Leones de Aníbal
Capítulo 24
Al final los peores temores se hicieron realidad. Cauecas, líder de los carpetanos, perteneciente a la tribu Ikesankom, proclamó a Aníbal que los suyos no darían un paso más. Alegaron que se habían alistado creyendo que el objetivo era conquistar las plazas aliadas de los romanos en Hispania. Pero Roma era un destino demasiado alejado para sus voluntades simples.
—Los carpetanos no tememos a ningún ejército. ¡Y que nadie se atreva a decir lo contrario! —bramó el caudillo, en un feroz intento de salvar el orgullo de los suyos —. Sin embargo, tu empresa va contra la propia naturaleza si pretendes cruzar las barreras que el mundo ha levantado para los hombres. ¡Y no una, sino dos veces! No participaremos en semejante sacrilegio.
Entre los oficiales púnicos hubo reacciones muy dispares ante aquel anuncio. Maharbal tuvo que ser contenido, pues las palabras que pugnaban por salir de su boca sólo habrían provocado la ira de la etnia carpetana. A Magón también le costó mantenerse callado, mientras que algunos como Cartalón, Asdrúbal el Fiero o el otro Hanón simplemente suspiraron.
Aníbal, por su parte, no los miró con la cólera encendida que quizá merecían, sino haciendo gala de una comprensión nacida, según entrevió Tabnit, de quien entiende los temores ancestrales. ¿Habría seguido él adelante sin el apoyo divino obtenido en los santuarios de Gádir e íbera? Conociendo la fidelidad que profesaba a los grandes poderes, el consejero pensaba que no. O tal vez habría ido contra esos estamentos. Con Aníbal, todo era posible.
—Regresad, pues, si así os lo demanda el corazón —le dijo a Cauecas—. Ahora bien, os encomiendo, en virtud de los votos que realizasteis, la tarea de reforzar a Hanón el Viejo. Le vendrán bien vuestros recios brazos.
Complacido por el talante de Aníbal, que no los había despreciado, el caudillo asintió y se retiró con la promesa de que harían tal y como les pedía.
Cuando los oficiales se quedaron solos, Maharbal dejó volar todos los insultos almacenados en su lengua.
—¡Cobardes y traidores que se cagan al ver una estúpida montaña! ¿Y se llaman a sí mismos guerreros?
—Ya basta —atajó el estratega—. Éste es el menor de los males, y además ya estaba previsto. Imagínate si hubiesen continuado con nosotros a desgana. Quizá más adelante habrían desertado para unirse a los romanos después de extender su malestar a las otras etnias. No, lo prefiero así. Al menos Hanón les sacará provecho.
—La parte buena es que tendremos muchas menos bocas que alimentar —adujo Tabnit, siempre práctico en sus planteamientos—. Tres mil hombres no es un ahorro menor. Los depósitos de trigo lo agradecerán.
—De hecho, podemos hacer más —continuó Aníbal—. Hay otros pueblos cuyo descontento es patente. Cuando se enteren de la marcha de los carpetanos querrán hacer lo mismo. Así que también los dejaremos atrás. Lo anunciaremos mañana, antes de partir.
Y de tal modo se realizó la criba. Al día siguiente, tras levantar las tiendas, los suboficiales fueron reunidos, y se les informó, al fin, de la meta final que pretendía alcanzar el líder. Como el rumor había volado ya de unos a otros, no sorprendió a nadie, aunque la confirmación pintó expresiones preocupadas en todos ellos. Sin embargo, la mayoría acabó alabando la valentía del general y juraron seguir adelante.
Tabnit se preguntó si sentirían lo mismo cuando alcanzaran las faldas de los Alpes y éstos escondieran el cielo.
Atrás quedaron los tres mil carpetanos y otros siete millares de hombres a los que la campaña y la perspectiva de su duración devoró el ánimo. En apenas un par de jornadas habían perdido una tercera parte de los efectivos, probablemente más que si hubieran entablado una auténtica conquista en el norte de Hispania. A cambio, la convicción de quienes continuaban quedaba asegurada… Por el momento.
