, iba dirigida al cartaginés. Al menos fue él quien recibió todas las miradas. Aníbal, que parecía agotado, suspiró.

—Por ahora, descansar —respondió—. Mientras tanto, tengo algunas ideas que debo macerar. Mañana empezaremos a interrogar a los prisioneros. Te encomiendo esa tarea, Tabnit. Tu buen carácter funcionará mejor que las amenazas. Sabrás decir las palabras justas para sonsacar alguna cosa.

El consejero asintió, a la vez que agradecía la confianza, y luego todos dejaron la tienda. Quienes habían combatido apenas se sostenían en pie; los que no, debían de estar pensando en el mañana, que tras aquella victoria lucía radiante.

Futuro. Algo que últimamente le rondaba mucho por la cabeza.

 

Rió cuando Nunn trató de hacerle cosquillas en la planta de los pies con los dedos de los suyos. Contuvo su travesura abrazándola más fuerte, besándola en el cuello y arrancándole con ello un ahogado suspiro.

Yacer con ella le hacía olvidar las tribulaciones que, más que nunca, pesaban sobre su conciencia. La muchacha gala era capaz de darle al mismo tiempo paz y olvido con un simple beso, de hacer que el mundo dejara de existir durante sus pasiones nocturnas.

Pero también de causarle nuevas preocupaciones.

Nunn debió de notar su estado de ánimo mientras jugueteaba con el vello rebelde que crecía sobre el pecho del cartaginés. Acercó sus labios al oído de Tabnit y formuló mediante susurros una inesperada pregunta:

—¿Por qué esconderse bajo la piel de otro hombre?

Tabnit parpadeó desconcertado.

—¿A qué viene eso? Ya te expliqué los motivos. Eres la única que conoce mi verdad.

—Sí, pero no es eso a lo que me refiero. Me gustaría saber por qué sigues haciéndolo. Todos estos años de conflictos y batallas… Te habría costado muy poco escabullirte, fingir tu muerte y ser de nuevo Idníbal.

—Te dije que no me llamaras así. Alguien podría oírte.

—¿Aparte de ti, y que eso te haga sentir mal? —Lo miró con un mohín de fastidio —. Lo guardaré en secreto delante de otros, pero no aquí, donde sólo estamos tú y yo.

Tabnit o, mejor dicho, Idníbal, frunció el ceño en un gesto de resignación.

—Te lo dije, el honor me impulsó a hacer lo que hice y a mantenerlo todos estos años.

Buscando el modo de romper el amargo rumbo hacia el que caminaba aquella conversación, apartó las mantas mientras se incorporaba del lecho hasta quedar sentado sobre el borde. El aire nocturno que, inevitablemente, se colaba entre las pesadas telas de la tienda se le antojó una mortaja helada sobre el sudor que perlaba su piel, producto del fogoso sexo disfrutado. Sintió que el dulce embotamiento propio de la pasión se desvanecía.

Nunn, en cambio, no.

—¡Oh, vamos! Podrás engañarte a ti mismo, pero no a mí. He saboreado tu alma del mismo modo que tú la mía. —Ella lo rodeó con los brazos por detrás; sintió sus senos contra la espalda—. El honor nunca fue la razón, porque tú no crees en ello. Al menos no como la mayoría de hombres. Prefieres mirar dentro de las personas. ¿Por qué, si no, le diste una oportunidad a Alcón, al que tantos tenían por un cobarde y le despreciaban? No, la decisión que tomaste hace tantos años llegó por amor.

—Razón de más para seguir firme en mi actitud, ¿no crees?

La joven sacudió la cabeza para transmitir un «no» sin palabras.

—Pienso que simplemente te has pasado tanto tiempo siendo otra persona que tienes miedo de derrumbar los muros tras los cuales has escondido a Idníbal. No quieres abandonar una mentira que nunca fue tal porque estaba basada en un sentimiento noble.

Quiso replicarle, aunque no encontró argumentos.

—No te enojes conmigo por ser tan sincera —le dijo, ofreciéndole un beso.

Tabnit no contestó. Se mantuvo en silencio, pensativo. Las palabras de Nunn empezaron a abrir puertas en su mente, posibilidades jamás planteadas antes. La más poderosa, quizá, que aunque los pasos de un hombre no le pertenecen, que éstos son propiedad de aquéllos con los que se encuentra por ese camino llamado vida, tal verdad no es sinónimo de cautiverio. Es sacrificio.

¿Y acaso el sacrificio no es una acción libre?

Lo vio entonces, todavía de modo fugaz, aunque lo bastante claro para maravillarse: Idníbal jamás fue prisionero en la piel de otro.

Sintió un poderoso alivio.

—¿En qué piensas? —le preguntó ella al fin.

—En lo mucho que me maravillo cada vez que te contemplo —bromeó él, volviendo la cabeza para mirarla a los ojos. Observarla era desatar un misterio, pues parecía a la vez fuerte y vulnerable; decidida, aunque también inocente—. Algo nuevo ha germinado en mí desde que te cruzaste en mi camino. Antes de ese día el pasado e incluso el presente estaban teñidos de reproches y angustia.

—¿Ya no opinas igual? —le preguntó Nunn, mientras jugueteaba con el mechón atado en el colgante del que Tabnit jamás se desprendía.

Volvió a bebérsela a través de la mirada, mientras subía su caricia por el muslo, fino y torneado. Alcanzó la cintura, esbelta. Todavía delgada, pronto ya no tanto. Terminó posando los dedos en el vientre de ella.

—Todo es distinto. Veo sentido en lo que me has dicho. Tal vez deba empezar a aceptar sin amargura lo que hice. Sobre todo, ahora, que tengo algo propio por lo que sobrevivir, desear la paz y encontrar un lugar donde echar raíces. Algo por lo que recuperar mi nombre.

La joven torció el gesto; sabía que no le gustaba escuchar lo que necesitaba decirle. Aun así, no se lo calló.

—Nunn, amor mío, un ejército no es lugar para parir y criar a un niño.