¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 10 de 49

Páginas del PDF

¡Pantaletas!

Capítulo 10

—Te lo dije, Juan Bartolache-Bartolache, no enseñes a los niños a trabajar, ven un poco de dinero y ya se quieren tragar el mundo. ¡Mira nada más cómo esta muchacha ya salió panzona!

Era literal, la muchacha oriunda del Oro, Estado de México, gozaba de una inmensa y redonda panza. Para las abuelas del barrio, la panza era un síntoma inequívoco de que lo que traía atravesado eran cuates.

—¿No te preocupa dónde van a vivir estos chamacos? La muchacha agarró barco con el niño, es más grande que él. ¡Carajo! ¡Al jodido siempre le caen más chingaderas!

Mi hermanito ni pío decía, estaba calladito, quietecito, no sé si asustado o como siempre, llevándosela de a pechito, dejándose mecer por la corriente.

—Que se queden aquí, que se duerman en el suelo, compramos unas colchonetas; ya nos acomodaremos —dijo ahorcado mi jefecito pero con vibra chida.

—Ahora sí, viejito querido, vas a tener que construir un tapanco. Ya creció la familia.

Fue cuando el Arqueólogo se volvió especialista en botar las broncas en estas situaciones. De repente, dos días después de esa plática, ya con la mujer instalada en el suelo de nuestro hogar como las sombras, se desvaneció mi hermanito, ni la bendición de la jefecita esperó, voló como ave migratoria, dejando a la mujer y con ella, en la panza a su hijo, el Alfredito.

El güey un año después nos mandó una tarjeta desde Chicago, Illinois. Se quejaba del frío, decía que le dolían las orejas. Mi padre se cansó de buscar al revés y al derecho y a trasluz en el sobre de la carta si traía algún dolarito, nada, ni tan siquiera la dirección donde vivía para mandarle mis reverendos saludos.

Ahora, mi sobrinito ya está labregón y salió maricón, aunque a él no le gusta que le digan así. Él dice que es gay.

Alfredito es a todo dar, lo respeto y cuando lo veo le digo: «¿Qué pasó güey?». Él tiene ángel porque ha hecho mucho dinero con su cadena de Estéticas y su programa de radio: da consejos de belleza y cómo congeniar con la pareja. Todo esto sin haber estudiado en la Universidad Iberoamericana.

Mi hermano, el idolito azteca, niega que sea su hijo el Alfredito. Pero, a mi mamacita le encanta su nieto, de repente le hace hermosos peinados. Lo quiere mucho. Dice que hay que entenderlo y con voz queda pero segura afirma que:

—Si es putito es porque así lo hizo Diosito.

Bara, bara, que me voy señora bonita, baratita la pantaletita.

 

10

Yo sé que en eso del amor las cosas no son como se sueñan, sino como le va a uno en la feria. ¡Y a veces nos va de la rechingada!

 

La cosa comenzó en el salón de clases, en el CCH. En esa época había muchos maestros de izquierda, usted sabe: codo a codo somos mucho más que dos y todas esas pendejadas que cuando uno se anda meciendo en el columpio del amor suenan bonitas, ni duda cabe, pero… ¡ay dolor ya me volviste a dar!

Yo no me puedo llamar a engaño, ya había sido testigo de los frutos del amor.

 

La madre, mi madre entre muina y muina, soportó la flojera de la nuera, que de sirvienta de la casa de uno de los jefes de mi jefe pasó a creerse la reina de Java; quería que hasta el plato de la sopa se lo llevaran a sus aposentos y que mi mamacita le cuidara al mocoso. Desde ahí la familia sospechó de la gandallez de la muchacha.

—Órale, vamos a darte un chance de que te reivindiques. Si el escuincle se fue para Chicago, tú no te vas a donde ya sabes, te quedas, con tu nueva familia para que veas que entre jodidos se echa uno la mano, no como en las películas de Pedro Infante donde el tuerto le roba a la paralítica… —mi mamá le leía la cartilla a la futura mamá del Alfredito.

