Leones de Aníbal
Capítulo 39
Gobanitio y los suyos se convirtieron en los guías del ejército, aunque en aquel primer momento el camino seguía marcado por el Ródano. Lo remontaron como si de salmones se tratara, en busca de ese afluente que dirigiría la marcha hacia el este, en busca de las montañas.
Alcón y su grupo alcanzaron la serpiente de hombres, dividida de nuevo en tres columnas, poco después de dejar a la muchacha gala. El regreso había sido parco en palabras, al menos por parte de Tabnit y Leukón, quienes reflejaban un ánimo apagado. En cambio, a los otros pelendones les supuso un alivio alejarse de Nunn, pues tras el extraño episodio del desvanecimiento la habían juzgado como una apestada de los dioses.
Durante el viaje de vuelta Alcón pensó mucho en el asunto. Como hombre instruido gracias a la influencia griega en Arse —y animado por Daleninar—, había hablado con muchos helenos sobre los más diversos temas. Fue un médico llegado de Pérgamo, Antíoco, quien le contó acerca de un sabio llamado Hipócrates y sus discípulos de la Escuela de Cos. Este pensador aseguró en vida, muchos años atrás, que las enfermedades que se atribuían a las divinidades u otros fenómenos sobrenaturales tenían una explicación tan mundana como el simple hecho de morir congelado en una noche de invierno. El caso de Nunn le recordó una de las afecciones de las que le habló Antíoco: la «enfermedad sagrada», a la que Hipócrates prefirió llamar «enfermedad mayor», y que producía convulsiones y pérdida de conocimiento en quienes la padecían.
Ahora bien, pedir a celtas, celtíberos e incluso íberos que razonaran como un griego sabio resultaría infructuoso. Para ellos, al igual que para los compatriotas galos de la muchacha, ella estaba sumida en alguna maldición horrible.
Cuatro días tardaron en alcanzar la región que los lugareños llamaban «La Isla», y que en realidad no era más que un gran pedazo de tierra rodeada de agua, allí donde el Ródano se convertía en dos durante un largo tramo. Para entonces los exploradores ya habían anunciado que los romanos, tras llegar al campamento abandonado en el Ródano, se dieron la vuelta para volver a Massalia. Aquella noticia tranquilizó mucho a Aníbal.
La zona en la que ahora se hallaban era dadivosa para las cosechas, y por tanto no resultaba extraño que estuviera habitada. Era la tribu de los cavares, que se extendían hacia el norte hasta tocar el territorio de los alógobres, y al este, donde alcanzaba los Alpes. Como estaban en tratos favorables con los boyos, la presencia de Gobanitio permitió que el ejército no fuese mal recibido. De hecho, invitaron a Aníbal y a su círculo cercano al poblado donde residían, situado en la llanura aluvial, junto a un pequeño monte que no se alzaba mucho.
Una vez más, Tabnit contó con la presencia de Alcón y Leukón. Tanto el cartaginés como el celtíbero seguían mostrándose un tanto apáticos. En el caso del consejero parecía bastante claro que algo tenía que ver con Nunn, aunque el arsetano no era un experto en las pasiones del corazón como para asegurar algo así. Nunca estuvo realmente enamorado, ya que su relación con Daleninar se inició como un acuerdo contractual entre las matriarcas de ambas familias, tal cual era la costumbre íbera, pero intuía que la gala había calado fuerte en Tabnit. El caso del pelendón era distinto. Su tristeza se remontaba muchas semanas atrás, aunque también debía de guardar relación con los males del amor. Tenía entendido que en su castro había dejado a una muchacha. Añoranza, el más antiguo de los padecimientos del alma.
«¿También tú nos echas de menos?», se burló su esposa.
La gente se agolpaba en las calles de tierra, mientras la comitiva se acercaba a la plaza central. Algunos, los más cautos, se asomaban a las puertas y a las ventanas, desde donde contemplaban a aquellos señores de piel morena con asombro y esperanza. Por libertadores, parecían tenerles, salvadores largamente esperados.
—Veo mucha necesidad en estas caras expectantes —dijo Cartalón.
—Sin duda, admiración —se vanaglorió Magón—. No deja de ser lógico, pues como bárbaros que son se maravillan con nuestra estampa grandiosa.
—Hermano, de nuevo me agravias hablando con tal altivez —le dijo su pariente —. Guárdate tales reflexiones soberbias para ti o, como mucho, para cuando no nos escuchen oídos ajenos a nuestra causa. ¿Acaso pretendes provocar la ira de quiénes te acogen, y que no salgamos vivos de este lugar?
El joven Barca, que era de pasiones volátiles pero a la vez idolatraba a su hermano, aceptó la reprimenda y ya no dijo nada más del tema.
Fueron recibidos por un senado formado por los notables de la ciudad. Extraño fue que no acudiera a presentarles hospitalidad ningún caudillo, lo que provocó la curiosidad de Aníbal.
—Señores, me siento desconcertado —les dijo—. Tenía entendido que cada clan celta se administra a través de un rey.
