¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 8 de 49

Páginas del PDF

¡Pantaletas!

Capítulo 8

La respuesta sudaba compromiso escolar. Mi papá le creyó hasta la saciedad. Jura que miró hacia la iglesia de Santiago y se sintió feliz como si le hubieran echado barniz.

Sólo meses después, cuando mi mamá tuvo que ir a firmar la boleta de calificaciones de mi hermanito, el monumento que le habían construido se hizo añicos. Mi jefa en la boleta notó que tenía varias inasistencias.

—Pero maestra, si mi hijo no es faltista. ¡Mire qué faltotas!

—Señora, acuérdese… Y no es que me meta en su vida, pero no puede obligar al niño a desvelarse para cuidarla en sus achaques. ¿Dónde está su viejo? Él la debió cuidar y no el pobre niño.

—Pero es que, maestra, mi hijo…

—Yo se lo mandé decir con su hijo. Se lo advertí, si no venía a hablar conmigo le iba a poner las faltas al niño. Una cosa es que la hayan embrujado y otra que se haga. No la amuele, señora, pobre niño.

Mi mamacita bendita comprometida con la filosofía familiar sustentada sobre la base del axioma del patio de vecindad «La ropa sucia se lava en casa», aguantó el chorro de reclamaciones sin chistar.

—Para qué manda a su chiquillo a la escuela si no va a pasar de albañil y los albañiles ni tan siquiera necesitan saber contar los ladrillos para hacer buenas casas… El gobierno nada más tira dinero bueno al malo.

Mi mamacita no se rajó, aguantó su muina hasta tener la boca amarga. Pero llegando a la casa, se quitó el zapato y le zurró a mi hermanito entre nalga, lomo y oreja pero sabroso. De esa aventura escolar viene su apodo: ¡El Arqueólogo!

Y la verdad, el estudio no era para él, su destino era hacerse rico. Su cuerpo llegó, literalmente y en todos sentidos, a relucir oro y turquesas por los cuatro costados lados hasta parecer un idolito azteca.

 

8

No se puede decir que el Maciosare Bartolache-Bartolache, su servilleta desechable, fuera un estudiante brillante.

 

Más bien me costó morderme un güevo y la mitad del otro para salir de la escuela secundaria sin reprobar materia alguna. Siete punto cinco de promedio. Y sin regalarle manzanas al Director.

¡Por ésta!

¡No le fallé en su desvelada callejera a mi madrecita!

Es más, quién sabe cómo, pero Dios (¿o la virgen de Guadalupe?) me iluminó, casi como un santo Niño de Atocha, porque pasé mi examen de admisión al Colegio de Ciencias y Humanidades con fondo musical de La Internacional.