Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 12 de 79

Páginas del PDF

Leones de Aníbal

Capítulo 9

 

Conforme se acercaban al Íber, Tabnit advirtió que la costa comenzaba a cambiar, así como las tierras que bordeaban el mar. A pie o a caballo, jamás había viajado tan al norte de Hispania, así que en ese sentido todo aquello era una aventura excitante. Se sintió vivo y animado, más de lo que lo había estado desde hacía mucho tiempo.

Pasaron cerca de varias torres dispuestas cerca del mar. Alcón le contó que aquellas atalayas tenían la misión de otear el horizonte, detectar a los piratas que se mostraban más atrevidos y dar la voz de alarma para que los comarcanos tomaran las armas si resultaba necesario.

Casi de modo brusco, poco después de dejar a su derecha una isla que lamía la costa, el litoral se adentró en las aguas como si deseara conquistarlo. Y así era, según tenía entendido el cartaginés, pues ese avance contra las olas se debía a los sedimentos que expulsaba el río, y que tras cientos y cientos de años se habían depositado hasta ganarle terreno al mar Interior. Los guías ilercavones les aseguraron que, desde los picos más altos de la sierra, a su zurda, aquella masa de barrizales repletos de cañaverales, carrizales y lagunas tenía el aspecto de una punta de flecha.

La humedad también era mayor, lo que unido a las temperaturas veraniegas proporcionaba una pesada sensación de bochorno. Los celtíberos, acostumbrados a climas más fríos, marchaban desde hacía varias jornadas con el torso al descubierto. En algunos casos era una estampa bastante desagradable, como ocurría con las lorzas bamboleantes de Babpo, cuyo sudor además despedía un tufo que podría derribar incluso a un elefante. Sin embargo, no se les llamó la atención, como habría sido el caso en el ejército romano, donde la disciplina primaba en todos los ámbitos. Aníbal tenía muy claro que la permisividad era esencial para reforzar la lealtad de la tropa, sobre todo tratándose de un contingente tan variado y formado por pueblos de orgullo volátil. Resultaba vital dejar que cada etnia fuera fiel a su naturaleza, a las costumbres que los definían, siempre y cuando éstos no afectaran negativamente al devenir de la misión.

Al fin la cabecera de la soberbia riada de hombres alcanzó el gran valle en torno al Íber, dejando atrás y a la izquierda las montañas. Allí se encontraron con muchos de las tribus celtíberas que todavía no se habían unido al ejército. Un buen lugar para esperar, pues la región era rica, los campos estaban cultivados con el esmero de agricultores entregados a su oficio. Había todo tipo de huertas, granjas, establos y pastizales. Sólo los cañares que cubrían las riberas impedían contemplar el río, aunque dejaban visible la villa que se alzaba, imponente, junto a uno de sus meandros.

Aquélla era una urbe casi tan famosa como el río que la alimentaba. Ambos, caudal y ciudad, daban nombre a todo un pueblo. Íbera, allí estaba. Tan soberbia como Arse aunque única y particular, pues no se alzaba sobre alguna protuberancia del terreno, fuera monte o simple colina, al modo tradicional de los poblados hispanos. No, íbera había sido construida en el llano, en la orilla sur del río, desafiante ante los peligros, demostrando que estaba por encima de lo común. Tenía motivos para ello, pues sus muros eran robustos y de apariencia inexpugnable, al menos mientras buenos hombres los defendieran llegado el caso. Dos torres magníficas, una a cada lado del río, reforzaban la defensa, y precisamente al otro lado de la orilla podía advertirse una necrópolis igual de lujosa que la ciudad. Bien atendidos estaban, tanto los vivos como los muertos.

El renombre de la urbe era legendario. Sus pobladores aseguraban con orgullo que había sido la primera ciudad fundada en Hispania, antes incluso que Gádir. Tabnit no creía tal rumor, pues nada lo refutaba, salvo las habladurías de los lugareños. En cambio, la antigüedad de Gádir estaba fuera de toda duda al quedar reflejados los contratos comerciales de aquellos primeros años. Sea como fuere, íbera también debía ser un asentamiento añejo, no lo dudaba, pues tales leyendas no surgen de la nada. Nacen de algún tipo de verdad, aunque luego ésta sea deformada por el transcurrir de los siglos.

Siendo aquél un lugar habitual de comercio, visitado por infinidad de viajeros, existía un gran camino que partía desde las puertas de la fortificación. Fue al que se incorporaron, pues cruzaba una explanada enorme donde bien podrían asentar el campamento. Aún estaban lejos cuando el portón principal se abrió y una partida de varios hombres a caballo salió en dirección al ejército.

Aníbal ordenó detenerse para recibirlos. Mientras se acercaban, Tabnit fue en busca de Alcón, quien le había contado que conocía la ciudad.

—Hicimos escala en íbera cuando viajamos a Ampurias —le había asegurado esa misma mañana.

Cuando los jinetes hispanos los alcanzaron, el mismo intérprete los atendió en primer término. Al reconocerlo, el hombre que marchaba delante le saludó con amabilidad.

—Saludos, buen Alcón. Me sorprende ver a un arsetano en este ejército, teniendo en cuenta lo ocurrido en tu ciudad.

—Ahora sirvo a Aníbal, de la familia de los Bárquidas, pues he comprendido que no desea otra cosa que engrandecer Iberia —respondió, incómodo ante la referencia al asedio.

El ilercavón, un individuo de mediana edad, con el cabello ya ligeramente encanado, tenía la comisura derecha de la boca torcida por algún tipo de enfermedad antigua, pues la mueca parecía permanente.

—Bienvenido seas, León de Cartago —dijo, dirigiéndose esta vez al caudillo púnico—. Yo soy Biurbetin, hijo de Biurtibes, rey de íbera. Y acudimos a ti para recibirte, haciendo honor a los pactos contraídos con tus enviados.

—Compromiso que nosotros cumpliremos —asintió el estratega.

Hablaban todos en el idioma de los hispanos, pues, a tales alturas, tras años en aquellas tierras, los oficiales de Aníbal conocían dicha lengua como si fuera la suya propia.

Poco después, el noble ilercavón pudo abrir el cofre cargado con monedas por valor de dos talentos de plata. Más de setecientos shekels, una pequeña fortuna que ataría al gobernador de Ibera y con él a toda su clientela. Al menos mientras los romanos no les ofrecieran más.

—Eres digno de tu fama, Aníbal Bárquida. —Biurbetin asintió con la cabeza solemne, con la mano sobre el pecho—. Mi padre hubiera deseado salir a recibirte, pero la vejez ha debilitado sus huesos y no le ha sido posible. Sin embargo, te pide que aceptes ser su invitado en el gran banquete que hemos preparado en tu honor.

El líder cartaginés asintió, como se esperaba de él, aunque Tabnit sabía que hubiese preferido comer tranquilamente en su tienda, junto a sus hombres de confianza o paseando entre los mercenarios. Pero la diplomacia, tal y como le había enseñado su malogrado cuñado Asdrúbal el Bello, era un arma poderosa que no debía ser tenida de menos. Todo sabían lo fácilmente que se agraviaban los hispanos.

Nombró encargado del campamento a su hermano Magón, lo que agradó al muchacho, siempre ávido de demostrar valía. A Aníbal lo acompañarían sus principales oficiales: Maharbal y Cartalón, comandantes de la caballería númida; Hanón el Viejo y el otro Hanón, el hijo de Bomílcar, y también Asdrúbal el Fiero, llamado así por su siempre malhumorado carácter y también para no confundirlo con el Bárquida y antes con «el Bello». Sósilo, el fiel sofista espartano, también fue requerido, así como Tabnit, pues el estratega confiaba en su buen ojo para juzgar a las personas. Precisamente éste creyó oportuno que Alcón acudiera, pues una cara amiga para los ilercavones siempre podía ser una ayuda.

También eligieron una guardia de treinta hombres en previsión de posibles problemas, entre los que el propio consejero exigió la presencia del joven Leukón como guardaespaldas personal. El muchacho celtíbero se mostró asombrado ante tal decisión, pues no se había probado todavía en combate auténtico. Antes de llevárselo consigo, el caudillo Tibasté exigió a su guerrero que se comportara con la dignidad propia del clan Okalakom.

Y así dejaron al ejército, acampando, mientras la comitiva seguía a Biurbetin y sus hombres. Uno de ellos se apeó del caballo y con la ayuda de otro cargó el arcón sobre el animal. El resto, sobre sus monturas, mantuvieron un ritmo pausado para no dejarlo rezagado.

Al acercarse a la ciudad el río quedó al descubierto. Como el cielo aún no había oscurecido, Tabnit pudo contemplar las aguas tranquilas, donde se reflejaban los muros defensivos; una especie de abrazo, una aprobación a la hija nacida en su regazo, y que mamaba de aquella leche cristalina, fresca. La corriente viajaba sobre un cauce tan ancho que permitía su navegabilidad unos dos mil estadios tierra adentro, al menos mediante barcos de pequeño calado. Tal vez, no estaba seguro de ello, los hippoi de su padre habrían remontado aquellas aguas en alguna ocasión.

