¡Pantaletas!
Capítulo 7
Me cargó, se abrazó a mi padre y me dijo con la clarividencia maternal:
—Tú vas a ser un hombre de bien.
Y así como lo dijo mi jefecita así fuimos ante la Guadalupana: la jefecita de todos los mexicanos. A esas veces debo mi fe por la milagrosa de las rosas y el sentimiento de solidaridad y empatia con el indio Juan Diego.
Toda una semana me pasé con las rodillas peladas y mi mamacita echándoles Merthiolate.
¿Usted nunca se las ha pelado? Entonces no sabe lo que es amar a Dios en tierra mexica.
—Educar a un niño no es hacer hijos —decía mi mamá y haciendo había aterrizado con un día de anticipación a la escuela secundaria y plantándose en la reja de la entrada se desveló en plena banqueta codo a codo junto con miles de madres enrebozadas para alcanzar un lugar en la secundaria para su perla negra: ¡el Maciosare!
Y lo hizo porque pensaba en voz alta: «No lo fueran agarrar como al burro de Pénjamo, ¡todo atolondrado colgado de la alcayata!».
7
Yo, la verdad, no sabía muy bien qué quería decir mi mamacita con eso de «vas a ser un hombre de bien».
Para ser sincero, me sonaba muy a bien peinadito, vestido de traje y corbata, con zapatos boleaditos, casi como espejos.
A mi hermano no le entraban estos valores inculcados por nuestros Padres.
Una vez, una tarde, mi papá iba caminado por La plaza de las Tres Culturas, en Santiago Tlatelolco, regresaba del trabajo de la zona de fábricas.
Una zona donde hubo muchas fuentes de empleo: «La Consolidada», que era una fundidora; la «Compañía Nacional de Subsistencias Populares»; fábricas de aceite y jabones; imprentas y encuadernadoras de las revistas nacionales; empresas como «Philco», en la que trabajaba mi jefecito, o fábricas de calzado como «La United». Y del otro lado, al poniente, chocolateras como «La Azteca»; enlatadoras de chiles, como «Clemente Jacques»; y empresas de loza, peltres y cuchillería; de envases y empaques, eran los años sesenta y había empleo en la ciudad vieja.
Mi jefecito cargaba su portaviandas vacía, iba fumando sus cigarros Alas y silbando una vieja melodía de sus tiempos de bailarín: «Kalamazoo» de Glen Miller. Se ponía de excelente humor, no se iba por el paso subterráneo de San Juan de Letrán, no, qué va, evadía la secundaría número cuatro; cruzaba la avenida y es que la Plaza de las Tres Culturas sólo se goza su vista entrando por arriba.
Bajando las escaleras se echaban encima de uno las sombras de la iglesia de Santiago, la de la torre del edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores y la de las alargadas paredes de vidrios de la Vocacional 7; los vidrios reflejaban la plaza cercada por el pasto, la pirámide incipiente de la antigua ciudad de Tlatelolco.
La plaza, una plancha atiborrada de escuincles de la unidad habitacional y de los barrios vecinos, jugando a lo que fuera entre los pasos cansados de las viejitas que iban al Rosario y recibían en sus choyitas arrugadas uno que otro pelotazo.
Al cruzar la plaza de Las Tres Culturas, mi jefe siempre entraba a la iglesia de Santiago para tomar «agua bendita».
Al salir de la iglesia, su mirada chocó con unos niños en la pirámide; uno de los chiquillos se le hizo familiar, lo miró detenidamente y pensó: se parece a mi hijo el chiquito. Su hijo, pero no creyó que fuera él (faltaba mucho para que los empezaran a clonar). El niño apenas debería estar saliendo de la escuela. Siguió observando a los chiquillos trepando los escalones de la pirámide y el escuincle que se parecía a su hijo era quien dirigía la orquesta:
—Tú, escarba acá. Y tú, menso, recoge esos huesitos.
Al que no lo obedecía le daba sus patadas en la coliflor. Mi hermaniito, el Arqueólogo llevaba en una mano una bolsa de plástico y en la otra un ídolo de barro. Schliemann, el descubridor de Troya, le quedaba guango con su espíritu, ni Hollywood hubiera concebido a mi carnal con esa pinta de arqueólogo.
El padre sintió su corazón palpitar con descaro al reconocer a su hijo o sease mi hermano, porque ni modo de que hubiera dos niños tan parecidos como dos mocos de guajolote o dos trompas de elefante, se acercó a las ruinas invadido por una contradictoria sensación de ternura y coraje y grito:
—¡Hijo…!
El chiquillo, ése, el más latoso y destructor, no sólo se parecía a mi hermano, sino que era mi hermanito, ¡el alumno de cuarto año de primaria de la excelente escuela Mártires del Fobaproa, la de la calle de Peralvillo número 54, la que estaba a un costado de la galería de arte José Marta Velasco del Instituto de Bellas Artes!
Mi hermanito, al ver al padre no se inmutó, le dijo a uno de sus presuntos ayudantes que dieran por terminada la excavación:
—Ya dejen ahí. Mañana a la hora del recreo nos repartimos los huesitos… — cogió su mochila y fue al encuentro de su padre.
Mi padre jura, entre risas, que sólo tenía una duda.
—¿No deberías estar en la escuela?
Mi hermano le contestó con una mirada muy similar a la del historiador inglés Arnold Toynbee.
—Sí, papi, pero la maestra nos mandó a recoger huesitos de la pirámide, mañana nos va a dar una clase sobre los aztecas y dijo que era nuestra obligación conocerlos por dentro para saber de qué estamos hechos.