Leones de Aníbal
Capítulo 37
El día se nubló a media mañana, mientras Leukón, Tabnit, Alcón y cuatro de los pelendones. —Babpo, Orsua, Ambón y Corbis— cabalgaban de nuevo hacia el sur.
Y, con ellos, Nunn, la muchacha gala. El celtíbero no podía dejar de lanzarle miradas furtivas, una y otra vez. Ella iba sentada tras el oficial cartaginés, con las manos ya libres por orden del púnico. Hubo cierta discusión entre éste y el íbero, que aducía que no era sensato que la desataran, y mucho menos que cabalgara detrás de un jinete al que, si lo deseaba, podría robar la daga del cinto y apuñalarlo. Pero Tabnit no quiso escuchar nada al respecto.
—No va a hacerme nada, tranquilízate —le dijo al intérprete.
Y así había sido, al menos por el momento. Ahora la veía, aferrada a su cintura, y Leukón sentía que se le revolvía el estómago, que unas uñas le rasgaban el corazón mientras el sonido de su propia sangre le daba la impresión de que ésta rebullía en las venas. ¿Por qué tales emociones? ¿Por qué sus ojos no cesaban de buscarla?
Deshicieron el camino que durante casi dos jornadas les había llevado río arriba. A Aníbal no le gustó mucho que Tabnit le pidiera permiso para acompañar a Nunn al lugar donde había tenido lugar la batalla con los arecómicos. Temía que todo fuera una trampa para capturar a un oficial cartaginés que pudiera entregarles información, o por el que pedir rescate como prisionero. El consejero adujo que los galos no eran de naturaleza tan enrevesada, y para calmar la preocupación del estratega aceptó llevar consigo una guardia personal.
—Tú, mejor que nadie, sabes lo importante que es seguir los impulsos del corazón, Aníbal —le dijo, delante de Leukón, quien entendió lo bastante debido a que Alcón le había enseñado un poco del idioma púnico—. Le hice una promesa a esa muchacha.
—Sea pues —consintió al final el León de Cartago—. Pero procura regresar entero, amigo. Tu visión equilibrada me es muy necesaria.
A caballo como marchaban, no tardaron en alcanzar la zona del río donde había tenido lugar la cruel batalla con los galos. Aún quedaban restos del campamento galo, ocupado luego por los cartagineses, pero todo lo que pudiera resultar de algún valor había desaparecido.
—Los arecómicos ya han estado aquí —dijo Orsua, haciéndose eco de lo evidente.
Nunn dijo algo con aquella voz cristalina que poseía. Alcón se encargó de traducir.
—Las viudas han regresado a por sus esposos muertos. Las madres, a por sus hijos.
Dejaron los caballos atados a los árboles antes de adentrarse en el claro junto a la orilla. En efecto, apenas quedaban cadáveres. Tres, contó Leukón, hombres sin familia a los que nadie echaría en falta. Y entre ellos, paseándose por el lugar como una vieja descarada, moraba la muerte.
No fue difícil encontrar al hermano de Nunn. La joven salió corriendo entre lágrimas hacia un cuerpo tendido muy cerca del agua, desnudo debido a la costumbre gala de luchar sin ropa. Y aunque el cuerpo ya había empezado a ser devorado por las alimañas, no tuvo reparo alguno en tomarlo en su regazo y llorarle. Le aferró la mano, con la otra le acariciaba la cara sin prestar atención a las deformaciones propias de la descomposición.
—¡Sedulo! —gemía, una y otra vez—. ¡Sedulo!
Tabnit se situó junto a la joven, de pie, cabizbajo. Se diría que estaba tan abrumado por el dolor como la muchacha. Alargó la mano y le acarició la cabeza por encima del cabello. Aquella visión provocó en Leukón una punzada de ira, pues acaso él había deseado también acercarse a la gala y consolarla, quizá con un abrazo. Sin embargo, el cartaginés esgrimía una expresión mortificada, apenada. Le hizo una seña a Alcón para que le tradujera.
—Nunn, escúchame —empezó a decir el íbero, poniendo en su boca las palabras del oficial; ella lo sabía, porque observaba con ojos empañados al púnico—. Ahora al fin recuerdo dónde había visto antes tus hermosos ojos azules. Los vi en este muchacho. Yo lo maté.
A la mujer se le quebró el gesto. Dolor y rabia pasaron por su faz en un instante hasta llegar a un gesto serio, pero controlado.
—¿Luchó con valor? —preguntó. La sorpresa vino porque lo había hecho en lengua griega.
Tras recuperarse del asombro, Tabnit asintió y respondió en el mismo idioma.
—Con la más alta bravura. Murió como un guerrero.
Si aquello era verdad o una mentira para aliviar el sufrimiento, Leukón no lo sabía. De todos modos, le gustó cómo reaccionó Nunn.
Sonrió. Con pena, pero sonrió.
—Gracias, cartaginés. Le diste una muerte digna. Se fue como un hombre.
Tabnit ordenó a los pelendones que reunieran leña para hacer una pira funeraria. Obedecieron, pero no sin mostrar un profundo desagrado.
—Resulta antinatural, un sacrilegio —dijo Corbis, rascándose la verruga como hacía siempre que no estaba de acuerdo con algo—. ¿Qué muerte es ésta para un guerrero? Ser pasto de las llamas está reservado a los viejos y los enfermos. No hay honor en algo así. Si le arrebatas la carne al luchador fallecido, los buitres, sagrados mensajeros de Cosus, jamás podrán llevar su alma al otro mundo.
—Cada pueblo tiene sus costumbres —le replicó Alcón—. Y los dioses celtas demandan este ritual.
—Al menos no le ha dado por embalsamar el cadáver, ni yacer tal cual en una fría tumba para que sea consumido por los gusanos —comentó Tibasté.
Juntaron leña suficiente para formar una pequeña cumbre de troncos y ramas, sobre la que situaron el cadáver de Sedulo.
Debido a la rigidez de los músculos, no les resultó fácil cruzarle los brazos sobre el pecho y obligar a los huesos agarrotados de sus manos a que tomara su espada. Nunn le pidió la daga a Tabnit, quien no dudó en prestársela. Ella misma se cortó el cabello, a la altura del cuello, y depositó las hebras acarameladas sobre el pecho del difunto.
—Llévate contigo una parte de mí hacia tu próxima vida —dijo, según tradujo Alcón—. Y que allí Beleños te reciba como mereces…, hermano mío.
Prendieron fuego a la pira. Los semblantes de los asistentes a tan extraño funeral se volvieron graves, como si aquel que se iba les fuera conocido. El respeto al bravo guerrero. El reconocimiento al honor.
La sinuosidad de las llamas capturó la atención de Leukón. El fuego, que con tanta avidez engullía el cadáver ya medio descarnado, avivó su imaginación. De pronto le pareció que aquellas siluetas danzantes tomaban cuerpo. Las lenguas se convirtieron en belleza, formando una figura al principio borrosa: una muchacha, hermosa. Stena. O el recuerdo ya difuminado de ella, más bien el esfuerzo del muchacho por conservar los últimos vestigios de su amada. Se desvaneció conforme se retorcían las flamas, y fue sustituida por otra imagen mucho más nítida.
La de Nunn.