Leones de Aníbal
Capítulo 26
La región de los volcas estaba salpicada de infinidad de pequeñas aldeas. Y aunque, por lo que sabía Alcón, los celtas del sur de la Galla tenían costumbres muy similares a los habitantes del norte del Iber —incluso utilizaban las mismas grafías y entendían el idioma—, su apariencia era bastante singular. Aquéllos con los que se toparon a partir de entonces eran hombres altos, de robusta complexión y piel muy pálida. Muchos de ellos portaban largas cabelleras, bigotes, en ocasiones trenzas, normalmente de colores claros. Los pelendones se maravillaron ante el dorado de las hebras, que parecían arder de intensidad. Ahora bien, si algo les fascinó fueron ésas extrañas prendas que vestían ajustadas a sus piernas, a la altura de los tobillos y por debajo de las túnicas de mangas largas.
—Llaman a esa pieza «braca», según tengo entendido —le comentó el arsetano.
—¡Qué incomodidad llevar ropa tan ajustada! —opinó Leukón.
—Nunca la he vestido —dijo Alcón, ladeando la cabeza—. Sin embargo, los pocos galos que he conocido aseguran que es muy práctica y resguarda del frío.
Los celtas también gustaban de adornarse sin mesura. Incluso los que parecían más humildes lucían, como poco, un brazalete. Por lo que descubrieron durante el tiempo que anduvieron en aquellas tierras, los aristócratas se ataviaban con collares de oro, pulseras, brazales y, por encima de todo, torques, similares a los que se veían en algunas zonas de Celtiberia. Y qué decir de los chillones colores de sus ropajes, que chocaban con la austeridad propia en Iberia.
Tres jornadas después de partir de Kerre, al poco de encontrarse con el río que los galos llamaban Ruscino, se incorporaron a una senda ancha, trillada por el uso. El hilo de agua clara, guarecido por legiones de apretujados juncos, los llevó a alcanzar el asentamiento del mismo nombre. Se trataba de una urbe fortificada, dentro de la cual asomaban las techumbres humildes de las moradas. Apreciaron que estaba situada sobre un promontorio alargado de escasa altura, demostrando así que los celtas compartían el aprecio por edificar en lo alto de los cerros. No resultaba nada extraño, pues no se conocía mejor método para aumentar la protección de los asentamientos que servirse de las ventajas de un terreno escarpado. Sin embargo, las murallas tenían características particulares en comparación con las fortificaciones íberas al sur de los Pirene.
—Los muros están levantados en dos paredes de piedras talladas, unidas una a otra mediante traviesas de madera entrelazadas —explicó Tabnit, que por lo visto estaba bien informado—. El hueco interior se rellena con tierra y cantos.
—No resulta ninguna tontería. Esa técnica proporciona una resistencia magnífica a cualquier proyectil de asedio —argumentó Alcón, recordando las enseñanzas de un abuelo y un padre que habían sido señores de una de las canteras más prósperas de Arse—. La arena amortigua los impactos.
Encima de los murallones, como complemento, los celtas erigían una empalizada de troncos no más alta que el pecho de un hombre, desde donde se defendían de sus enemigos. El asentamiento estaba rodeado por frondosas franjas de árboles excepto en su entrada principal, que miraba al sur. Por su cercanía con el mar, al que se veía conectado gracias al río, la subsistencia quedaba asegurada gracias al comercio.
No les pasó desapercibida la gran hueste acampada junto al cerro, más allá de los campos recién arados. Alcón, hábil para los cálculos, creyó que habría más de quince mil hombres, tal era la fuerza que pretendía cerrarle el paso al ejército púnico. Infantería en su mayoría, aunque también apreció una buena cantidad de caballos. Al igual que íberos y celtíberos, los galos despreciaban el combate a distancia, signo de cobardía según las costumbres de tantos pueblos.
Cuando se aproximaron, advirtieron que los guardias iban ataviados con grandes escudos ovalados y cascos de hierro de forma alargada, carrilleras, y la cimera coronada por un remate.
—Los celtas son guerreros de fama reconocida —aseguró Tabnit.
—¡Bah! —rezongó Tibasté—. ¡Seguro que no tanto como los celtíberos!
—¡Y no digamos los pelendones! —añadió Orsua. El comentario le valió un gesto de aprobación de su padre, lo que satisfizo claramente al muchacho.
—Por supuesto, no quería menospreciaros —asintió el cartaginés, con un tono que pretendía contentar a los mercenarios; si se dieron cuenta, no se lo reprocharon, pues ya había demostrado cuánto valoraba a los celtíberos—. De todos modos, tenemos que ser prudentes. Estos individuos se han ataviado para la guerra, así que no les demos motivos para la ira, al menos mientras seamos un grupo tan reducido. Ahorraos cualquier altanería, y que ni por asomo vuestras manos busquen las armas.
