¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 26 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 26

Fue cuando nos alcanzó en su carro último modelo el ojeis meis de mi brother. Subimos a su auto.

—¿Qué les dijeron?

—Nada… —dijo muy quedito mi mamacita.

Yo agregué:

—Que si no sabíamos si andaba con otra mujer…

El Arqueólogo soltó la carcajada:

—Así somos los policías. No les hagas caso, jefa. Ya aparecerá el viejo travieso.

Miré al Arqueólogo. Había cambiado, ahora usaba sombrero norteño, botas vaqueras y pistola plateada con incrustaciones de rubíes. Su charola metálica, ostentosa, la cargaba en el cinturón de piel de víbora.

—No, mijito, él no me engañó. Ya me lo mataron. ¿Dónde lo tiraron? Yo nada más pido que me entreguen su cuerpo para enterrarlo.

Nos callamos como guacamayas mojadas.

Bara, bara, mojarrita, pantaletitas para su figurita, baratitas, bara, bara.

 

26

¿La ausencia alimenta el amor? Mi madrecita compró para mi jefecito un terrenito en el panteón; y en la lápida puso todo su amor. La venta de pantaletas nos permitía darnos ese lujo: construir un lugar para la memoria y cantarle rancheras.

 

¡Ah de la vida…! ¿Nadie me responde?

Aquí de los antaños que he vivido

la fortuna mis tiempos ha mordido;

las horas mi locura las esconde.

Con sus manos entrelazadas reposando en su regazo, mi madre, con una mirada recogida en sus pensamientos, susurraba estos versos con voz tenue y nítida; el viento de la tardecita se sentía. Quiso esa voz seguir con un fue y un será… Pero la orfandad no quiso que sucedieran. Volteó a mirarme:

—Están bonitos los versos que nos vendió el cantero, ¿verdad, mi hijo?

Estábamos en la tumba hechiza de mi padre. El cantero se afanaba por arreglar las flores, regó el agua. Nos dejó solos.

Mi mamá comenzó a cantar con voz muy bonita, delgada, agradable, un son huasteco. Le cantaba a mi viejo con sentimiento, como si estuviera cantando en una película de charros del cine mexicano. Puedo jurar que esa tarde hasta escuche el arpa y el violín. Disculpe las lágrimas:

Jojojuuuuya…

Con su rebozo cubriendo su cabeza, dejaba al descubierto su rostro, un rostro doloroso y amoroso; un rayo de sol de la tarde bañaba la mitad de su cabeza. Cantó: «A la luz de los cocuyos» de José Alfredo Jiménez.

Ay amor de mis amores, te vengo a cantar mi copla, ando lleno de ilusiones y quiero besar tu boca, quiero decirte cositas, que traigo dentro del alma, pero como son bonitas, quiero decirlas con calma…

Era la canción que a mi papá le gustaba cantarle a mi mamacita en su cumpleaños. Y se la cantaba ¡a capela!, con varias chelas atravesadas.

Mi jefecito no cantaba mal las rancheras y eso que no usaba bigote tupido.

Mi madre dejando rodar sus lágrimas por sus mejillas siguió cantando a mi jefe. Cantaba como Rocío Durcal canta las canciones de Juan Gabriel:

Yo no sé si vengas tú. Yo no sé si vaya yoooo… Pero has de sentir mis besos y yo he de sentir los tuyos, y hemos de quedarnos presos a la luz de los cocuyos…

Era la canción de ellos.

Me acuerdo: Una noche después de la fiesta del cumpleaños de mi mamá, me despertaron los falsetes de mi padre. Estaba abrazado con mi madre en la cama; la besaba y le cantaba:

Te quiero mirar bonita, sin penas y sin orgullos, y quiero echarme en tus brazos, a la luz de los cocuyos…

Riendo mi madre le devolvía los besos y canturreaba: —Jojojuuuya…

Y mi padre a medios chiles hacia segunda con:

—¡Arpa vieja de mi tierra jarocha!

Cuando mi madre me descubrió al pie de su cama, se rio, me alcanzó, me abrazó y me cargó; mi papá me besó y siguió cantando. Se traían un pedo tequilero muy amoroso:

Cuántas noches de tu vida habrás pasado conmigo contando las estrellitas, y sólo Dios de testigo, siempre con la cara al cielo, cobijados por la luna, contando las estrellitas; beso y beso una por una…

Mi mamá acercó su rostro al de mi jefe e hizo segunda: