Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 49 de 79

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Leones de Aníbal

Capítulo 46

 

Nueve jornadas. Ése fue el tiempo que tardaron en alcanzar el paso más alto de la cordillera. Extenuados, algunos incluso más muertos que vivos, los soldados se dejaron caer en aquella tierra sin árboles y congelada por los hielos. Al menos, el viento había amainado y la nieve cesado casi por completo.

Incluso Leukón, de piernas fuertes y acostumbrado a las montañas y al frío de Celtiberia, dio gracias a Lug por el descanso. En su mente permanecería grabada para siempre la angustia de la ascensión, tal vez la experiencia más dura a lo que nunca se había enfrentado. La última etapa de la subida fue un deseo constante de que la siguiente loma se convirtiera de una vez en esa maldita cumbre que jamás llegaba. Cuando quedaba confirmado que no era así, el desengaño resultaba tan intenso que ira y pena se entremezclaban dilapidando su entereza.

Tal vez fue Nunn quien le guardó de la locura sin que ella lo pretendiera. Su presencia lo animaba a dar un paso más, a soportar mientras la gala lo hiciera. ¡Y era resistente, desde luego! No se quejó ni una sola vez, aun cuando no poseía un caballo y sólo gracias a que Leukón le permitía subirse en Bronce lograba un poco de descanso.

No todos estaban en tan buen estado. Aunque llegaron antes del mediodía a aquella explanada en las alturas, se tomó la decisión de montar el campamento junto a una pared de roca, en lugar de seguir avanzando. No levantaron protección alguna, pues tenían poca madera y era más acuciante utilizarla para alimentar las hogueras que en una empalizada.

La orden de detenerse, que había partido de Aníbal, extrañó tanto a los hombres que empezó a circular un rumor: Magón, el hermano del estratega, había enfermado de gravedad. De hecho, al líder púnico no se le veía desde hacía un par de jornadas, después de pasarse toda la ascensión animando a las tropas. Poco después, cuando ya los celtas de Iliberri habían levantado las tiendas, con los que ahora viajaba para estar con Nunn, vieron llegar a Alcón, casi recuperado por completo de su dolencia. Sin embargo, el gesto del íbero parecía tan rasgado por la preocupación que al celtíbero le produjo una mala sensación.

—Debo hablar con vosotros —les dijo, y los apartó hasta un lugar solitario, tras el cercado de los caballos—. Se os necesita. Bueno, más bien a ti.

Señaló a la gala. Leukón se imaginó lo peor.

—¿Nos has descubierto? —Y siguiendo un impulso lo tomó por el manto peludo que cubría al intérprete.

—¡No, claro que no! —se defendió el otro—. Os di mi palabra. Pero he venido a proponeros que seáis vosotros quienes acabéis con este secreto por una causa mayor.

—¿A qué te refieres? —quiso saber Nunn.

—Ya lo habréis escuchado: el hermano de Aníbal se muere. Los médicos del ejército no logran aliviarle las fiebres. Es el mismo mal del que me liberaste. —Miró con fuerza a la joven—. He venido a pedirte que hagas lo mismo con Magón.

—¿Por qué habría de atender tu petición y exponerme? —preguntó ella.

—Muchacha, no importa cuánto trates de engañarte, tus manos no son las de un guerrero —le dijo el íbero—. Son las de una sanadora. Si tal don te han dado los dioses, deberías entregarte a él y no dejar que quien te necesite muera por inacción. Quién sabe las recompensas que ello podría traerte.

—¡No! —insistió Leukón—. ¡El riesgo es demasiado alto!

Pero la joven lo tomó del brazo y negó con la cabeza.

—Él tiene razón.

Entonces se quitó el yelmo heleno, y luego arrancó de un tirón la falsa barba justo antes de encaminarse hacia el centro del asentamiento. No escondió sus naturales andares de mujer, ya no más, y marchaba con el rostro bien alto. Se acabaron las mentiras, parecía clamar con su repentina actitud. Ahora bien, por donde pasaba se sucedían las expresiones de asombro y no pocas exclamaciones desconcertadas. Leukón la siguió ante el temor que aquellas miradas se tiñeran de lascivia.

Pero el mayor gesto de asombro fue, por supuesto, el de Tabnit. Lo encontraron junto al resto de oficiales, en la zona central del campamento. Todos ellos se mostraban cabizbajos a la espera de las peores noticias en relación a Magón. Nunn irrumpió entre ellos. Al consejero cartaginés se le marcó una expresión de desconcierto: abrió los ojos, arrugó la frente, la boca le quedó entreabierta, incapaz de articular palabra alguna.

—Tengo entendido que precisáis un sanador —le dijo en lengua griega.

—¿Qué significa esto? —acertó a decir al fin el oficial—. ¿Qué haces tú aquí?

Alcón intercedió por la joven.

—Amigo mío, no es momento de preguntas. Baste decir que Nunn me curó cuando lo necesité. Ahora puede hacer lo mismo por Magón.

Tabnit miró a la gala. A Leukón le pareció curioso que ella, siempre tan altiva, rehuyera el escrutinio del consejero en favor del rubor.

