¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 28 de 49

Páginas del PDF

¡Pantaletas!

Capítulo 28

Cuando estábamos en su cama me cantaba esta canción:

En una noche de luna Naela lloraba ante mí.

Ella me hablaba con ternura, puso en mis labios su dulzura. Yo le decía por qué lloraba, y ella me contestó así: Ya me embriagué con otro hombre, ya no soy Naela para ti.

La Magda cantaba la canción mirándome a los ojos con una voz tan cachonda y adolorida, que tuve urgencia por preguntarle:

—¿Por qué te gusta esta canción?

—Imagínate, después de ponerse un buen pedo tequilero con otro cabrón, va y le pide perdón a su novio, toda cruda. ¡Eso es amor! Para que el güey entienda que las mujeres también se ponen calientes.

Desnuda me abrazó, comenzamos a bailar de a cachetito, cantándome al oído, me metía la lengua, me ponía chinita la piel, me hacía cosquillas, me mordía el cuello, yo me retorcía como si me anduviera de la pipí.

Naela, di por qué me abandonas,

tonta, si bien sabes que te quiero,

vuélvete, ya no busques otro sendero,

te perdono porque sin tu amor se me parte el corazón…

La verdad, la Magda me hacía como su muñeco, me decía ponte así y ahí estaba el güey, así, que ponte asá, y ahí estaba el güey puesto asá. Aprendí mucho con ella.

Ya cuando me iba se vistió, pero no se puso las pantaletas, me las enseñó, eran enormes, enormes, gigantes; muy bien delineadas por las curvas de sus nalgas y su marcada cintura. Orgullosa reía y las agitó como una bandera. Me las regaló:

—En los talleres de los judíos no hacen estas pantaletas, mándalas a hacer tú. Las diseñé para tu negocio. Véndelas, te va a ir mejor.

Yo las tomé, las besé ante una orgullosa Magda, las hice bolita, y me las guardé en mi pantalón, le sobé sus nalgotas y le dije:

—Las quiero mucho. Me van a dar suerte.

Ese día creí que ya nunca más me acordaría de la Chancla, pensé: «Tenía razón mi jefecito, todo es cosa de conocer otras mujeres… Y si son talla 42, mejor.» Las del 40 ya me quedaban chiquitas.

Bara, bara, muñequitas, para mejorar el sirenón, aquí están sus adorables.

 

28

«Aquel día en que tú te marchaste, me quedé solo y triste en el parque… me da gusto volverme a ver en tus ojos y volverte a besar. ¡Qué bueno!» Era el nuevo hit del Rigo; que anunciaba la nueva moda: Style 42.

 

En la calle Jesús María hay muchos talleres fabricando ropa íntima, casi todos sus dueños son mexicanos de origen judío; uno de ellos se apellida Schiller, quien más tarde será mi compadrito Salomón. Es moreno claro, narigón con ojos verdes, eso sí, es más nacional que el pulque curado de pitahaya y tan transa como un burócrata en una oficina de permisos. Es muy listo para lanzar nuevos diseños de ropa barata en los tianguis.

A él fui a proponerle la fabricación del diseño de las pantaletas style la Magda, talla 42. Él tiene fama de saber hacer negocios financiándolos.

Salomón, encantado y como el rey Salomón, me propuso su taller. Ahí cortarían y coserían las pantaletas.

El acabado fino y el pegado de las etiquetas lo harían los artesanos del pueblo de Santiago Tianguistengo, a destajo.

—¿Y qué nombre le pondremos a las pantaletas? ¡Uno llegador! —me preguntó Salomón, dando por hecho el trato a la palabra.

—¡El Sirenón! —contesté en un instante de inspiración. Salomón me miró sin dar crédito, sus ojos claros parpadeaban signos de pesos; sonrió como un Rigo Tovar sefardita y se soltó a cantar y bailar:

Cuando buceaba por el fondo del océano me enamoré de una bellísima sirena… ¡Sirenón style 42! Salomón más bien se me hacía árabe; los domingos iba a bailar al Deportivo Nader, ahí se presentaban Rigo y su grupo Costa Azul.

—Pantaletas para las mujeres llenitas: Sirenón. En las etiquetas les ponemos un colonononón de sirena.

Salomón sabía cómo y cuándo vender y todavía no le daba por llamarme: «Macs, mi compadre».

Con un apretón de manos sellamos el pacto.

No me daba cuenta cabal, pero éstos eran mis primeros pasos seguros como empresario en la economía del mercado informal; repartiríamos las pantaletas en los tianguis dominicales de la ciudad y entre semana en todos los municipios conurbados de chilangolandia.

Pero este trabajo lo veía como algo pasajero. Seguía aferrado al ideal maternal, asumiendo que mi camino se encontraba en la licenciatura en Sociología.

—De una vez, amarra la venta de pantaletas, en los tianguis, con la Chatita… ¡La hija de la Chata Aguayo!, pobre ya se le murió la Chata Grande —me saqué de onda y pregunté para reafirmar. Me lo confirmó:

—Ahorita están en el velorio, cabrón, ahí encuentras a la Chatita —Salomón habla con más groserías que su servidor. Respondí escéptico:

—No me va a hacer caso, güey.

—Cómo no, ahorita es mejor, al rato se le sube el puesto de secretaria de los comerciantes, similares y conexos de la calle de La Soledad. Es capaz de desafiliar a changarros ambulantes —me empujó.

Salí del taller y caminé por Corregidora. Toda la población del país se me vino encima. Me refiero a todos los jodidos.

