Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 25 de 79

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Leones de Aníbal

Capítulo 22

 

El olor a carne asada se mezclaba con los gritos, las risas y las chanzas. Por todo el campamento se alzaban cientos de columnas de humo, nacidas de sus correspondientes hogueras, alrededor de las cuales celebraban el acuerdo entre los pueblos íberos del norte y el León de Cartago.

Alcón observaba a los celtíberos con envidia. Los últimos sucesos hicieron posible lo que ni todas las palabras del mundo: hasta los odios más enconados se habían extinguido en favor de la camaradería. La cerveza pasaba de pelendones a arévacos sin puñetazos ni mofas de por medio. Incluso el provocador Babpo charlaba ahora, entre carcajadas, con aquel celtíbero que le había recibido con los puños el día en que el clan Okalakom se alistó.

Pero el arsetano seguía sintiéndose fuera de lugar. Un extraño entre extraños a pesar de las muchas semanas de viaje compartido. Escuchaba una y otra vez a Daleninar, que le instaba a rendirse, tomar el primer odre que encontrara y beber hasta la extenuación, para así confirmar esa naturaleza débil que lo definía. Su deseo de emborracharse, desinhibirse y unirse al jolgorio general se acrecentaba debido a la necesidad de formar parte de algo.

No lo hizo. Resistió mientras contemplaba la escena desde lejos y pensaba en lo ocurrido. Los caudillos se habían arrodillado ante Aníbal en el preciso instante en que éste venció al ausetano. Así eran, orgullosos para lo bueno, aunque no menos para lo malo. Dejaron clara su admiración ante el valor demostrado por el líder cartaginés, quien ahora contaba con la lealtad más poderosa de todas, la que surge del honor. Mientras Andobales, Atinbelaur y Amusico gobernaran los designios de sus distintas etnias, no abandonarían el compromiso de alianza con Aníbal.

Un caso distinto era el de Indíbil, más comedido en sus muestras de lealtad. Alcón estaba convencido de que tenía una voluntad mucho menos permeable, de que sólo se doblaría ante los púnicos mientras resultara provechoso para su pueblo.

Los jefes íberos ordenaron traer desde los poblados y caseríos más cercanos cabras, ovejas y otras reses para celebrar el compromiso con un formidable ágape. El gesto fue recibido con una alegría desbordante, pues desde que cruzaron el Íber las comidas habían empezado a racionarse, guardando todo alimento resistente al paso de los días y tratando de consumir el que las partidas de cazadores y saqueadores conseguían en sus jornadas de caza.

Entre los más coreados aquella noche estuvo Leukón, quien recibía las alabanzas con auténtico apuro y un cierto sonrojo. Sin embargo, merecía cada elogio por la bravura que había demostrado. Sí, Alcón lo veía, del mismo modo que contempló con admiración a los más enconados defensores de Arse, la juventud de la ciudad, tan fervorosos que aún se estremecía al recordarlo. Algunas personas eran especiales, se alzaban por encima del resto, se ganaban el afecto de la gente corriente. Y aquel muchacho celtíbero parecía tener las cualidades necesarias para convertirse en un ejemplo a seguir… o a envidiar.

«Sin duda, lo que tú jamás serás, esposo».

Se arrebujó en el manto, pues estaba demasiado lejos de la hoguera para sentir su calor. Y siguió cavilando. ¿Qué ocurriría ahora? Volverían a los caminos, por supuesto, probablemente a la mañana siguiente, aunque aún no se había transmitido la orden. Arrastraban una larga demora, el verano languidecía y debían apresurarse. Tal vez les sobraban días para salvar los Pirene con buen tiempo, pero allá, a lo lejos, esperaban unas montañas que sobrepasaban en todo a la cordillera que separaba Iberia de la Galia: Alpes, nombre que debían a los celtas, y que significaba «altura».