Al recordar al progenitor sintió un ramalazo de añoranza y al mismo tiempo de pérdida. Sí, desde luego había cambiado mucho, pues Idníbal, el joven que una vez fue antes de cambiar su nombre y su vida, jamás se caracterizó por ser fiel a las consignas de la familia. Alocado e indisciplinado, se desentendió de toda responsabilidad… hasta que le resultó imposible seguir escapando.

 

Una vez dejaron atrás el portón caminaron por la avenida principal, lo que le permitió a Tabnit hacerse una idea de la fisonomía de la urbe. Le gustaba tomar cuenta de los detalles, bien fuera por previsión ante cualquier contingencia o por simple placer de conocer los lugares por los que transcurrían sus pasos.

Así, advirtió que las calles enlosadas —signo inequívoco de la grandeza de la ciudad— tendían a buscar el centro de la urbe. Pasaron junto a varios templos dedicados a dioses de origen heleno, por lo que le dijeron, erigidos en principio para contentar a los colonos, y que al final habían encontrado devoción en muchos lugareños. Adoptar las divinidades llegadas a través de los comerciantes de oriente era una práctica común en todo el territorio costero, y no significaba renunciar a los antepasados o a la Gran Madre, aunque desde luego éstos ya no eran los únicos en el fervor de los iberanos. Tabnit, de naturaleza crítica con las expresiones religiosas desbocadas, solía pensar que los hombres eran rápidos en rendirse cuando se les prometía gloria o simple prosperidad.

Sonrió al darse cuenta de la expresión asombrada de Leukón. El joven cabalgaba a su lado con la boca abierta y los ojos atentos a lo que para él era pura maravilla. Resultaba curioso que el mayor pasmo le llegara ante la contemplación de elementos comunes, algunos de los cuales había visto en su poblado, pero que en aquella urbe inmensa cobraban una dimensión gigantesca. Estaba claro que jamás había visitado una gran ciudad, pues ni siquiera llegó a entrar en Arse. Sonrió al imaginarse el asombro que recibiría si paseara entre las avenidas de Cartago, esplendorosa como ninguna.

Alcanzaron una plaza columnada, muy similar a las ágoras griegas, situada en el acceso al barrio de las familias aristocráticas. No resultaba extraño: aunque fuera una urbe considerada íbera, la influencia helena resultaba inevitable gracias a los colonos que allí moraban, a los comerciantes que se acercaban al puerto. Algo similar a lo que ocurría en Arse.

¿Por qué, entonces, daban la bienvenida a los cartagineses? La toma de la urbe edetana fue un episodio que se extendió hacia el norte como una quema incontrolada de rastrojos. Llegó al Iber, y los asentamientos ilercavones temieron ser los siguientes en recibir un ataque si se negaban a la amistad del púnico. Su trato con Roma no debía de ser ni por asomo tan sólido como el de Arse, así que si éstos no habían recibido ayuda de las legiones republicanas, ¿qué posibilidades tendrían ellos de resistir el poderío cartaginés? Cuando se presentaron los mensajeros de Aníbal pidiendo pactos de alianza y ofreciendo suculentos tesoros por tal lealtad, se esfumó la tentación de ofrecer una oposición tal vez heroica, pero que no reportaría más que muerte y ruina.

Se había dispuesto una gran mesa en el centro del foro. Y allí, recostado en un diván, esperaba Biurtibes, caudillo y rey. Tenía unos labios tan finos que apenas eran una línea delgada, un trazo hecho con un carboncillo. Su piel amarillenta cubría un cuerpo que era todo osamenta e indicaba algún tipo de dolencia, grave a tenor de la constante tos que lo golpeaba. El cabello, que le crecía débil y escaso, por zonas, dejaba al descubierto el cráneo.

Desde luego, aunque en sus vestimentas hubiera adoptado un cierto estilo griego, era un hispano de corazón. Trató de incorporarse por sí mismo, pero, cuando ya casi había logrado auparse, le fallaron las fuerzas y a punto estuvo de caer. Sus asistentes lo tomaron a tiempo para evitar la desgracia. En lugar de agradecerlo, Biurtibes los increpó, aduciendo que, aunque fuera un vejestorio, todavía era capaz de valerse solo.

Así, manteniéndose en pie por encima de los temblores, luchando su propia guerra en pos del orgullo, recibió a Aníbal.

