Leones de Aníbal

Javier Pellicer · Capítulo 53 de 79

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Leones de Aníbal

Capítulo 50

 

Taurinum había caído en apenas tres días. Sus varones yacían en piras carbonizadas, las mujeres y los niños camino de varias ciudades de los boyos, que los habían reclamado como esclavos. Un primer gesto hacia el reyezuelo Magalo, como recompensa por la ayuda que Gobanitio les dispensó.

Desde el campamento púnico Tabnit contemplaba una de esas montañas de restos humanos ennegrecidos. Le hubiese bastado con acercarse para sentir el calor, a pesar de que las llamas ya se habían extinguido. Contra el ocre del atardecer todavía se advertía el blanquecino humo que despedía cada uno de los cadáveres. Un poco más allá, un grupo de soldados libios ordenaban los trofeos rescatados: armas, yelmos, escudos, lanzas que permanecían enteras… Sería la recompensa de aquéllos que conquistaron los mayores méritos durante la batalla, tal y como solía hacerse cuando el botín era escaso. El verdadero premio estaba en los graneros y corrales dentro de la ciudad: alimento para saciar el hambre acumulada durante la travesía por los Alpes.

El consejero dirigió sus reflexiones hacia lo acontecido desde su llegada al territorio itálico: Aníbal les había dado dos días de descanso al llegar a la llanura. A pesar de que la fatiga reinante demandaba un reposo mayor, la necesidad obligaba: el invierno estaba al caer, y en las despensas del ejército sólo quedaban telarañas. Precisaban reabastecerse, y aunque sus tropas apenas eran la tercera parte de las que salieron de Arse, la cantidad de alimentos a consumir no podía conseguirse mediante simples saqueos.

Eso fue lo que provocó que el estratega señalara a Taurinum como objetivo. Resultó ser una conquista sencilla: los taurinos, que estaban enfrentados con los ínsubros, tenían puesta su atención en aquellos enemigos tradicionales. No sabían todavía nada acerca de la bestia púnica que les respiraba en la nuca. Por tanto, no la vieron venir hasta que llovieron las balas de los honderos baliárides y embistieron los elefantes, quienes se habían recuperado gracias a los nuevos pastos.

Una mano de dedos finos le apretó el brazo. Tabnit se volvió para encontrarse con la mirada siempre clara de Nunn, que le robó un beso fugaz. Resultaba difícil para ambos contener la pasión cuando estaban juntos, algo que por desgracia no sucedía tan a menudo como deseaban. Desde que pisaran el valle, la celta se había pasado todo el tiempo atendiendo a los heridos y enfermos. Congelamientos, pies destrozados por la bajada, huesos rotos debido a las caídas… A los sanadores se les acumulaba el trabajo, en especial en el caso de la muchacha, cuya habilidad la había convertido en la preferida de los pacientes. Ni siquiera sus desmayos ocasionales empañaron un ápice el aprecio y respeto que los soldados le profesaban. Tanto era así que Tabnit dejó de temer por la integridad de la gala, aunque todavía le encargaba su vigilancia a Leukón cuando sus obligaciones como consejero le impedían atenderla.

—Estoy deseando que llegue la noche —le susurró Nunn.

—No eres la única —respondió él, con una sonrisa—. Pero ahora tengo que irme. Aníbal ha convocado una reunión de oficiales para cuando esconda el sol.

—Te esperaré despierta.

Se llevó el sabor de sus labios de camino a la tienda de mando, donde se encontró rostros satisfechos y una alegría apenas contenida. Los más allegados a Aníbal, sentados en los taburetes, bebían vino y picoteaban de las tiras de cecina que los asistentes habían dispuesto. ¡Qué imagen tan diferente a la de hacía unos pocos días! Aún podía recordar el gesto apagado de Asdrúbal, los ojos hundidos de Hanón y la palidez en la tez de Cartalón. Que hasta los oficiales de más alto rango padecieran privaciones daba buena cuenta de lo cerca que habían estado del desastre.

Ahora tenían comida en abundancia de nuevo, al menos la suficiente para pasar un tercio del invierno. Resultó que la pérdida de tantos hombres tenía la ventaja de menguar las necesidades de manutención, así como otros aspectos positivos, entre ellos, la experiencia acumulada por los soldados supervivientes. Éstos se habían curtido —aquellos que aún no lo estaban—, y adquirido una lealtad hacia Aníbal que ni la amenaza de todas las legiones de Roma lograría romper. ¿Cómo iban a fallar a quien les había hecho partícipes de la mayor hazaña jamás realizada? El orgullo era ahora la argamasa que unía al ejército del León de Cartago.