Alcón no sabía mucho de ese lugar, ya que sus viajes jamás le habían llevado tan lejos. Sin embargo, conoció en Arse a varios comerciantes griegos que describían cómo los picos de aquella sierra horadaban las nubes hasta tocar los cielos, del mismo modo que lo hacía el Olympos, donde aseguraban que moraban sus dioses.

Ahora un simple mortal buscaba atravesar algo creado a la altura de las divinidades.

No quería ni pensar qué ocurriría cuando el grueso de la tropa descubriera la locura que su líder se proponía. De momento estaban animados, con el orgullo enardecido después de tan épica competición. No era para menos, habían superado un gran escollo al someter sin bajas a los pueblos íberos. Con las cuatro etnias más poderosas junto a Aníbal, el resto no se opondrían al paso de sus huestes. Los andosinos, que vivían en los Pirene, eran una tribu menor de la que no valía la pena preocuparse.

—No reflexiones tanto, amigo mío —escuchó a sus espaldas. Tabnit se sentó junto a él—. Deberías estar festejando con nosotros.

—Aunque he empezado a apreciar a más de uno, no son mi gente.

—Y así continuará siendo mientras los rehúyas —le recriminó el oficial, aunque sin dureza.

«Tiene razón, padre», le susurró Isbataris.

—Lo dices como si nosotros fuéramos tu gente —comentó el arsetano—. Y no es así. En el fondo sigues siendo un cartaginés.

—Que ha vivido aquí mucho tiempo, y que aprendió el valor de las personas por encima incluso de la patria.

—Pero tú bien que luchas por la tuya. —A Alcón, de pronto, le fastidiaba que un púnico tratara de darle lecciones de moral—. Yo, en cambio, he perdido a la mía. Por vuestra culpa.

«¿Su culpa? ¡No, la tuya!», le espetó Daleninar.

—Las cosas nunca son tan sencillas, es cierto. No puedo defender todo lo que han llevado a cabo los míos. Incluso no pasa un solo día en que no dude de lo que yo mismo hice. —Se encogió de hombros—. Supongo que en eso consiste la vida, en arrepentirse de los errores y tratar de hacerlo mejor la próxima vez.

Ante palabras tan comedidas, de repente el arsetano se sintió culpable por haber sido tan duro con el consejero.

—Discúlpame —murmuró—. A veces incluso a un mediador le pierden las formas.

Tabnit ni se molestó en tomarle en cuenta, dejando claro que no se había enojado. Señaló al grupo de pelendones, concretamente a Leukón.

—Ese muchacho tiene algo especial, ¿verdad?

—Sí, así es.

—Nos harán falta corazones bravos como el suyo a partir de ahora. Las cosas pronto se complicarán, Alcón. —Lo miró con ojos preocupados—. Además de la lealtad de los hispanos, hemos ganado tiempo con respecto a los mercenarios. Pero descubrirán el secreto tarde o temprano.

—Yo estaba pensando lo mismo. ¿Temes que deserten?

El cartaginés asintió mientras volvía a contemplar a los pelendones.

—Aníbal juega con esa posibilidad y tiene un plan dispuesto, por supuesto. Tú convives con los celtíberos. ¿Qué opinas? ¿Seguirán adelante?

—No me cabe la menor duda.

Tabnit sonrió ante la seguridad del traductor.

—¿Y tú?

El silencio fue la única respuesta que Alcón pudo dar. Hubiera deseado proclamar con un gran grito que seguiría a Aníbal hasta el final, que cercaría con él la mismísima puerta de Roma.

Habrían sido palabras vacías.

«¡Juramenta, no te contengas!», siseó la fantasiosa presencia de su esposa. «Ya has roto una vez tu promesa, hecha a quienes amabas, qué importa si lo vuelves a hacer».

El oficial púnico agradeció que no escondiera sus inseguridades. Posó la mano en el hombro del íbero.

—Para llegar a la conclusión de esta odisea necesitaremos más coraje que espadas afiladas. Encuentra el tuyo ahí donde sé que lo tienes escondido.