—Que los dioses y los Antepasados glorifiquen este día —le dijo—. El León de Cartago, aquel que desafía a la Loba, ha llegado a íbera.

—Mío es el honor, gran Biurtibes —respondió el estratega.

—Y con ellos ha llegado Alcón, el arsetano amigo de nuestra ciudad —dijo el hijo del jefe, señalando al intérprete—. Seguro que lo recuerdas.

—Sí, así es. Siento lo de la esplendorosa Arse.

—Aplaca mi pena estar en vuestra magnífica urbe —respondió el traductor.

Junto al caudillo había otros individuos, las cabezas de las principales familias nobles de la ciudad, según los presentó. Miembros también del senado, por su aspecto con orígenes diversos. Algunos tenían la piel morena que confería la sangre púnica, en ocasiones desteñida debido al mestizaje; otros, el porte distinguido de los griegos. Tabnit imaginó, por el semblante de estos últimos, que no todos estaban muy de acuerdo con semejante recibimiento al ejército cartaginés, del mismo modo que había ocurrido en Arse. Decidió no perder de vista a los que se mostraban más serios.

Tomaron asiento alrededor de la mesa, con los guardaespaldas de los oficiales cartagineses firmes tras ellos, vigilantes como debían. Tabnit se sintió tranquilo sabiendo que tenía a Leukón tras de sí. Tal vez su experiencia con la espada fuera escasa, pero ya había demostrado la fiereza y entrega que bullía en su interior. Estaba convencido de que, en caso de necesidad, se lanzaría a protegerle con mayor ahínco que cualquier soldado veterano.

Disfrutó de la cena más opípara desde que saliera de Qart Hadast, aunque los había que atendían más al escenario y a la conversación que a la comida. Sósilo apenas probó bocado, pues se hallaba atareado examinando todo a su alrededor, hasta lo más insignificante; el lacedemonio debía de estar grabando en su memoria cada detalle del lugar, de los comensales y, por supuesto, de la conversación, para así luego poder inmortalizar aquellos sucesos.

—¡Cuán fervorosamente desearía poder disfrutar de las mismas viandas que tú, Aníbal! —dijo Biurtibes, que debía conformarse con un caldo de aspecto triste—. Pero estos malditos médicos folladores de cabras insisten como viejas en que debo comer ligero. Y yo les digo que, si voy a morir, que al menos me dejen hacerlo con dignidad y disfrute.

—Tus hombres se preocupan por ti, Biurtibes. Es algo admirable y dice mucho de tu gobierno —respondió el estratega.

—¡Tendría que haber sido un tirano! —Y lanzó una carcajada, rota casi al instante por un severo ataque de tos.

—Querréis hablar de cosas más importantes, desde luego —intervino Biurbetin, para dar tiempo a su padre a recuperarse—. Hemos pensado que os gustaría saber que hace varias lunas, durante el invierno, nos visitaron algunos embajadores de Roma.

Tabnit ya había estudiado a fondo al heredero: un hombre sobrio, aunque apreció todavía en sus ojos la chispa de una jovialidad juvenil perdida por las obligaciones del cargo. Quizá fuera todavía el sucesor de su progenitor, pero ya ejercía, y su voz era mandato tanto como la del viejo caudillo.

—Alguna información poseo al respecto —aseguró el joven líder cartaginés—. Aunque nunca está de más escuchar de viva voz a quienes lo vivieron.

—Esos estúpidos llegaron a íbera con aires prepotentes, creyéndonos ignorantes y simples bárbaros a los que convencer con lisonjas —continuó Biurtibes, ya repuesto —. Bien claro les dijimos que más les valía buscar aliados donde nunca hubieran escuchado sobre Arse, pues lo allí acaecido es señal de lo que vale la palabra de Roma. No nos tembló la mano al proclamarles que deberían avergonzarse de pedirnos amistad ante sus actos traicioneros, de crueldad superior a cualquier ataque cartaginés. Que los Antepasados me fulminen si me fío de su promesa. A poco que los necesitáramos volverían el rostro tal y como hicieron con la edetana.

Aníbal intercambió una mirada fugaz con Tabnit, gesto suficiente para saber que pensaba lo mismo que él. Aunque los hispanos eran valientes, también solían ser amantes de las bravuconadas, así que dudó de que realmente se mostraran tan rudos con los legados romanos.

