Leones de Aníbal
Capítulo 6
Apenas había logrado conciliar el sueño cuando Alcón se vio despertado por una algarabía de gritos desatados en el campamento. Los pelendones, en la tienda contigua, se levantaron con sus puñales a punto y el rostro tiznado de resolución. Desde luego, eran unos compañeros bastante desagradables, dada su natural brusquedad, aunque su innegable valor le hacía sentirse más seguro. Pobre de aquel que tratara de buscar conflicto con ellos.
La calma fue volviendo poco a poco al asentamiento al advertir que no se trataba de un ataque. Por lo que pudo averiguar, el revuelo se debió a que alguien había capturado a un espía de los romanos. Mientras trataba de caer dormido de nuevo, se felicitó porque su oficio fuera el de intérprete y no el de torturador.
Ellos, desde luego, tendrían mucho trabajo esa noche.
Nada evitó que, a la mañana siguiente, con las primeras luces, reiniciaran el camino con puntualidad. Un amanecer terrible, a juicio de Alcón. Su reposo había sido entrecortado, poco reparador, debido al estado de nerviosismo provocado por la incesante llamada del vino.
—Menudo semblante llevas, arsetano —le dijo Babpo, mientras con su primer trago agotaba lo que quedaba en el pequeño odre de celia.
Alcón metió la cabeza en un barril con agua para tratar de despejarse. Al sacarla se quedó contemplando su reflejo a la luz de una antorcha cercana que todavía no había sido apagada. Tenía un aspecto lamentable: se vio a sí mismo demacrado, con las cuencas hundidas y una angustia que se entreveía en las pupilas.
«El interior da forma al exterior», le dijo Daleninar.
Al menos las tareas para levantar el campamento lo distrajeron un poco. Le había asombrado desde el principio la diligencia del ejército, capaz de desmontar las miles de tiendas antes de que el sol se alzara dos palmos sobre el horizonte. Con una celeridad digna de elogio quitaron las picas, plegaron las lonas y las sujetaron sobre las mulas; cargaron sacos, cajas y barriles en los carros tirados por bueyes; ataron a los carneros, cerdos y otras bestias que servían de alimento, y los naires prepararon a los elefantes para una nueva jornada de marcha. Al partir, dejarían tan sólo un reguero de desperdicios, pero ni siquiera eso se desaprovechaba del todo: los habitantes de las aldeas cercanas recogerían cuanto pudiera resultarles útil una vez ya no quedara nadie allí. Le pareció sorprendente que tal cantidad de individuos se movieran con semejante organización, sin estorbarse unos a otros. Incluso los mercenarios recién incorporados, como los pelendones, se mostraban ya diestros en lo que más bien parecía una danza. Cierto que no habían necesitado construir ni por tanto desmontar empalizada alguna, pues no estaban en terreno hostil, pero seguía siendo un prodigio de orden en mitad de aquel aparente caos.
Viajaban rápido, tanto como podían teniendo en cuenta el tamaño de aquel ejército, los accidentes del terreno o la lentitud de las carretas y animales de carga. Un mes antes habrían encontrado los caminos embarrados, con la consiguiente ralentización de la ancha columna. Pero la temporada de fuertes aguaceros había quedado en el pasado, los calores del verano eran ya una realidad y contaban además con la experiencia acumulada de una tropa que, bajo tres mandos diferentes, había recorrido toda la península en distintas campañas. En una buena jornada los soldados podían llegar a avanzar algo más de cien estadios, marchando alrededor de diez horas, sin contar las paradas para descansar. Tras de sí el terreno quedaba devastado, simulando un interminable rebaño de cabras que hubiera devorado cada brizna o matorral de hierba.
También le sorprendía la actitud del Bárquida. La mayoría de caudillos militares, por lo que Alcón sabía, gustaban de mantener cierta distancia con sus soldados. Cuestión de dejar clara la posición que cada uno ocupaba en el organigrama de poder. En cambio, Aníbal se mostraba cercano a sus hombres. Por supuesto, le hubiese resultado imposible congeniar con cada uno de los setenta mil integrantes del ejército, pero se paseaba habitualmente entre ellos sin hacer ostentación, dejándose ver sin reparos e intercambiando, cuando las obligaciones se lo permitían, conversaciones y chanzas. Dedicaba tiempo a la charla con los caudillos celtíberos, destilando afabilidad, poniéndose al nivel de cada uno de ellos, haciendo que todos se sintieran importantes.
Así pues, por donde pasaba recibía reconocimiento. No el que se dispensaba a un general al que se sigue por dinero u obligación impuesta. No. Lo admiraban con sincera convicción. Algunos incluso lo miraban con la devoción dedicada a los héroes. Era como Heracles caminando entre los mortales, renunciando a su eternidad —aunque sólo fuera durante unos momentos— para hacerles sentir que le importaban.
Que tendrían un lugar a su lado cuando consiguiera la gloria.