Alcón pensó que aquellas alabanzas hacia los galos, así como las advertencias, debían tenerse en cuenta.
—Yo he escuchado que… que luchan desnudos, apenas ataviados con sus armas y esos… adornos, que les son más preciados que la vida —dijo el íbero, sin poder esconder su temor.
—¡Pues que nos enfrenten con sus mujeres! ¡Igual podríamos clavarles otra cosa, en lugar de la espada! —La carcajada de Corbis contagió al resto de sus compatriotas, salvo a Leukón.
Siguieron el camino que los llevaba a las puertas de Ruscino. Tal y como había imaginado Alcón, el sendero les hizo pasar muy cerca del campamento de aquella soldadesca tan ávida de muerte ajena, por lo que los nervios y el miedo empezaron a roerle las entrañas. Los batientes estaban abiertos, pero varios hombres con camisolas de mallas, señal de que pertenecían a la élite guerrera de la ciudad, vigilaban con la atención de quienes esperan un ataque en cualquier instante. Los cuatro guardianes afianzaron sus lanzas y los escudos, y regalaron miradas desconfiadas a los forasteros.
—¡Deteneos, extranjeros! —gritaron, en un dialecto que mezclaba palabras íberas y celtas junto a otras que parecían variaciones de estos idiomas—. ¡No son tiempos de bienvenida para los desconocidos! ¿Cuáles son vuestros nombres? ¿Cuál el propósito de que acudáis a nuestra ciudad en tiempos tan intempestuosos?
Alcón tragó saliva, tratando de contener el temblor en sus manos. Le correspondía tomar la palabra, así lo había acordado con Tabnit.
—Venimos precisamente por cuenta de lo que se avecina. Somos emisarios de… —dudó un momento. Si lo decía, ¿no despreciarían su condición de legados, se les echarían encima y los apresarían, o tal vez algo peor? «¡Antepasados, dadme fortuna!», pensó antes de continuar—. Nos envía Aníbal Barca, al que muchos llaman León de Cartago. Y deseamos hablar de paz con vuestro señor.
Una sombra de acritud cruzó los semblantes de los centinelas, y el arsetano notó que se le revolvía el estómago. Semejante hostilidad en las expresiones de los galos aumentó su pánico.
—Me debo a la voluntad de Anaios, caudillo de Ruscino, y a la gracia del pueblo que lo ampara —respondió el que parecía al mando, de bigotes rubios y gran nariz—. Y fue claro en sus órdenes: nadie franqueará estas puertas, a no ser que sea de sangre sordona o nuestro invitado. No sois ni una cosa ni la otra. Estamos en días de guerra, no sois bienvenidos si pertenecéis a la tropa del enemigo.
Un gesto con la cabeza y sus compañeros bajaron las lanzas en dirección al grupo, apuntando por encima de los caballos. Acudieron más celtas y los rodearon, mientras desde el campamento los guerreros coreaban a los guardias. Alcón sintió que se quedaba sin respiración, sobre todo cuando los pelendones, impetuosos, respondieron desenvainando sus espadas y lanzando un gruñido desafiante.
«¡Ponte a llorar! ¡Gime de nuevo, marido mío!».
—¡Basta! —exigió Tabnit, primero a sus hombres, luego a los celtas. Traspasó al oficial con una mirada profunda—. Mejor sería que, antes de proceder a capturarnos, informaras a tu jefe de quiénes somos y a qué hemos venido. Te conviene, no sea caso que luego pagues las consecuencias de nuestro arresto.
Tan férreo se mostró el cartaginés, tal la autoridad había en su habla, que superó las deficiencias a la hora de pronunciar la proclama en aquel idioma mezclado. Las lecciones que Alcón le impartiera durante el viaje del grupo, aunque someras, bastaron para que el centinela lo entendiera, y dudara. Ordenó al resto que cesaran la amenaza de sus picas.
—Está bien, forastero, haremos como dices —asintió al fin—. Dime al menos a quién debo anunciar.
—Mi nombre es Tabnit —dijo con gravedad—. Y soy la voz de Aníbal el Bárquida. Deseo parlamentar con tu señor y todos los reyes celtas a los que hospeda.
—Así serás presentado —aceptó el guardia—. Esperad y traeré la respuesta del gran Anaios, sea cual sea ésta, buena o mala para ti.
Se alejó a la carrera, no sin antes dejar claro a sus compañeros que debían vigilar, pero en ningún caso agredir. Cuando regresó, un largo y angustioso rato después, informó de que el caudillo les permitía el paso, siempre y cuando admitieran continuar escoltados. Aceptaron, desde luego, y avanzaron en fila, parapetados por los mismos celtas que los habían apuntado con sus armas.
