Leones de Aníbal
Capítulo 10
Es tan hermoso como la mañana recién nacida. Su cara brilla con la intensidad del sol, y cuesta fijar la vista en él sin recibir molestia en los ojos.
Pero yo soy un elegido. La mirada no se me resiente, soy capaz de observar los rasgos finos del niño divino, la expresión plena de una belleza sobrenatural, cargada con la fuerza de los cielos y la plenitud de la vida. Los cabellos dorados forman una corona, y el cuerpo desnudo, perfecto en sus proporciones, es la fulgurante cola de un cometa.
Me espera en el camino, y cuando lo alcanzo no dudo en arrodillarme frente a Él, pues el corazón me ha desvelado su sacra identidad.
—Ba’al Hammon, Señor del Sol y las Ascuas, que te alzas sobre el Altar de los Perfumes… Dame tu voluntad.
El niño dios posa su refulgente mano sobre mi cabeza, y al hacerlo siento un ardor intenso, las llamas quemándome los cabellos, adentrándose en la carne e incinerando músculos, huesos, aliento… Es una prueba, la primera, lo sé. De pronto me veo enfrentado a un dolor insoportable. Y aparece el espectro de la duda; por un momento pienso que no lograré vencer el reto. Pues, ¿cómo podría un mortal resistir los fuegos del sol? ¿Así caeré? ¡No! Me niego a mí mismo la rendición. Por mis venas corre sangre de la reina Dido. Quizás otros hombres den una aliviada bienvenida a la muerte, pero yo no tolero la derrota sin lucha.
El sufrimiento resulta inimaginable. La agonía me provoca náuseas; la quemazón culebrea y estalla en cada terminación nerviosa; el crepitar es tan lento que se deja sentir instante a instante, interminable…
Sin embargo, yo soy Aníbal.
Resisto una oleada de fuego tras otra. No cedo al desmayo, no me permito la tentación del descanso eterno. Hasta que el dios sonríe satisfecho y, de pronto, todo padecimiento se torna en gozo profundo y olvido la tortura anterior como si jamás hubiera existido. La recompensa eterna, el éxtasis sin fin, la certeza de que la gracia de las divinidades me colma el espíritu.
—Eres digno de portar mi nombre y mi don, León de Cartago, Rayo de los Hombres nacido de mi fuego. Sígueme, has de ser conducido a las lomas del éxito. ¡Pero no apartes tus ojos de mí ni vuelvas la vista, o perderás nuestro favor!
Y así lo hago, marchando tras el dios hecho materia, sobrecogido por el asombro y la maravilla.
Ahora bien, la curiosidad del mortal es poderosa. Y más en mi caso, tan acostumbrado al mando y no a obedecer. Pues no he cesado de preguntarme por qué se me prohíbe mirar atrás. Hasta que la picazón de esa ansia de saber se toma insoportable… y vuelvo la cabeza.
La imagen está por encima de las emociones, y aún con todo me estremece tanto que percibo el crujido en mi alma. Tras mis pasos no marcha un ejército, sino una terrible y gigantesca serpiente. Sus culebreos son destrucción y fatalidad; derriba árboles, arbustos, rocas y montañas; devora hombres y sorbe su sangre, siempre y eternamente hambrienta, dejando una estela de desolación bañada con una tormentosa lluvia de la que brotaban truenos y relámpagos.
—¿Qué portento es éste? —le pregunto a Ba’al.
—Es la desolación de la Loba. Muerte, el más poderoso de los dones de los dioses. Y tú has desoído mi comanda, y has mirado al poder fijamente. Se te arrebatarán, pues, nuestros dones.
Me echo al suelo, de pronto consciente de mi desobediencia. Y con gran congoja baño los pies de luz del chiquillo con mis lágrimas. Jamás me había humillado de tal modo ante nadie, pero mi cesión a la debilidad es inaceptable y deseo de corazón enmendarlo.
—¡Dime qué debo hacer para recuperar esa confianza! ¡Haré cuanto sea menester!
La frente de Ba’al estalla en miles de colores, algunos de los cuales jamás han sido vistos por mortal alguno.
—Busca la morada perdida de Tanit, mi esposa. Ofrécele tu sangre si deseas conseguir de nuevo nuestro beneplácito.
—¿Dónde podré hallarla?
—En las cúspides que vigilan a la media luna sobre el mar.
Aníbal despertó con un grito contenido que no alertó a los guardias en torno a su tienda. Mientras recuperaba el resuello, tratando de aferrar los vestigios de aquel sueño abrumador, advirtió que estaba empapado de sudor.
Lo intentó, se estrujó la mente. En vano. Había perdido la imagen del semblante del niño divino. Y con ella, la bendición de los dioses.
Debía recuperarla.
Porque él era Aníbal.