Pero mi cuñada entendió mal la jugada. No quería que le diéramos una mano, sino la voluntad hasta la esclavitud, y pues si ella era mazahuita, nosotros éramos aztecas y se topó con su piedra de los sacrificios.

Desde que La Mazahuita se levantaba, como por allá de la una de la tarde, cuando la resolana ya daba contra la pared de la vivienda a todo lo que da, agarraba, se levantaba de la cama para sentarse al borde de ella, y ahí, mientras el chilpayate estaba llore y llore pidiendo su mamila o que le cambiaran el pañal mojado, ella comenzaba a acariciarse el cabello, a cepillar sus larga trenzas, mientras escuchaba «La Hora de Rigo Tovar», Rigo cantaba: Cuando buceaba por el fondo del océano me enamoré de una bellísima sirena… tuvimos un Sirenito justo al uño de casados, con la cara de angelito pero cola de pescado… En ese momento la muchacha, con singular sentimiento, comenzaba a hacerle dueto a Rigo Tovar y mientras se peinaba cantaba: Una mañana los soldados tiburones me condujeron a la corte de Neptuno, se me acusaba que en un viernes de Dolores a la sirena me comí en el desayuno, como ninguno me creyera me mandaron fusilar. Aquí, mi cuñadita se soltaba a bailar de a brinquito, ¡epa, Chepa!, el niño la acompañaba a berrido tendido pero ella, ni en cuenta, le daba duro a la chancla; con el Rigo: Cuando aparece mi sirena y cuenta toda la verdad, tuvimos un Sirenito justo al año de casados con la cara de angelito y la cola de pescado. La verdad, la cuñadita estaba cañón: gëevona, respondona y ¡jacarandosa!

Lo peor llegaba cuando se desperezaba: pedía a gritos su jarro de café y si no le llevaba mi mamacita un pan, hacía su carota de enojada, se decía discriminada. Era cuando mi mamacita, aguantadora, se tragaba su muina y se iba a la cocina de la azotehuela.

—Ay Dios mío, en qué estaba pensando mi hijo, cómo se fue a meter con esta güevona. Sirenita ni qué la chingada, es una ballenota chachalaca. Ni tan siquiera se pone de nervios con los chillidos del niño. Qué no sabrá que tiene hambre. Pues de qué cerro la bajaron, no te mueves como Mazahua, más bien eres ladina… — rumiando y todo ahí iba la abuelita con el biberón preparado, agarraba al nieto, lo cargaba y le daba de comer, le cambiaba de estación al radio y la mujer le reclamaba.

—Ay señora, quítele al radio de la XEW. Esa estación es para viejitos; póngale a la Tropi Q, a las cumbias; a las canciones de Rigo Tovar —y bien mandona, cargando sus dos nalgotas, a todo lo ancho del cuarto, porque lo que sea de cada quien sí tenía con que presumirlas, fue al radio y le cambio de estación y le puso aquello de: ¡Quítate la máscara, ven a gozar, quítate la máscara, ven a cantar, quítate la máscara, ven a bailar…! Yo nada más cerré mi libro, no podía concentrarme y no podía concretar si la cuñada lo hacía por joder o era así su naturaleza. Mi mamá agarró al escuincle y salimos a la cocina, me dijo:

—Ten, hijo, agarra a tu sobrinito —ahí me tienen, aprendiendo de los frutos del amor, a darle su mamila al Alfredito Diada, la mazahuita no quiso que llevara nuestro apellido Bartolache sino el suyo. Mi jefecita se puso verde pálido y fue a vomitar la bilis al lavadero. Ella con su falda amplia de mil llamativos colores se miraba frente al espejo del ropero practicando algún pasito de cumbia: Ven acércate al muchacho, dale un beso, dale un abrazo, ven que el Rigo está cantando y su grupo está tocando. Y dale y dale con las chanclas hasta que le saliera el paso. La miré de espaldas y descubrí con asombro por qué mi cuñadita tenía esas nalgototas, en cuanto terminó la canción se echó de nuevo en el camastro.

