Leones de Aníbal
Capítulo 16
Allí estaban, frente al jefe más respetado al norte del Íber. La sala en la que habían sido acomodados era del mismo estilo austero que el resto de la ciudad. Tabnit pensó en los típicos hogares hispanos que había conocido en tierras oretanas o bastetanas: el suelo cubierto de esteras, las paredes encaladas con bastedad… No vio utensilios domésticos, ningún molino de mano para triturar grano ni telar alguno, así que imaginó que el edificio no se utilizaba como vivienda, sino que se trataba de un lugar de reunión para discutir asuntos de importancia. Una gran chimenea levantada con piedras gobernaba la estancia en el centro, un tubo circular que iba del suelo al techo de maderos, ramas y tierra, sujeto por varios pilares. Por supuesto, permanecía apagado ante la bonanza de los días, aunque tan al norte las noches pronto serían frescas.
Si bien no existía animosidad en el modo de actuar del jefe ilergete, tampoco hincó la rodilla ante Aníbal. Por lo visto trataba de formarse una opinión sobre el estratega, sopesando la conveniencia de apoyar o no a los cartagineses. Tabnit había insistido, mucho en que convenía no mostrarse altaneros, que debían comportarse con humildad, pues no era aquél un reyezuelo al que pudieran ganarse con unas monedas.
—Recibe mi saludo, señor de Iltirta y jefe de los ilergetes —se presentó el mismo Aníbal, sin esperar que nadie mediara por él.
El gesto pareció gustar a Indíbil, que sonrió levemente. Mandonio, al que le correspondía presentar a su hermano, abrió la boca, pero el caudillo lo contuvo. Si alguien como el famoso León de Cartago se mostraba cercano, él no podía hacer menos.
—Que mi hospitalidad te reconforte, a ti y los tuyos, estratega —respondió—. Tu fama te precede, no sólo por los mensajeros que nos enviaste en invierno. Aunque, si debo ser sincero como alguien de tu talla merece, los problemas te siguen allá donde pisas.
Directo. Franco. Desde luego, aquel hombre no se entretenía con banalidades. Tabnit pensó que se había equivocado al requerir la presencia de Alcón: no iba a ser una conversación entre políticos, donde se escondían intenciones tras palabras falsas.
Aníbal, por supuesto, aceptó el reto. Sentado en el taburete, con la espalda erguida, levantó la copa de vino que les habían servido. La contempló durante un momento antes de hablar.
—Para hacer un buen caldo es necesario aplastar granos de uva.
Pero Indíbil se mostró ágil en la respuesta.
—Las complicaciones surgen cuando lo haces con la vid del prójimo.
A tales alturas, el resto de asistentes comprendió que su presencia era mera decoración. ¡Qué sencillo sería para Sósilo retener la discusión! Allí sólo existían dos interlocutores.
—Dejémonos de vaguedades y metáforas, Indíbil. No son dignas de individuos inteligentes como tú y yo. Hablemos claro.
Las máscaras habían caído.
—Dices bien, Aníbal. Así pues, seré sincero. Cuando tu padre llegó a Iberia, recuerdo muy bien lo que dijo el mío: «Éste es el principio del fin de nuestra calma». El tiempo le ha dado la razón. Vuestra venida sólo ha significado problemas para la tranquilidad que se respiraba en nuestro apartado hogar. Por tanto, no tengo todavía claro qué posición ocupar: si contigo, o contra ti.
Cualquier hombre de gobierno habría tomado por ofensivo el comentario. Aníbal, en cambio, no demostró enojo alguno.
—Simplificas mucho el asunto —dijo—. Sabes, del mismo modo que yo, que vuestra región no podía permanecer escondida del mundo durante toda la eternidad. Sois un vergel de riquezas, y la mejor de ellas es la bravura de vuestra sociedad. No son falsos halagos, lo sabes. En mi ejército viajan íberos, ilusitanos y celtíberos. Los admiro a todos. Mis tropas son el mejor ejemplo de que no busco destruir, sino unir; de que no pretendo extinguir vuestras costumbres, de que las respeto. —Y entonces, para sorpresa de todos, señaló a Leukón, quien, situado tras Tabnit, parpadeó desconcertado—. Fíjate en este muchacho, de la etnia de los pelendones, en el interior. Hace unos días mató a dos enemigos mientras me defendía de un intento de asesinato. Tal y como dictan sus ritos, les cortó las cabezas y ahora las lleva colgando de su caballo. Muchos en el este, romanos, griegos e incluso cartagineses, tildarían tal acto de bárbaro y salvaje. Yo no. Yo respeto. Y sólo pido a cambio una cosa: compromiso. El mismo que dispenso a mis soldados. Mi gente. Mucho más que esos que están en Cartago, acomodados en su plácido conformismo, atiborrándose de viandas mientras yo derramo sangre aquí. Así me lo enseñó mi padre.
