Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 23 de 79

Páginas del PDF

Leones de Aníbal

Capítulo 20

 

Estrujó la manilla de la caetra. Le pareció que el contacto entre piel y metal, aquella fricción producto de la tensión, se adueñaba de todo su ser con una nitidez abrumadora. La correa, que servía para transportar el escudo en bandolera y estaba sujeta a la cara interna, le asía la muñeca con amante rugosidad. Leukón no tardó en darse cuenta de que sus sentidos se habían agudizado por efecto de la tensión: notaba las protuberancias del mango de la espada, el borde de las tiras de piel superpuestas; bajo las suelas percibía el chascar de las piedrecillas sueltas; era consciente de cada bocanada de aire, del sabor que dejaba en sus labios la saliva. El bramido de las tubas le llenaba la cabeza, el corazón y el alma. Las manos… le parecían las de otra persona. Todo el cuerpo le resultaba, de pronto, ajeno, y a la vez más suyo que nunca.

Frunció el ceño, tal cual lo hacía el íbero al que ya enfrentaba. No había tenido mucha suerte, desde luego. Aquel iacetano era de complexión fuerte, recio cual viga de madera, con el aspecto duro de un montañés. La silueta, ancha y grande, se recortaba contra la luz mañanera dándole una apariencia épica. Tenía el rostro marcado por cicatrices varias, provocadas sin duda por furibundas peleas. Imaginó que, si él había quedado con esa guisa, quienquiera que se enfrentara con él tuvo peor suerte.

El iacetano apretó los músculos de la mandíbula, que parecían el cordaje estirado de una alpargata. Dio un paso hacia Leukón. Éste ni se inmutó. Un celtíbero no sentía miedo, y menos un pelendón. Cuando Aníbal le había propuesto ser uno de los combatientes, según dijo por los méritos realizados durante la emboscada en el santuario fenicio, aceptó sin dudarlo a pesar de las reticencias de Tabnit. Ni qué decir tiene que a Tibasté se le llenó el pecho de orgullo ante el honor de que uno de los suyos fuera elegido para semejante tarea.

Sin embargo, ahora sólo tenía una cosa en la cabeza, aquello que le daba fuerzas cada vez que debía enfrentarse a la muerte: el recuerdo de Stena. Pensó en sus cabellos largos y perfumados; en su figura menuda y hermosa a pesar de estar aún a medio formar; en su mirada amorosa; en la… Dudó un momento. La sonrisa. No pudo dar forma en su mente a aquella sonrisa que sabía maravillosa.

Sintió que el corazón se le detenía.

 

El cantar de las tubas cesó de pronto. Leukón parpadeó, regresando de su vahído justo a tiempo de interponer el escudo. El golpe de la espada lo hizo retroceder un paso, desatando murmullos entre los espectadores: de júbilo por parte de los íberos, de preocupación en los que servían a Aníbal.

«¡Basta!», se dijo, y así puso fin a ese maldito instante de vacilación. Apretó los dientes, mostrándolos al enemigo, y se dejó inundar por la rabia.

Decidió recuperar la iniciativa. Giró la cintura y estiró el brazo armado hacia atrás. Cobró cuanto impulso pudo y luego lo descargó al tiempo que gritaba, con la mirada reluciente de pura fiereza. Sin embargo, el iacetano demostró destreza, pues detuvo la estocada con facilidad.

Se alejaron un poco el uno del otro, sin bajar sus guardias. Con la rodilla derecha adelantada, se estudiaron de nuevo, en busca de una zona desprotegida que alcanzar. A Leukón no le gustaba la situación. Él prefería un combate de poder a poder, rápido y donde el impulso lo fuera todo. Su padre le había enseñado a utilizar la espada, aunque en las escaramuzas propias de los celtíberos no cabían los enfrentamientos singulares. Caos y furia, ése era su ambiente preferido.

El ulular del viento en el valle le resonó en los oídos. No lograba advertir puntos débiles en la defensa de su rival. Se cubría bien con el escudo, dejando a la vista sólo el cuello. Demasiado alto para alcanzarlo sin exponerse por su parte.

Pero él era un guerrero celtíbero. Sus brazos se movían porque la sangre de un pueblo le daba vigor. «Arrebátales la vida», escuchó en su cabeza. La voz de Pelendonia hecha carne, de aquella que lo amaba en la distancia. Sí, lo haría. Ese desconocido no lo alejaría de su deber de honor. Y, sobre todo, no evitaría que volviera con Stena.

Alcanzaría la victoria.

Sorprendió a su enemigo con una maniobra inesperada. Cargó como un toro, bramando, con el escudo por delante. El iacetano, que podría haber esperado un ataque con la espada, no supo reaccionar ante la embestida. ¿Qué loco se lanzaría así, despreciando su propia seguridad?

Caetra contra caetra. El impacto resonó como un trueno. El íbero reculó entre tropezones. Tuvo que poner toda su atención para no dar con los huesos en el suelo.

Descuidó la defensa.

Leukón lo vio: un hueco. El borde del escudo rival y la espada contraria se habían separado lo suficiente. Arremetió con su arma, por encima de la rodela. La punta encontró el hombro del iacetano, allá donde no le cubría el disco de bronce. Como si la hoja estuviera unida a su mano, le transmitió la sensación de abrirse paso entre la carne.

La desenganchó antes incluso de que el íbero se estremeciera de dolor. Éste levantó el escudo mientras el brazo herido dejaba caer la espada. Ahora Leukón tenía espacio por debajo del borde protector, y veía su próximo objetivo: el muslo del contrincante. Volvió a apuñalar. Le espetó la pierna de parte a parte.

Todo había acabado. El íbero, arrodillado, no pidió redención. A cambio, Leukón le ofreció una muerte digna. Le atravesó el corazón.