¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 47 de 49

Páginas del PDF

¡Pantaletas!

Capítulo 47

—Ay Macs, si serás pendejo. Olvídalo, no te quedes en el pasado. Vive el nuevo milenio. Cristo es amor.

Me quedé como dijo ella, pendejo. Y que le vuelvo a mentar la madre:

—¡Chinga tu puta madre, hija de la rechingadamadre!

La Chancla, petrificada como si fuera una estuatilla de ónix, buscó a su camote, un tipo negro con cara de Martin Luther King, que hasta ese momento más bien me pareció un san Martín de Porres. Su camote se paró frente a mí.

—Órale, cabrón, respete el dolor de una madre. Nada más viene por lo suyo: su hijo —bueno más o menos eso me dijo pero medio en inglés y medio en español con un dejo a gospel.

Recordé a Mateo 7:7 en la voz de mi Atalayita:

«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrira…»

Y como va. Que surto de madrazos al pastorcito. Casi lo hago taquitos con piña. La Chancla quiso defender a su bombeador, pero esquive sus arañazos; y cuando tuve a la vista su tamalón, que la agarro como balón de futbol, de tres dedos; Maradona me hubiera envidiado. Apenas la alcanzó a cachar el pastor gringo negro.

Santo remedio. Se largaron de mi vista. Lo que no pensé es que se iban a ir por la libre.

Bara, bara, señora, para sus hijitas, pantaletitas ajustaditas, baratitas.

 

47

La cosas llegan y se van y muchas veces regresan de nuevo. Nada más para alimentar la confusión en los sentimientos. Yo quería mucho a mi hijo pero su forma de ser me desencantaba de la vida. En ese sentido me hizo ser valemadre con él.

 

El Arqueólogo me lo decía:

—Ese pinche escuincle del Jorgito tiene unos güevotes de dinosaurio. ¡Ese cabrón sí es mi sobrino!

Yo no había tomado conciencia de que el Arqueólogo lo quería; hasta era muy afectuoso con él. Me asombraba mi carnal: de pronto, como nunca, era afectuoso de palabra y obra; mejor que con su propio hijo, el Alfredito. Mi jefecita me explicó todo:

—¿Ay, hijo, en dónde vives, en Babia? Cuando me dejabas al niño, el Arqueólogo se lo llevaba. Ya ves cómo era, ni modo de decirle no. ¿Te acuerdas cuando le tiró a Beto sus zapatos en la coladera? Ese día había andado todo el día con su tío.

—Y por qué no me lo dijeron.

—¿Para que se sintiera si le reclamabas?

—¿Y lo de la droga? ¿Cómo comenzó a venderla? Yo nunca le enseñé eso, yo le enseñé a chingarse a trabajar. A mí se me hace que ese cabrón le enseñó.

—Ve a saber. Porque aquí tampoco pudo agarrar esas mañas.

—¿La Chancla le hablaba por teléfono?

—Ay, hijo, hasta piensas. No, los chiquillos de ahora son más listos. Ya se dieron cuenta que no sirve estudiar. ¿Para qué? Vete, cómo estás de jodido.

Sentí feo que me dijera eso mi jefecita. Sentí feo darme cuenta que todos, en todo este tiempo, habían llegado a la conclusión que yo vivía en el error.

Ahora mi jefecita parecía que se doblaba ante la dureza de la realidad; el delito dejaba. Mi jefecita me sonrió llena de complicidad.

—Pero tú andas tranquilo por la calle, Macs. No como tu hermano, el pobrecito vive escondido.

—Jodidos pero contentos, jefecita —sonreí con amargura dejando ver mi desencanto. Yo creo que mi Jorgito, más que seguir mi ejemplo quiere seguir el de su tío.

—Siempre fue vivillo desde chiquillo. ¿Ya viste la motocicleta tan bonita que se compró, el niño? —en mi jefecita se habían resecado las ilusiones.

 

Y sobre el jodido cárguenle el IVA. Unos putos policías entraron como si estuvieran en su casa. Mi jefecita con paciencia los miró. Traían una orden de cateo.

Revolvieron todo: la cama la dejaron patas arriba, el ropero tirado, ni siquiera preguntaron por lo que buscaban. Ocho horas encerrados mi jefecita y yo. Nos tuvieron como santitos de yeso:

—No se muevan.

Como a las dos horas de que se fueron los polis llegaron a decirnos unos patrulleros que el Arqueólogo tenía 33 balazos en el cuerpo. Su cuerpo estaba tirado cerca de una caseta telefónica; parece que lo habían cazado hablando por teléfono.