De nuevo quedaba de manifiesto la brillantez del estratega. Además de una excelente plaza fuerte, lo ocurrido en Arse le había valido para despertar el miedo de muchos aguerridos pueblos, así como poner de manifiesto la falta de compromiso de los romanos para con sus ciudades amigas. Una jugada magistral: desprestigiaba al enemigo y conseguía que los lugareños se olvidaran de quién había sido el agresor.

—Ante nuestra respuesta desfavorable, y con rostros como si les hubiésemos agraviado, cruzaron el río y marcharon hacia el norte en busca de otros que sí quisieran apoyarlos —aseguró Biurbetin—. No encontraron a nadie dispuesto a tal cosa, salvo a esos cobardes de los bergistanos, los iacetanos y los ausetanos. También, por supuesto, los ampurianos, que llevan adulándolos desde hace tanto que uno no sabe dónde acaba su lengua y empieza el culo de Roma.

—Habéis obrado bien en íbera —opinó Aníbal—. Yo os aseguro que Cartago sí es fiel a la palabra dada. Por encima de todo buscamos la grandiosidad de las tierras íberas y sus pueblos. Conmigo marchan hombres de toda condición y nacimiento. Puedes preguntarle a cualquiera de ellos. Ninguno podrá quejarse de que se le han vetado sus costumbres ancestrales.

—¿Tolerasteis también a los arsetanos?

Aquellas palabras, llenas de inquina, brotaron de uno de los senadores, un tipo cejijunto de nariz fina como la caña con la que Sósilo trascribía sus crónicas. Maharbal, el más temperamental de los oficiales de Aníbal, y a quien sus muchos años no habían calmado el carácter, golpeó la mesa con aire furibundo. Tabnit decidió intervenir antes de que el lugarteniente de origen númida dijera algo inadecuado. Sin embargo, ya no quitaría ojo de encima al noble.

—Creíamos que era conocido el motivo del asedio, y que da buena cuenta de lo que para nosotros es la lealtad: los turboletas, pueblo amigo de Cartago, sufrían constantes ataques por parte de los arsetanos. Aníbal les ofreció la posibilidad de que cesaran dichas agresiones, pero se negaron. Por tanto, no existía otra opción que defender por las armas a nuestros aliados. Estábamos en nuestro derecho.

—¡Ahí lo tienes, Sosintacer! ¡No temas por tus negocios con los griegos! Muchos estamos en tu situación y sabemos que si los helenos dejan de venir su vacío será llenado por los cartagineses, no menos famosos como comerciantes —le reprochó Biurtibes, con el tono propio para aleccionar a un niño malhumorado—. Y ahora hablemos de cosas más interesantes. Dispondré que se os reabastezca en la medida de las posibilidades de la ciudad, a un precio especial por ser vosotros.

«Claro que sí», pensó Tabnit. Al fin y al cabo, estaban en una urbe de mercaderes y traficantes. Sabía lo que eso significaba, pues, antes de abrazar esa vida que no era la suya, fue un truhán de los negocios. De hecho, la sagaz jugada de Biurtibes hubiese resultado digna de Idníbal: al no incluir el aprovisionamiento en el pago ya realizado, el caudillo ganaría un ingente beneficio añadido.

—¿Qué zona nos recomendáis para cruzar el río? —preguntó Aníbal, despreciando la pillería del hispano—. A pesar de ser verano, parece bajar demasiado cargado de agua por esta región.

—Cierto —asintió el hijo del reyezuelo—. Nuestras embarcaciones tienen escasa capacidad de transporte, teniendo en cuenta el tamaño de vuestro ejército. El tiempo que precisaríamos para realizar el transbordo obligaría a paralizar toda la flota, lo que supondría un perjuicio muy grande para los dueños de los barcos. Sin embargo, a lo largo de su trayecto el Iber está repleto de diversos islotes que os podrían facilitar la tarea. Unos cincuenta estadios río arriba encontraréis el primero.

—No tiene pérdida —añadió Biurtibes—, pero mandaré con vosotros a uno de mis hombres para que os haga tareas de guía.

Mientras tanto, podéis permanecer cuanto deseéis junto a mi ciudad.

—Te estoy muy agradecido por la generosidad de tus dones —concluyó Aníbal.

Y la conversación derivó a temas de otra índole menos severa, donde unos y otros, tal cual mandaba la buena diplomacia, se dedicaron a alabar al contertulio. En ocasiones, incluso, de modo tan exagerado como vergonzante. Pero había quienes no lograron hacer suya tan artificial imagen de fraternidad. Tabnit sintió sobre sí la mirada acerada de Sosintacer durante toda la velada.

No tuvo ninguna duda de que aquel hombre intentaría causar problemas.