¡Pantaletas!
Capítulo 48
En medio de esa lluvia de naranjazos se apareció, ¿quién cree? La Chancla.
Cuando vio a Jorgito corrió a abrazarlo, con gran amor maternal lo besó. Se deshacía en expresar su inmenso amor.
Jorge, al fin hijo, la abrazó también.
Madre e hijo se fundieron en un cariño que me rompió cuanta madre tenía en ese momento. No eran celos, simplemente no podía creer en ese amor.
—Perdóname, mi hijito, por dejarte con este hombre; te vine a buscar.
Quién sabe cómo llegó el negro de la Chancla. Ella lo tomó de su mano negra y la llevó a la de Jorgito y le dijo:
—Mira, hijo, te traje a un nuevo papá… Martin Smith.
Jorgito los miraba y me miraba. Mi jefecita se apareció en el marco de la puerta.
—¡Jorge! —le gritó a su nieto.
La Chancla la miró con recelo:
—Ya está esta pinche vieja de metiche. Vente hijo, vámonos a la calle.
Jorge le hizo un guiño a su abuela y salió con su madre y dizque su nuevo papá.
Mi madre se tambaleó. Corrí a ayudarla, la abracé. Me imploró:
—¿Me acompañas a reclamar el cuerpo de tu hermano?
Le digo: un jodido no se aburre, el chiste está en saber aguantar la risa.
Bara bara, marchantita, que me voy, pantaletas a su medida, no sufra, baratitas.
48
Los amores van y vienen y los hijos se van y llegan otros para volver a intentarlo.
Así es la vida: da y quita.
Mi beibi se pasaba temporadas en Los Angeles y temporadas en Mexiquito. Yo, como se dice, di un paso al costado ante la expropiación de la Chancla.
Un día, cuando Jorgito andaba en Chilelandia, la voz del rumor llegó hasta mi puesto de pantaletas:
—Ya se chingaron al Jorgito.
Una gorda, que no sé cómo se llama, llegó y me lo dijo Mis piernas temblaron. Ni pregunté. Corrí con una bola de amargura atragantándoseme. No era lejos, dos calles adelante; había una bolita de gente alrededor de una coladera.