Mi jefecita ni chistó. En silencio encendió una veladora y la puso frente a la Guadalupana, se persignó y comenzó a rezar un rosario.

—Dios lo tenga en su Santa Gloria…

Jorgito entró en chinga, botó la motocicleta en el suelo, vio a su abuelita, quiso ir con ella para abrazarla, lo detuve, salimos al andador.

—¿Y tú cabrón, cuándo vas a volver a la escuela?

—¿Para qué, jefe?

Primero los güevos se me fueron hasta el cielo y segundo se me bajaron hasta el infierno. Me faje bien y lo mire de frente, con ganas de que me creyera:

—Cómo que para qué, Jorgito, para que seas un hombre de bien, para que te vaya bien en la vida, para que vivas mejor —me sentí hipócrita con el consejo.

El pinche Jorgito, que no era hombre de palabras sino un jovencito de acción, sacó de su pantalón varios fajos de billetes. Yo la verdad, le soy sincero, ya no me salían las palabras; me daba coraje conmigo mismo ver cómo mi hijo era más chingón que yo para ganar dinero. Y eso que yo había estudiado una licenciatura, era creativo y entrón para el trabajo; y él apenas con la primaria cursada y la secundaría terminada a mordidas.

—No, jefecito, usted no me embarca; para qué le hace al maje. ¿Le digo una cosa?: cuando mi tío se burlaba de usted por vender pantaletas yo sentía feo. Usted presumiéndole sus estudios. Y él pavoneándose con sus alhajas. Él tenía razón. Yo lo quiero jefecito, pero si le hago caso me va a dañar.

—Hijito de mi vida ¿qué quieres? ¿Que te metan a la cárcel o ser baleado como tu tío?

—La verdad, jefe, yo quiero ser rico. Yo no quiero estudiar para andar en la calle vendiendo pantaletas y que me den de macanazos los policías; de una vez en grande, de güevos a güevos. Y si no pues ya qué… Mejor que andar causando lástimas.

Jorgito tenía dieciséis años de edad y ya no era mi niño; era un cabrón güevudo como su tío el Arqueólogo.

—No, hijo, cómo crees, estudiar es chingón, te ayuda a ser mejor aunque no ganes dinero —me desesperaba no poderme explicar y convencerlo de que estudiar es importante aunque no se gane dinero; que de todos modos uno se vuelve rico de otra manera. Pero me sentía un pendejo diciéndoselo; yo sabía que era cierto pero la realidad de ese momento reafirmaba mi etiqueta de pendejo:

—No sé cómo decírtelo, hijo, pero el estudio te hace mejor por adentro —y ni cómo demostrárselo para que lo palpara—, el estudio te ayuda a ver al mundo no tan jodido aunque uno esté jodido; siempre tienes la ilusión de que todo va a ir mejor, al menos te das cuerda y no te metes en pedos —terminé de decirlo sin la convicción de poder hacerlo cambiar de modo de pensar. Simplemente se veía mejor comido y vestido que yo. Convencerlo de otra cosa estaba cabrón.

—Usted es buena onda, jefecito, pero me lo agarran de maje; ¡y yo ni madre! No me voy a dejar. Mejor como mi tío, rifarse la vida para vivir chingón y no andar mendigando con los inspectores y los policías. Todos chingan, jefe, menos usted; se pasa de trabajador. No, jefe, gracias.

Tenía pavor de escucharlo hablar así, no sentía que me lo dijera para faltarme al respeto o estuviera enojado y quisiera vengarse del padre, no, ahí radicaba mi pavor, el güey lo decía creído, neto, como si pensara que el mundo se lo podía comer sin pedir permiso.

No le dije nada, no tiré golpes y bajé la guardia, salí al andador de la unidad habitacional.

Sería la depresión o vaya a saber qué, me di cuenta: los condominios que nos habían construido después de los sismos del 85 se habían avejentado, despintado; tenía la sensación de que se habían encogido: en la mayoría de los departamentitos donde hace doce años empezó viviendo una familia, ahora, vivían dos o tres familias. Había muchos niños jugando en los prados inundados de basura, las paredes de los edificios estaban pintarrajeadas con grafitis; en el pasillo que desembocaba al andador unos adolescentes robaban a un señor de traje —hasta los calzones le quitaron—; de las ventanas les aventaron de naranjazos.