¡Pantaletas!
Capítulo 5
—Niño Maciosare, ¡castigado!, no tiene derecho a salir al recreo y se me va a lavar el coche de la señorita directora con agua y jabón.
Yo por mis adentros, mirándola de reojo para qué es más que la pura verdad, murmuré: ¡Pinche vieja! ¿De qué otra manera me defendía?
¡Pantaletitas, jefecita, a su mera medida, bara, bara, marchantita!
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Mi padre, y me pongo de pie para saludarlo; como si fuera el Lábaro patrio, sentenciaba que ésta era la era de: «Al jodido jódanlo sabroso».
Él fue un heroico trabajador de los ejércitos de la Philco, radios y televisores para los hogares; mucho antes de que la dichosa empresa por causa de la reconversión industrial, la globalización de los mercados, el contrabando de it’s a Sony, o vaya a saber por qué desapareciera de la faz del territorio de mexicalpan de la tunas, los magueyes y el sope con pollo deshebrado.
Eran los años en que yo era un mocoso de moco escurrido como guajolote aburriéndose de sol los sabaditos en la tarde, en el patio de la vecindad del Chavo del Ocho. Por ésta que vivíamos en el número ocho.
Los sábados en la tarde, cuando llegaba el jefe de familia a la vivienda, al coto de los Bartolache-Bartolache, su figura parecía grandiosa sobre el quicio de la puerta de la entrada, impidiendo el paso de la luz del sol; de él emanaba la suya, la de la intensidad del amor familiar.
El señor Bartolache llegaba cansado, pero nos regalaba una sonrisa de elote solar, de sus ropas sacaba, imitando al mago Chen Kai, un sobre de papel amarillo; era su sueldo completito, la raya, el chivo, la paga, el quién vive en las últimas; la inicua satisfacción del jodido, años antes de que el FMI nos pusiera una santa madriza. Mi papá no era un macho cualquiera, era de los que no se abría a sus obligaciones familiares, ni se distraía en cualquier tugurio antes de llegar con sus hijos y su vieja. Por eso me pongo de pie y brindo ante la memoria de semejante cabrón. ¿O no?
La pequeña familia salía de compras a la tienda de la CONASUPO para surtir la despensa de la semana: jabones, pasta de dientes, frijoles, azúcar, sal, aceite, harinas, sopas, alguna trusa o camiseta, calcetines. Y para mi mamá un brassier o unas pantaletas. Mi viejo, en esa época era un hombre joven, fuerte, trabajador; con manos gruesas, rugosas; con las ilusiones bien puestas en nosotros; se compraba cien gramos de jamón de pierna y otros cien de queso de puerco, un aguacate y una lata de chiles jalapeños para sus noches de sábado; era como John Travolta: sobrevivía.