Al mediodía, tras alcanzar un denso macizo de montes que estrechaba la distancia hasta la costa, Tabnit se dejó caer desde la cabeza de la compañía montado en su caballo. Llevaba parte del tronco al descubierto, mostrando un tajo cosido en la carne que de vez en cuando le hacía dibujar alguna mueca de dolor. A aquellas alturas toda la soldadesca sabía ya que él había descubierto al espía de la noche anterior. Su nombre corría de boca en boca. Saludó con cierta solemnidad al caudillo arévaco, que viajaba más adelante, y al alcanzar a los pelendones hizo lo propio con Tibasté. Aunque si algo resultó extraño fue que brindara con la cabeza un gesto cómplice al joven celtíbero de mirada meditativa, Leukón.
—Quizá no debieras cabalgar todavía, señor —le dijo el intérprete, con el aire cortés que solían demandar los oficiales, a pesar de que Tabnit siempre se había mostrado próximo—. Tu herida podría abrirse.
—Es una menudencia. El matasanos me ha dicho que basta con que lo lleve al descubierto unas cuantas horas para ayudar a que cicatrice. —Y cambió de tema—: Aníbal ha doblado la guardia nocturna y las avanzadillas de exploradores, por previsión. Los romanos son arteros, no sabemos si han comprado la lealtad de los lugareños.
—Tenía entendido que esta fidelidad ya había sido adquirida por el estratega — comentó Alcón.
—No te equivocas. Durante el retiro invernal se enviaron emisarios desde Arse con destino a la Galia. Debían parlamentar con todos los pueblos con los que habría de contactar el ejército durante el trayecto y pedirles permiso para recorrer sus tierras. Pero nada nos asegura que los hijos de la loba no hicieran lo mismo después. Y la devoción de estos cabecillas vale tanto como el tesoro que se les ofrezca.
Alcón quiso preguntarle si el espía había soltado la lengua. Sin embargo, por mucha complicidad que existiera con el cartaginés, no le parecía muy correcto interrogar a un oficial sobre temas tan delicados. Para su sorpresa, fue el propio Tabnit quien, en voz baja, calmó su curiosidad, como si le hubiera leído el pensamiento.
—El traidor que capturamos ayer lo tenía todo planeado. Había escondido varias palomas mensajeras entre las nuestras, y con ellas pretendía informar a los romanos de la composición de nuestro ejército y de todos nuestros movimientos.
—Por tanto, ha resultado una buena jugada anularlo.
—Tal vez podamos hacer más que eso. —El consejero lo miró con expresión picara, sonriendo maliciosamente—. El espía ha identificado a sus aves, así que hemos decidido enviarlas con datos falsos. Anunciarán que cuando alcancemos el Iber tenemos pensado seguir el curso de la costa para invadir Massalia. Confirmaremos así la rumorología que corre entre nuestros hombres. Esperemos que los romanos muerdan el anzuelo.
El traductor se sintió profundamente desconcertado. Aquel hombre, al que apenas conocía, le estaba confiando secretos muy importantes.
—¿Por qué me cuentas todo esto, señor? ¿Quién te asegura que no soy uno de esos desleales?
—Un espía no espera a ser contratado, sino que busca adentrarse en las filas enemigas —respondió, dibujando una sonrisa—. Y fui yo quien te ofreció este trabajo.
—Pero bien podría ser un deslenguado que aireara los planes que me desvelas…
—No lo creo, amigo mío. De todos modos, estás describiendo a la mayoría de los oficiales de alto rango —se carcajeó—. Hanón, el hijo de Bomílcar, sólo necesita tener un vaso de vino en la mano para que la euforia le haga hablar más de la cuenta. Y qué decir de Cartalón… ¡Ese hombre no se estaría callado ni aunque lo zambulleran en el mar!
—¿No teme, pues, Aníbal que sus intenciones lleguen a oídos enemigos?
—Otras son nuestras preocupaciones. Ten en cuenta que no te he revelado ningún secreto vital, Alcón. Esta farsa durará muy poco, sólo hasta que los oteadores de Ampurias atisben que nos desviamos hacia el interior. Aunque fueras un traidor y avisaras a los romanos esta misma noche, nada cambiaría. Su capacidad de reacción es muy limitada, ya que no disponen de tropas en Hispania —dijo—. Mi intención con esta jugada es simplemente ponerlos nerviosos, intentar que se precipiten. También hemos incluido en el mensaje una información falsa acerca del número de nuestras fuerzas: que superan las cien mil. ¡Verás cómo más de uno se caga encima al leerlo!
Alcón no pudo evitar reírse al formar en su cabeza la imagen de algún cónsul republicano corriendo en busca de uno de sus urinarios públicos.
—Así que no, no albergo dudas hacia ti, estoy convencido de que deseas hacer lo correcto —continuó Tabnit—. Además, necesito un confidente que esté en contacto con los soldados, que me haga llegar cualquier comportamiento extraño. Que no nos preocupen excesivamente los espías no significa que les dejemos campar a sus anchas. ¿Cuento contigo para ello?
—Desde luego —le aseguró el arsetano, cuya admiración hacia aquel hombre se había convertido en franca lealtad; quizá fuera lo que éste perseguía, tal vez se trataba de una hábil maniobra de manipulación para conseguir un par de ojos más, pero su corazón le hablaba alto y claro de la sinceridad del oficial.
Deseaba tanto ser fiel a algo o alguien… Tal vez así compensaría sus deslealtades anteriores.