—No te equivocas, León de Cartago —respondió el portavoz del senado, un hombre tan anciano que no le quedaba apenas cabello en la cabeza, salvo unas encrespadas y finas hebras; un largo bigote le nacía por debajo de la nariz—. Sin embargo, existe un gran conflicto entre los dos aspirantes a ocupar el gobierno del poblado. Así que somos nosotros quienes lo hacen mientras ellos se aclaran. Yo soy Olovicón, la voz del consejo.
—Una lástima, sin duda —afirmó el estratega.
Se sentaron en torno a una gran mesa con forma de herradura. Allí había apetitosas viandas, como ciervos y jabalís asados, que a Alcón le hicieron salivar tras tantos días de parco alimento. Pero si algo le turbó fue el aroma del cuerno rebosante de vino que le pusieron delante. De pronto sintió que los latidos del corazón se le iban a las sienes. Después de tantas semanas de sobriedad, todavía el aroma dulzón le tentaba como un espíritu sensual. Fue entonces cuando comprendió que aquella lucha no sería algo pasajero, que le acompañaría el resto de la vida. Una batalla constante que no estaba muy seguro de poder afrontar. Mucho menos de ganar.
«Resiste, padre».
La voz de Isbataris, aunque producto de esa sutil locura que lo gobernaba, lo ayudó a rechazar el caldo. Eso no gustó a los celtas. El joven que le sirvió se lo tomó, al principio, como un desprecio, lo que hizo que estuviera a punto de cambiar de opinión. No obstante, le dijo que el vino le sentaba mal, y aquél pareció aceptarlo.
—Acaso se podría hacer algo al respecto, aprovechando vuestra venida —dijo el galo, refiriéndose al conflicto político de la región—. Demasiado dura ya este problema, y tememos que acabe en sangre. Te explicaré el caso, Bárquida, pues quizá puedas ayudarnos.
—Si está en mi mano, así lo haré.
Los senadores asintieron, complacidos.
—Nuestro pueblo estaba regido, en efecto, por un jefe, Braneo. Era un hombre recto, que nos trajo una prosperidad que jamás habíamos conocido. Ahora bien, esta riqueza atrajo las envidias de nuestros vecinos más allá del río, los helvios. Hace cinco lunas nos atacaron, y tan fuerte fue su golpe que lograron arrebatarnos gran parte de la cosecha. Cuando marcharon, mientras nos rehacíamos, el hermano menor de nuestro caudillo, Brendo, adujo que la culpa de todo aquello fue de su pariente, quien, ofuscado por incrementar los bienes de la tribu, desechó la defensa. Así pues, apoyado por sus afines, los más jóvenes e impetuosos, lo expulsaron del poder. Pero a Brendo no le asiste la prudencia, es demasiado impetuoso y dado a la guerra. Por tanto, no estamos seguros de aceptar su gobierno, pues podría suponer una escalada de enfrentamientos con nuestros vecinos que en nada nos beneficiaría. Aunque bien cierto es que Braneo cometió imprudencias que nos han costado muy caras. Nos sentimos divididos entre una opción y la otra. Y si no nos pronunciamos, pronto se desatará la violencia entre dos de la misma sangre.
—Es una situación comprometida, entiendo: derecho contra fuerza —asintió Aníbal—. ¿Y qué puedo hacer yo para solventarlo?
—Hace una luna, el druida mayor de nuestro pueblo bajó de la montaña y nos habló. Es algo extraordinario, pues sólo se entromete en los asuntos de suma importancia. Ese día nos dijo que pronto llegaría la solución para el conflicto: un forastero, al que seguiría una marea de hombres y armas vivientes con forma de montañas; alguien querido por los suyos, tan bravo como ningún otro bajo el sol, con un destino grandioso que habría de lograr tras superar la más terrible de las pruebas. Un león que vendría a lomos de un rayo.
«Un león a lomos de un rayo», se repitió Alcón. No se precisaba una gran inteligencia para desvelar tal profecía: el león hacía referencia al sobrenombre de Aníbal; el rayo, a la palabra púnica Barca. De hecho, lo que no muchos sabían era que aquél en realidad no era el apellido de Aníbal, sino un mote que dieron a su padre, Amílcar, por la rapidez de sus maniobras durante la guerra de los mercenarios en Cartago. O al menos eso le había contado Tabnit.
—¿Deseáis que yo medie? —preguntó Aníbal, sorprendido—. No conozco bien el caso, ni a los implicados. No podría dictar una sentencia justa.
—Nuestros dioses te han nombrado, según el druida, así que, si ellos creen que dirimirás con rectitud, nosotros lo aceptamos. De hecho, ambos hermanos esperan para comparecer ante ti —aseguró.
Alcón entendió entonces que el estratega se había metido, sin desearlo, en un problema imprevisto. Elegir entre dos individuos que no conocía podía reportarle muchos contratiempos y ninguna ventaja. Aquél a quien rechazara montaría en cólera y se convertiría, tal vez, en enemigo de los cartagineses. Y aunque sin duda no poseería una fuerza que pudiera rivalizar con el ejército de Aníbal, bastaba que le retrasara para causar grandes molestias en su misión. ¿Cómo escaparía el púnico de tal atolladero?
