¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 9 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 9

Mientras, mi hermano conocía las calles por lo redondo y en las esquinas se recargaba como un halcón en la montaña.

Yo creía en el estudio, a pesar de que muchas veces los exámenes de admisión cumplían con su misión; cargarle la desesperanza al desamparado, restregarle su pendejez al apendejado.

—A’i la llevas pero por qué mejor no te inscribes en un Cecati. Ahí aprendes a echar a perder instalaciones de electricidad. Sirve que te electrocutas, güey.

Lo bueno de los CCHs es que los maestros son más alivianados y bien grillos.

En esos años fue cuando mi vida se jodió. Aunque debo decir, en ese momento, pensaba, como Nat King Cole: «La vida es a toda madre». Son esos cabalísticos momentos en que uno anda en sus cincos minutos de pendejez.

Fue la cuarta banca, de la tercera fila, en el salón del primero «c», cuando me enfrenté al vértice de mi destino: ¡El Amor!

Ay, carajo, qué feo se siente recordar: Bara, tara, señito, pantaletas para su bizcochito.

 

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Pero antes, debo decir, el amor tocó a las puertas de mi carnalito: duro y macizo como mandan los cánones del barrio; hasta hubo chilpayate. El güey tenía quince años y ella diecinueve de edad pero aunque era chiquito era matón.

 

El jefe trabajaba en la fábrica de las ocho de la mañana a las cinco de la tarde y saliendo se iba en chinga a pintar casas, malbarataba su trabajo, porque sus jefes de la Philco lo agarraban de puerquito con el precio.

Los días sábado y los domingo, mi hermano y yo lo acompañábamos «a la pintada», como de manera familiar le decíamos a esas chambitas extras.

Pero… ¡lo que es la pobreza! Lo que parecía un esfuerzo por brincar las trancas de la miseria, se volvió la losa de otro drama.

Un día, mi hermanito, el vivo, se enamoró de la sirvienta de la casa del jefe de mi jefe. Ya habíamos ido varias veces y no había pasado nada o no nos dimos cuenta hasta que de repente ese día cuando ya íbamos de salida junto con las brochas se trajo a la mujer. Pero no crean que se trajo a la mujer para gozarla sino para enjaretársela a la jefa de nuestro hogar.

Por qué, cómo, cuándo, a razón de qué, como los monjes tibetanos puras murmuraciones. Mi papá no se la acababa con mi mamá.