Una calle ancha partía el poblado en dos, entre casas redondas, de mampostería, con los techos de ramas y forma cónica. El resto de vías eran más bien el hueco que quedaba entre los edificios, por donde deambulaban con toda calma cerdos, varias ovejas y hasta gallinas.
Llegaron a una choza más grande que el resto. Otro celta los esperaba allí, y fue él quien se hizo cargo de las monturas ayudado por un chiquillo.
—Estos caballos son nuestros hermanos. Cuida bien de ellos o sufrirás la ira de Tibasté, señor del clan de Okalakom —le dijo el jefe pelendón—. Así tenga que batirme con todos los habitantes de estas tierras para cumplir mi promesa.
Si el otro le entendió o simplemente adivinó a qué se refería por la expresión de su cara, no lo supo Alcón. El caso es que asintió con la cabeza, en actitud reverencial y mirada temerosa.
El oficial que los había acompañado abrió el portón del edificio. Después de caminar a la luz del día, el arsetano se vio rodeado de lo que se le antojó oscuridad. Sin embargo, en las paredes de la vivienda, que sólo tenía una sala, había hachones ardiendo en dorado. Cuando logró acostumbrarse al juego de sombras y medias luces, reparó en varios detalles. En el otro extremo de la sala advirtió un par de escudos colgados en el muro, junto a otros pertrechos: lanzas, escudos, cuernos, la enorme cabeza disecada de un jabalí… Los trofeos ganados por el caudillo en sus combates y cacerías, imaginó.
Los individuos que poblaban la estancia lucían rostros tan graves como los que habían visto hasta el momento en el poblado. Tres hombres reposaban en otros tantos asientos, sobre un estrado escalonado. Todos ellos tenían cierta edad, excepto uno al que los cabellos todavía no se le habían cubierto de canas.
En lo más alto, en un viejo sitial de madera, estaba Anaios, señor de los sordones. Era un anciano de piel amojamada, aunque lucía un porte todavía erguido y una arrogante mirada, que relampagueó al posarse sobre el grupo de Alcón. Aquellos ojos tenían el brillo típico de quien se sabe poderoso porque está en su hogar, rodeado de leales que al menor gesto se lanzarían a la lucha para protegerle.
Se situaron frente a la tarima. Se había formado un silencio pesado, durante el cual los forasteros fueron examinados a conciencia. El arsetano se sintió intimidado ante la animosidad que aleteaba en el ambiente. No acertó a reaccionar hasta que Tabnit, a su lado, le propinó un disimulado codazo.
—¡Te saludamos, Anaios, señor de Ruscino, caudillo de los sordones! —exclamó en lengua celta, del modo más solemne que pudo—. Venimos a ti por cuenta de Aníbal Barca, para tratar de que las palabras se impongan a las armas en estas horas convulsas.
Contestó el cabecilla galo, con una voz ronca.
—Sed bienvenidos, aunque acudáis en nombre de mi enemigo —tradujo Alcón —. Me acompañan los jefes de nuestras etnias hermanas, en representación de todos los pueblos amparados en sus regiones: Sedulo, señor de los tectósagos; Valeciaco, que gobierna a los arecómicos, y Butuito, a quien siguen los helvios. Todos ellos me han cedido la palabra para discutir, como anfitrión que tengo el honor de ser.
No hubo presentaciones por parte de los tres caudillos, sólo gestos desabridos. Quien más hosco se mostraba era el más joven, Valeciaco. De ojos separados y muy azules, una rareza en Iberia, algo normal en la Galia, daba la impresión de cerrazón, de odiar las deliberaciones y preferir la acción inmediata y radical. «Un extremista», se dijo Alcón, pensando que les traería problemas.
—Nunca mi general ha deseado agriarse contigo —volvió a decir el íbero en el idioma céltico, transformando lo dictado por el oficial púnico—. ¿Acaso no mandó mensajeros con ofrendas de alianza, hace no mucho? Y bien que las aceptasteis.
—Cambia el tiempo a capricho de las estaciones, y también lo hacen los pensamientos de la gente —respondió Anaios—. Debéis saber, si no estáis enterados todavía, que en nuestras tierras quienes ostentamos el mando no toleramos que los nuestros sean oprimidos. Y tal es lo que esperamos ahora de aquellos que conquistaron Iberia sin mostrar piedad.
Mientras Alcón traducía, reflexionó en lo que sabía sobre la sociedad gala. Cuatro tipos de hombres formaban su pueblo. En primer lugar, los esclavos obtenidos en sus contiendas tribales, cuyo honor era inexistente. Poca importancia más tenían los servidores de los aristócratas, cuya relación era similar a los pactos de clientela entre los íberos, aunque sin el mismo grado de lealtad: se consagraban a un señor cuando la necesidad, por deudas o salvaguarda de un peligro, les obligaba, no por auténtica admiración. Luego estaban los nobles guerreros, aquellos que podían permitirse un caballo, hombres de armas. Los más relevantes formaban un consejo aristocrático, y Alcón supuso que eran los individuos que ocupaban la sala por delante del caudillo. Por último, aquéllos cuya opinión debía ser siempre escuchada, poseedores de una influencia que superaba incluso la de los grandes jefes, pues hablaban representando a los dioses: los sacerdotes, conocidos entre los celtas con el nombre de druidas. Los muy valientes. Los muy sabios.
—Vuestra preocupación no se corresponde con la realidad —dijo de nuevo el intérprete, haciendo suya la proclama de Tabnit—. Aníbal no desea hacerse con vuestra región. Os lo prometió una vez, y ahora vuelve a hacerlo a través de mí. — Señaló al consejero cartaginés, para dejar claro a quién se refería—. No obstante, no diré más, pues es el León de Cartago quien desea confirmaros su juramento en persona. Por eso estoy aquí. El estratega os ruega a los jefes celtas al este del Ródano un concilio, allí donde deseéis.
Los caudillos se miraron entre sí. Nadie dijo nada. Anaios hizo un gesto con la mano, y de pronto apareció de entre las sombras una figura en la que el arsetano no había reparado. Otro anciano, aunque mayor que el resto. Los ojos, debajo de aquellas espesas cejas, parecían pozos insondables enmarcados por los surcos de un campo arado. Tenía una generosa barba, tan larga y fina que iluminada por las teas parecía paja dorada, aunque en realidad era cenicienta al igual que la piedra fría. Su vestimenta tenía una apariencia similar a la de las togas de los senadores griegos, aunque se cubría la cabeza con una tela que le caía por la espalda al igual que una capa. El rostro era una composición de arrugas y manchas, alrededor de cuyo mirar Alcón percibió una especie de aura, algo difuso, extraño y al tiempo inescrutable. Una mezcla entre autoridad y sabiduría, veladas ambas por el misterio.
¿Qué sabía el íbero sobre los druidas? Muy poco, pues se imbuían en un halo de ocultismo tan intenso que incluso para los suyos eran una intriga. Los secretos que guardaban estaban defendidos por una fidelidad absoluta. Se decía que aquel tipo de sacerdocio era tan exigente que los aprendices iniciaban sus estudios de niños, prolongando la preparación durante décadas. Cuando los muchachos eran elegidos para ser tutelados por un maestro, dejaban de ser quienes habían sido hasta ese instante, convirtiéndose en algo superior. Les transmitían las lecciones mediante versos hablados que debían memorizar, pues tenían a la lengua escrita por enemiga de la sapiencia que deseaban resguardar. De labios de druida a oído de druida, así perpetuaban las enseñanzas, que abarcaban cada aspecto conocido del mundo: seres vivos, espíritus, tierra, voluntad humana… y fuerzas lejanas a la comprensión del hombre. Tan celosos eran que formaban a los discípulos en cuevas, en bosques cerrados por peligrosos sortilegios. O eso al menos aseguraban algunos comerciantes que el arsetano había conocido en el pasado.
—Dame tu consejo, Lucterio, a quien siempre respeto —le pidió Anaios.
—Estos hombres hablan con justicia, y en verdad no albergan malas intenciones —respondió el viejo, que se sostenía en una vara—. Sin embargo, no puedo saber qué contiene el corazón de su señor. Sería bueno, pues, que aceptarais ese encuentro. Los dioses hablarán entonces.
Nadie se atrevió a contradecir al druida. Nadie, salvo Valeciaco, que lanzó un gruñido. Pero no expresó más enfado salvo en los rasgos, pues las decisiones de los sacerdotes celtas son ley y su desprecio comporta impiedad.
—Se os tiene por sabios, druida —se esforzó por decir el propio Tabnit, tan hábil con los idiomas que ya había logrado aprender lo suficiente para formar unas dignas frases en céltico—. Veo que no son falacias.
Se tomaron de este modo varias decisiones. Los jefes celtas, bajo consejo de Lucterio, ofrecieron un encuentro cerca de la ciudad de Iliberri, al sur de Ruscino. Allí, así lo aseguraban, existía un santuario natural donde las divinidades galas se manifestarían acerca de Aníbal. El druida interpretaría las señales y proclamaría la voluntad inmortal. Acudirían a las inmediaciones ambos ejércitos, pues si así lo disponían los poderes sagrados habría lucha, a muerte. Tabnit aceptó.
Se les ofreció cobijo para descansar aquella noche, aunque los pelendones se turnaron en la vigilancia, desconfiados por naturaleza. Por la mañana, apenas despuntó el sol, Alcón y sus compañeros dejaron atrás el poblado celta, sumidos en el claro velo del amanecer.