Por eso digo que mi cuñada desde chiquita era güevona y bien gëevona, y no porque fuera indígena sino porque era de güevolandia, todo lo quería peladitas y a la boca. Eso sí se aprendió rete bien la letanía:

—Tu hermano truncó mi destino, me jodió, yo era señorita y se aprovechó de mí —pero lo que no dice es que mi carnalito tenía catorce años entrados a los quince y ella ya iba para sus veinte.

Eso sí, para qué negarle al sol su calentura. Mi hermano en esa época andaba, como dice mi compadre, como burro en primavera: no se aguantaba ni la resolana y claro ella: iguanas ranas, entonces, los dos calenturientos; el hombre es hombre y la mujer dice prestas y Eduviges Diada, quedó embarazada, y no contenta con su domingo siete, se sintió inflamaba por su destino manifiesto. Se negó a abortar cuando mi Mamá le dijo que la ayudaba para que fueran con un doctor. Se sintió ofendida, dijo:

—Creo en Dios y en la Santísima Trinidad y en el derecho a la vida… —y ella no estaba dispuesta a que la hicieran en carnitas, allá, en el infierno.

—Son hijos del Tío Sam —supongo que con eso quería decir que éramos hijos de Satanás, se hincaba llorosa y nos hacía la señal de la santa cruz como si fuéramos los familiares pobres del conde Drácula: estaba poseída, dándose golpes de pecho con un rosario que quién sabe de dónde había sacado:

—¡Cruz! ¡cruz! que se vayan los diablos y que venga el niño Jesús —se retorcía en el suelo, sacando espuma de la boca. Mi mamacita, pobrecita, toda pálida, como la cera de una vela corriente, dijo:

—Válgame diosito santo, esta mujer no sólo es güevona sino está reloca, se me hace que se echa sus peyotitos… —mi jefecita se santiguó con rapidez. Cuando llegó mi padre la miró analizándola y nada más meneaba la cabeza, callado, callado y concluyó con sus pensamientos.

—No vieja, esta mujer de loca nada más tiene la apariencia; se me hace que ya quiere su pensión alimenticia.

Así como he platicado de mi padre, todo tranquilo, responsable, un buen hombre, sin broncas, a toda madre, era un hombre derecho, que meditaba sus decisiones y ya tomadas no lo contaba, lo hacía.

Cuando llegó el fin de año, le buscó a Eduviges un cuarto barato, le dio su caja de ahorros, completito el billete, para que ella pudiera vivir unos meses y le consiguió su antiguo trabajo de sirvienta con un ejecutivo de la Philco: «de entrada por salida».

Pero cuando mi jefe le dijo a mi cuñadita la buena nueva, su cuerpo se convulsionó. Era como si el Apocalipsis estuviera sucediendo. Gritó:

—No me quieren. Se aprovechan porque soy una mujer sola. Se avergüenzan de mí porque soy india y mi piel es prieta.

Mi mamá se enojó mucho cuando dijo eso. Ella estaba orgullosa de su origen, ¡no era de gratis su admiración por el indio zapoteco, Don Benito Juárez!

—Mira muchacha pendeja, seas india o gringa, Dios lo dijo, ganarás el pan con el sudor de tu frente. Y ya te estás tardando para mover las nalgas.

La cuñadita corrió hacia el niño, lo pescó por el pescuezo y comenzó a reclamarle al recién nacido.

—Tú, escuincle, eres el culpable de este infierno —y rájale, que le comienza a exprimir su cuellito. El niño nada más gemía, sus llantos no salían.

Mi padre al ver eso que la agarra por las trenzas y le pone sus buenas cachetadas, pero sabrosas, hasta se escucharon como cantos celestiales, ¡santo remedio!, la mujer se calmó.

Tiempo después mi jefecito me dijo su angustia, mi mamá estaba enferma de tantos corajes, el doctor del Seguro Social le había dicho:

—Tiene principios de gastritis y está muy estresada. Por eso le duele la cabeza y tiene vómitos, no se puede desquitar.

Mi padre con un nudo en la garganta, aguantó la reata.

Por esa razón mi padre corrió a mi cuñada de la casa.

Bara, bara señorita, la pantaletita le agarra la nalga y le da forma.