Indíbil sonrió de nuevo. Las arrugas en torno a la boca y bajo los ojos, aunque todavía leves, fortalecían el aura de seguridad que le era natural. Tabnit sabía interpretar los gestos de las personas; le resultaba tan sencillo como a Alcón descifrar los idiomas de otros pueblos. Era el legado de sus días como traficante de especias, una habilidad adaptada a su nueva vida.
En la mirada del ilergete vio el naciente brillo de la admiración.
—Ahora, dime —continuó Aníbal—: ¿crees que Roma será tan respetuosa? No tiene fama de tolerar a quienes absorbe. No se conforman con conquistar, sino que además pretenden convertir a todos a su forma de vida.
El jefe hispano no respondió, al menos no de inmediato. Se atusó la barba con calma hasta que decidió continuar la charla.
—Aún recuerdo la primera reunión de etnias íberas a la que asistí. Fue en la contestana Ilici, a petición del rey edetano, Edecón. Yo era un muchacho, y sin embargo guardo claro recuerdo de lo que allí se habló. Tu padre hacía poco que había conquistado a los turdetanos y miraba hacia levante. Aunque al principio no quisimos reconocerlo, ya sabíamos que vuestra llegada buscaba la conquista. Algunos quisieron oponerse a Amílcar, sobre todo los oretanos, bastetanos, contéstanos y una parte de los edetanos, pues eran los más cercanos al conflicto en esos tiempos. Sin embargo, Atabeles, mi padre, prefirió la neutralidad, ya que veía claro en el horizonte: no se puede detener lo imparable.
Tabnit no había tenido noticias de aquella reunión. Por entonces era un joven Idníbal recién llegado a Hispania que sólo pensaba en negocios con los que enriquecerse sin mucho esfuerzo. De todos modos, no resultaba descabellado que los pueblos hispanos realizaran contactos para discutir sobre la llegada de Amílcar Barca y su ejército. Incluso le parecía lógico que lograran establecer pactos de alianza, a pesar de la conocida dificultad de los pueblos hispanos para ponerse de acuerdo entre ellos.
Sin embargo, lo que ocurrió después sí era conocido por todos: quienes habían decidido oponerse al Bárquida se unieron en la batalla de Hélike, cosechando una casi legendaria victoria en la que cayó en combate el padre de Aníbal.
Hélike. Aquel nombre le evocaba recuerdos infaustos. Un lugar, un tiempo grabado a daga y llamas. El momento en que todo cambió para Idníbal.
El momento en que se convirtió en Tabnit.
—Los padres, aunque no lo veamos en nuestra juventud, suelen ser sabios —dijo el líder púnico, con cierta añoranza en la voz—. El tuyo, sin duda, lo era. Aunque yo preferiría tenerte como compañero de armas.
—Tal vez pronto, aunque no todavía. —Y su mirada afilada se acentuó—. Escúchame bien, León de Cartago, pues éste es mi ofrecimiento: no alzaré mi espada contra hermanos íberos, ni aun para atacar a quienes por tradición son rivales míos. Sin embargo, tampoco te impediré el paso. Si logras convencer al resto de etnias para que luchen por ti, sin realizar una masacre, también lo haré yo.
—Ya envié mensajeros a cada pueblo por el que tenía pensado transitar. Y todos aceptaron mi amistad. Pero tus palabras me dan a entender que el tiempo ha hecho cambiar sus opiniones.
—Así es —dijo Indíbil—. Algunos caudillos han sido sustituidos, por defunción o imposición, y los sucesores no han hecho suyos los compromisos que adquirieron contigo. Si pretendes seguir el Ibarcar hasta los montes Pirene, pasarás por tres territorios hostiles: iacetanos, bergistanos y cerétanos. Los tres se opondrán a ti. Los segundos, además, tienen una poderosa alianza con los ausetanos, así que también podrían convertirse en tus enemigos.
—Ya veo…
—Espero que puedas convencerlos con plata y discurso, pero no los veo muy dispuestos. Lo ocurrido en Arse sin duda ha provocado un profundo enfado con los romanos, debido a su traición, aunque con el tiempo la gente también ha recordado quién provocó la caída de la ciudad edetana. Aquí estamos lo bastante lejos para que sólo haya llegado el odio, no el miedo a sufrir la misma suerte.
—¡No quisiera estar en tu pellejo, cartaginés! —dijo de pronto Mandonio, rompiendo la tensión con una gran carcajada que no pretendía ser de mofa, por lo que Aníbal no se molestó—. ¡Tendrás que enfrentarte a la mítica cabezonería íbera!
Tabnit habría reído ante la chanza del lugarteniente ilergete, pero aquel comentario implicaba una realidad preocupante: si los lugareños del norte del Iber se mostraban tan cerrados como los del sur, tendrían serios problemas.
—Mi hermano puede llegar a ser exasperante por culpa de esa natural propensión a tomárselo todo a la ligera —le recriminó Indíbil a su pariente—. Y aun así, lleva razón. Aníbal, León de Cartago, me temo que tienes ante ti una tarea que pondrá en juego tu condición de elegido por los dioses.