Fue un momento tenso, un instante en el que el celtíbero llegó a pensar que el oficial reaccionaría en contra de la presencia de la muchacha. Sin embargo, en un repentino impulso la tomó de la muñeca y se la llevó consigo con pocos miramientos. Los siguió, acompañado de un renqueante Alcón, hasta alcanzar la tienda de Aníbal, donde habían trasladado a su hermano. Tabnit, a quien se le reconocía autoridad, logró acceder al interior sin dar explicaciones. El pelendón y el intérprete se aprovecharon de la confusión y también lograron adentrarse en la carpa.

Los primeros en mostrarse airados fueron los médicos, en cuanto se dieron cuenta de lo que pretendía el consejero. Todos ellos eran griegos entregados a las ciencias aprendidas en su país, así que negaron las artes curanderas que pretendía utilizar la gala. El entremezclado vocerío resultó ininteligible para Leukón, aunque estaba claro que sólo Tabnit defendía a la muchacha.

—¡Ya basta! —exigió entonces Aníbal, harto del escándalo formado junto al lecho del enfermo. Permaneció un momento mirando a Nunn, para luego posar su mirada implacable en los sanadores—. Ningún daño puede hacer que esta joven pruebe lo que sea que tenga en mente. No ahora que vosotros lo habéis desahuciado.

Y de ese modo despejaron la tienda. Allí sólo quedaron Aníbal, Alcón, Tabnit, Leukón y, por supuesto, Nunn. Lo primero que hizo la mujer fue pedir algún tipo de recipiente que pudiera utilizar como bañera, así como agua caliente suficiente para cubrir al enfermo hasta el cuello. El León de Cartago se encargó de que las exigencias se cumplieran con rapidez.

La celta se apresuró a desvestir a Magón, que ardía entre fríos sudores. Siempre resultaba extraño ver cómo actuaba la enfermedad: dejaba a sus víctimas ateridas, pero al mismo tiempo la fiebre les consumía entre llamas interiores. Fuego y hielo que destemplaban la resistencia de la carne.

Poco después trajeron un barril que alguien había cortado transversalmente y recubierto de cuero hasta los bordes. Tras llenarlo de agua recién calentada, cuatro hombres introdujeron al enfermo en el interior. Éste se estremeció al contacto del cálido líquido, aunque después de unos primeros temblores se calmó. Cuando el agua empezaba a enfriarse, devolvieron al paciente a su catre y lo abrigaron a conciencia.

—Es fuerte —dijo la gala—. Si logramos bajarle la fiebre lo salvaremos.

Se volcó en ello, en cuerpo y alma. Extrajo de su bolsa un paquete envuelto en lino, que guardaba unos pedazos de corteza. Ella misma machacó un poco en un cuenco y luego coció los corpúsculos hasta conseguir un caldo que filtró utilizando una tela. Aquél era el saber de su familia: de una madre, de una abuela antes que ella y de unos antepasados que ni siquiera tenían rostro; la ciencia que entregaba la tierra y la simple observación.

El mismo Aníbal le dio de beber el caldo al enfermo.

—El extracto de sauce rebajará la calentura —aseguró ella.

Y así fue. Cuando cayó la noche, después de consumir el brebaje un par de veces, nadie albergaba dudas de que Magón se salvaría. La frente ya no le ardía, y dormía con la placidez de un niño.

—Que no se destape —dijo la muchacha celta, antes de hacer ademán de retirarse.

Aníbal le ordenó que se detuviera antes de dejar la tienda. Leukón se puso tenso, al igual que Alcón y Tabnit. ¿Qué haría si el estratega decidía echar del ejército a Nunn? ¿Sería capaz de enfrentarse al líder que había seguido hasta el momento, y romper con ello el pacto de devoción que tenía con Tibasté?

Casi sin darse cuenta, la mano se le fue a la daga que pendía de su cinto.

—No comprendo qué avatares te han llevado a colarte en mi campamento… —El pelendón dejó de respirar durante ese instante de pausa en la frase del cartaginés—. Y no quiero saberlo. Has salvado a mi hermano, y por esa acción tendrás de mí cuanto desees.

Tres resoplidos de alivio se escucharon al mismo tiempo, para diversión de Aníbal, que esgrimió una leve sonrisa al tiempo que miraba a Alcón, Tabnit y Leukón.

—Sólo deseo seguir con los tuyos, León de Cartago —respondió Nunn, de nuevo con gesto orgulloso—. Pues, aunque tu ejército provocó la muerte de mi hermano, no tengo otro camino que tomar en esta vida.

—Así será —aceptó Aníbal—. Sin embargo, no lo harás enarbolando una espada, pues tus manos son demasiado valiosas para dar muerte. —La gala quiso protestar, pero al escuchar el resto de la proclama toda oposición se desvaneció—. Quedarás a cargo de Tabnit, mi consejero, y te alojarás en su tienda, pues sé que no es un bruto y te respetará. Él tendrá ahora la responsabilidad de protegerte de la impetuosidad de los soldados. De todos modos, mañana haré un anuncio: nadie te pondrá una mano encima, bajo pena de ahorcamiento.

Leukón salió de la carpa con una expresión de derrota en el semblante.