Con menos hombres y un espacio mayor entre las montañas, aquella etapa del viaje transcurrió con relativa rapidez. El viento helado que se abría paso por la vega del río fue un aliciente, pues les invitaba a moverse para conseguir un poco de calor. No resultaba una sensación insoportable, todavía no, pero sí al menos una molestia tras la caída del sol.
El tercer día, una de las partidas que marchaba por delante reconociendo el terreno tuvo un encuentro con un pastor andosino que les contó la situación más allá de los Pirene. Los suyos mantenían relaciones con las tribus galas más cercanas a la cordillera, las cuales se mostraban intranquilas ante los rumores de la llegada de Aníbal. Tal y como habían sospechado desde el principio, las promesas de los mensajeros en invierno quedaban muy lejanas, y la plata entregada ya no parecía suficiente para calmar el temor a ser conquistados. El cabrero aseguró que se estaban planteando tomar las armas y plantar cara.
Tales perspectivas preocuparon profundamente a Aníbal, y así se lo trasladó a sus hombres más cercanos.
—No podemos perder más tiempo en combates y escaramuzas —dijo—. Nuestros espías en Roma nos alertan: la loba empieza a volver su atención hacia nosotros. Los boyos se han retirado de su conato de guerra contra los itálicos al ver el poderío de éstos y ya no les entretienen.
Tabnit asintió. La información les había llegado poco después de cruzar el Iber. Los celtas que vivían al norte de la república, tras rebelarse por la ocupación de los territorios cercanos a los suyos por parte de algunos colonos romanos, les obligaron a huir hacia Mutina. Pero sus intenciones de sitiar dicha urbe habían quedado en un simple bloqueo para conquistarla mediante el hambre, ya que no tenían la habilidad ni las máquinas adecuadas para un asedio. Por supuesto, la estrategia estaba abocada al fracaso, tal y como pensaba Tabnit. Roma era famosa por su inagotable fuente de hombres y la premura con la que lograban movilizar los refuerzos.
El tiempo le daba ahora la razón: los romanos, lejos de mantenerse quietos, no dudaron en enviar al pretor Cayo Atilio al mando de una legión y varios miles de hombres recién alistados en busca de los boyos, quienes ante tal alud de tropas entraron en pánico y huyeron.
—Vencida esta distracción, al fin miran a Hispania —continuó Aníbal. Sus oficiales ya sabían todo aquello, pero al líder cartaginés le gustaba recapitular la información para que nadie olvidara las particulares circunstancias de tan magna partida—. Han ordenado a Publio Cornelio Escipión, según dicen el mejor de sus generales, que parta hacia Massalia a bordo de sesenta naves. Mientras hablamos tal vez ya haya embarcado.
—Temes que nos intercepte —apuntó Hanón.
—Lo intentará, sin duda.
—Malditos bárbaros —se quejó Magón, refiriéndose a los celtas—. Seguro que quieren arrancarnos más plata.
—Se la daremos —decidió su hermano mayor—. Ahora mi principal interés es llegar al río que llaman Ródano cuanto antes.
—Podría adelantarme con una comitiva y reunir a los jefes celtas. Ganaríamos tiempo —propuso Tabnit.
—Hazlo —consintió Aníbal—. Nosotros acudiremos a la todavía íbera Kerre. Tendrás que convocar a todas las tribus a lo largo de nuestro trayecto. Los sordones son los primeros con los que nos encontraremos; luego están los volcas, divididos en dos grandes etnias: tectósagos y arecómicos. Nuestra última preocupación antes del Ródano deberían de ser los helvios, aunque con éstos quizá no lleguemos a coincidir. Lleva contigo a quien consideres oportuno.
—Será un grupo pequeño, para no despertar hostilidad alguna. —Tabnit sonrió, confiado—. Sé exactamente a quién voy a necesitar.