El general aceptó la propuesta de Olovicón, pues no tenía más alternativas si deseaba evitar las iras del poblado. El anciano noble mandó que se acercaran los hermanos que pugnaban por el poder. Poco después se presentaron dos hombres, acompañados cada uno por su guardia personal. No podían negar su parentesco, pues había tal parecido entre ellos que sólo la juventud de uno sobre el otro los distinguía. Tenían los típicos rasgos galos: cabello y barbas largas, de tono pajizo; una gran nariz cada uno, gruesa y abultada, así como ojos claros. Eran de expresión adusta, y se apreciaba la animosidad que los distanciaba como si fuera la llama de una antorcha.
Aníbal les pidió a ambos que expusieran los argumentos por los que deseaban dirigir el poblado. El primero en responder fue Brendo, que, como todos los jóvenes, no sabía controlar sus impulsos.
—Mi hermano es un hombre débil para los cometidos de la guerra —dijo—. Piensa demasiado las cosas, hasta el punto de que, cuando ya ha conseguido una solución, el problema se ha desvanecido por sí mismo o nos ha causado una grave desgracia. Mi brazo en cambio es fuerte, mi mente actúa con rapidez y podría atajar las tropelías de quienes nos roban. Somos un pueblo guerrero y necesitamos a un jefe con alma para las armas.
«Un alegato contundente», pensó Alcón, mientras los leales a Brendo vociferaban exaltados. Cuando se calmaron, se adelantó Braneo. Se le veía mucho más sereno y dueño de sus actos.
—Si los helvios han tenido algo que robar ha sido porque yo he conseguido, con mis decisiones, que la fertilidad reine en nuestras tierras —aseguró el hermano mayor —. Antes de mi gobierno vivíamos con lo justo. Pero ese bienestar ha hecho que te olvides de las penurias pasadas y que dejes de valorar mis esfuerzos —dijo, señalando a su pariente.
—¿Para qué queréis riquezas si vienen otros y toman lo que tanto os cuesta conseguir? —le preguntó entonces Aníbal.
Braneo vaciló. Había, sin duda, sensatez en su mirada, lo que confirmó con su siguiente comentario.
—En eso tienes razón, forastero, y debo admitirlo.
Y, de repente, se arrodilló mirando al consejo, y de un fuerte tirón se desgarró la prenda que le cubría el pecho, dejándolo al descubierto. Se quitó el torques y lo arrojó al suelo. Tenía la expresión de quien se siente desgraciado sin medida.
—¡No he sido un buen defensor de los míos, ancianos! Ha tenido que venir un extranjero para hacerme entender. Me someto a la ley y me retiro de esta pugna.
Y bajó la cabeza, esperando una sentencia.
No fue la que imaginó. Aníbal se levantó de su asiento, recogió el aro de hierro y se lo tendió de nuevo a Braneo.
—He tomado mi decisión, como me habéis demandado —dijo, dirigiéndose a todos los presentes—. He visto ante todo a dos hombres que desean lo mejor para su pueblo, algo que ennoblece a ambos por igual. Dos formas de pensar distintas. Y yo me pregunto, ¿por qué no pueden funcionar en armonía, por el bien de los suyos?
Alcón intuyó lo que iba a suceder. ¡El estratega lo había logrado de nuevo!
—Algunos pueblos, allá en oriente, tenían por costumbre gobernar con dos reyes. Así se hará aquí, si mi voz es como decís reflejo de la voluntad de vuestros dioses. — Miró primero al hermano mayor—. Braneo, tú dirigirás los asuntos mundanos, te encargarás de conservar y aumentar esa prosperidad que has traído a los tuyos, pues sin ella nada tiene sentido. Te confirmo como caudillo de los cavares.
El senado asintió, satisfecho, demostrando que siempre había sido su preferido.
—Pero no gobernará solo —dijo, y ahora atendió a Brendo—. Tu hermano será la cabeza en tiempos de paz, y tú habrás de convertirte en el brazo en los momentos de guerra. Procurarás una fuerte defensa y una milicia poderosa; cuando haya que tomar las armas, tuyas serán las decisiones. Te nutrirás de la riqueza que tu hermano consiga para establecer un poderío militar que os gane el respeto de vuestros vecinos.
El aludido dudó al principio, pero luego miró a Braneo y dio la impresión de que lo veía con nuevos ojos, tal vez apiadado por el gesto que antes había tenido su pariente. Volvió a posar la vista en Aníbal, y sonrió.
—Acepto tu sabia decisión —dijo.
—Acepto tu sabia decisión —repitió Braneo.
—Aceptamos tu sabia decisión —remató Olovicón, en nombre del consejo.
El líder púnico, que sabía muy bien cómo animar a las masas, tomó las manos de ambos jefes y levantó sus brazos, provocando una enorme ovación entre los habitantes de la aldea que se habían reunido para asistir al evento.
Mientras tanto, Alcón volvió a pensar que aquel hombre era mucho más que un simple general.
Tal vez por ello Arse nunca tuvo una posibilidad.