A estas calles del centro de la ciudad llegaba gente de todos los estados de la república para seguir con la cadena de la economía informal: salarios miserables se compensaban con la compra de ropa de moda pirata o no facturada de empresas grandes o manufactura totalmente fuera del mercado formal, a precios de ganga.

Al llegar a la calle de Roldán, los lloros y los desmayos eran un disco rayado; una multitud consternada, de riguroso luto, se apretujaba entre sillas cerveceras y coronas de flores.

Cuando entro a la calle principal, detrás de mí se arranca un mariachi de Garibaldi. Me sentía como Jorge Negrete en Dos tipos de cuidado; la gente admirada volteó a verme, las trompetas retumbaban a mi espalda; fui directo al centro de la calle empedrada, ahí reinaba en su ataúd, colocado sobre una plataforma de madera la jefecita, la madre, la señora de los cielos, la soberana del comercio ambulante, la reina de cómo repartir mordidas para que no pegaran de gritos los inspectores de los diferentes gobiernos, de las más variadas ideologías, todos trácalas aunque dijeran que no bebían de esa agua bendita.

De los viejos edificios de tezontle y cantera los afiliados a la Asociación lanzaban pétalos de rosas, un sacerdote ceremonioso daba la bendición, los mariachis se colocaron a su alrededor; hombres de lentes oscuros y peinados grasosos daban el pésame a la Chatita, la hija, la heredera del feudo, la cacique en ciernes; uno de ellos se lanzó al ruedo con un spich neto, diciendo la grandiosa labor que por los jodidos había hecho la Chata Aguayo, su madre, la priísta de corazón, la luchadora social, la mujer moderna que supo hacerse respetar entre tanto cabrón, la que si le hubiera dado chance la vida, sería perredista por convenir a la sobrevivencia de ella y sus agremiados y si el PAN ganara el gobierno de la ciudad capital también se volvería panista y si fuera el Verde hasta se pintaría el pelo de verde. Ella era la dirigente moral de los vendedores ambulantes de la calle de La Soledad.

En ésas estaba el ritual cuando un tipo de traje amarillo y corbata rosa, con zapatos blancos y lentes oscuros se dejó caer contra el ataúd. Pommm, nada más se oyó. Comenzó a gritar como gato mojado electrocutado.

—Chata, perdóname, mujer, yo sé que fui ingrato pero aquí estoy para irnos juntos, no me avientes como unas pantaletas viejas; soy tu Chano, el jefecito de la Chatita.

El Chano era el papá de la Chatita chica. Abrió la tapa del ataúd y levantó la cabeza de la Chata. Se la comía a besos, la ensalivaba, le abría los ojos, su rostro lo restregaba contra el de ella.

Discretos los guaruras de la Chatita lo tomaron de la cabeza y como quien no quiere la cosa, le daban unos jalonzotes de cabellos, hasta que lo obligaron a berrear, y a dejar la cabecita blanca de la Chata. Ésta quedó colgando del ataúd, tenía la lengua de fuera.

El Chano fue botado en el quicio de una de las bodegas.

Lo encontré llorando a moco tendido. La Chatita chica lo abrazaba y discreta lo regañaba:

—Ya papá, no la riegue, nadie le va a creer que siente tanto dolor. Mídase, mida su dolor. Yo voy a seguir dándole su entre, pero respete a mi jefecita.

El Chano se limpiaba los mocos y se restregaba los ojos y luego las palmas de sus manos las tallaba en su pantalón de casimir, abrió un ojo inundado de llanto y con voz de fumador aferrado, suplicó a la Chatita, su hija:

—No seas mala, hija, déjame llorar mi dolor, por mi Chata; allá arriba hay un Dios y él te va a castigar si no respetas el dolor de tu progenitor.

—Respete los sentimientos de los agremiados —pidió la Chatita.

Se escuchó un murmullo y luego un rumor que se hizo un grito:

—¡Llegó la carroza! ¡Háganse a un lado!

—Usted va tener lo suyo —le dijo la Chatita a su jefe, como si fuera la promesa de una cacique, de una doña.

Retiraban el féretro de la plataforma, la calle de Roldán se aglomeró para darle el adiós a la Chata Aguayo. Los ambulantes gritaban:

—¿Jefa, ahora quién nos va a defender? ¡No nos dejes!

La Chatita, ya actuaba como cacique. Me vio:

—¿Tú qué quieres?

—Vengo de parte de Salomón, el de la calle de Jesús María, vamos sacar una nueva línea de pantaletas.

La Chatita con ojo clínico me analizó, volteó a ver cómo se llevaban el féretro, me agarró de la mano, la gente era un mar embravecido, me susurró:

—Dile a Salo que con él siempre hay negocio, nada más que no se haga. Así se lo dices —vio al Chano, que seguía sonándose la nariz, se paró en la puerta y me dijo:

—¿Qué línea de pantaletas van a vender?

—Pura talla 42.

—¿Ya las bautizaron?

—Sirenón Style 42.

—¿El Sirenón? Suena bien el nombrecito —sonrió y se fue.

La Chatita tendría como unos veintiocho años y por lo que se veía de espaldas también era talla 42.

De pronto, el cielo se puso pardo, sopló un viento agrio, el piso silencioso se movió. Temblaba la tierra. Hasta el Chano compuso la figura y se puso debajo del arco de la puerta; la construcción crujía silenciosa, el féretro comenzó a resbalar entre la multitud, la gente gritaba y rezaba, el féretro en manos de la gente era un barquito zangoloteado en un mar picado.