Encima de la mesa central destacaba un pellejo de cuero donde se había dibujado, con cierta tosquedad, un mapa de la región. La información corría a cargo de los boyos de Gobanitio, cedida antes de regresar a sus aldeas para hablar de las bravuras realizadas por el ejército cartaginés y demandar apoyo.

Aníbal dio un par de palmadas para solicitar silencio a los oficiales, que charlaban despreocupados de asuntos sin importancia.

—El resto de poblados de los taurinos ya se ha rendido, como sabéis.

—Deberíamos avanzar sobre esas aldeas —apuntó Maharbal, de nuevo defensor de las acciones agresivas—. Con el invierno a punto de caer sobre nosotros, nunca está de más tener las despensas bien repletas.

—No —dijo el estratega—. Ya les hemos demostrado de qué somos capaces. Ninguna tribu celta nos molestará a partir de ahora. A no ser que amenacemos de tal modo su mundo que se vean obligados a aliarse contra nosotros.

El veterano soldado de origen númida frunció el ceño y resopló. Cualquiera que no lo conociera creería que su lealtad pendía de un hilo, pero la realidad era que aquel hombre siempre arisco había servido a los Bárquidas desde los días de Amílcar. Y lo admiró tanto que se comprometió a seguir junto a su hijo pasara lo que pasara. Por ello se mostraba siempre tan crítico con el estratega, y bien que lo agradecía el líder. Le gustaban las personas que tenían puntos de vista distintos a los suyos. «Sólo se aprende abriéndose a la visión de los otros», solía decir Aníbal.

—Entonces, ¿cuál será nuestro próximo paso? —preguntó Magón, al que se veía ya totalmente recuperado de su enfermedad.

—Los batidores informan de que Escipión ha llegado a Plasencia, y de que está construyendo un puente sobre ese río al que llaman Ticino, el afluente del Erídano. — El estratega señaló el trazo que daba forma al accidente natural en el mapa, aquel que daba paso a las tierras de los ínsubros—. Dicen que, gracias a una serie de barcazas, unidas entre sí por troncos, quiere dar forma a una pasarela flotante. Es de esperar que erigirá un fortín para defenderlo, llegado el caso. Vamos a tener que empezar a preocuparnos de él.

Los gestos de los oficiales se transmutaron: del fastidio de pensar en maniobras menores, a la emoción de, por fin, enfrentarse al verdadero enemigo, aquél por el que habían recorrido tantos estadios.

—Es un hombre ingenioso y, por tanto, peligroso —apuntó Tabnit—. No creo que haga lo que los galos en el Ródano. Tiene tropas para atacar de frente.

—Y si las cosas le van mal y necesita retroceder, podrá hacerlo con la seguridad de una fortificación desde la que mantener el dominio del río —comentó Cartalón—. En cualquier caso, convertirá el Ticino en una frontera infranqueable.

—Pienso como vosotros —asintió el gran general—. Estoy convencido de que buscará el enfrentamiento directo. Escipión quiere, necesita, una victoria que anime a sus hombres y a toda Roma.

—Sí, uno de nuestros espías en la capital de la república nos informa de que muchos entre sus senadores se muestran contrarios a que el cónsul haya decidido por su cuenta dejar en manos de su hermano la mayoría de las tropas que le encomendaron en un principio —dijo Asdrúbal—. Su orden era alcanzar Hispania, y en cambio ha vuelto para contenernos. Senados… Son todos iguales, no importa si púnicos o romanos.

—Bien, pues, al fin hemos alcanzado lo que deseábamos: la guerra. Y esta vez no enviaré a unos cuantos jinetes númidas. No volverá a pasar lo de la Galia. También nosotros precisamos una demostración de fuerza para que todos los celtas se nos unan. —Aníbal sonrió del modo que lo hacía cuando tenía en mente una de sus sagaces estrategias—. Sé exactamente cómo lograrlo. Vamos a explotar la mayor debilidad de estos romanos, algo que nosotros tenemos en abundancia y de calidad.

«Ha llegado el momento», pensó Tabnit.

—Os lo aseguro: cuando volvamos a encontrarnos con ellos, otro será el resultado.