¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 43 de 49

Páginas del PDF

¡Pantaletas!

Capítulo 43

—¡Y es el sobrino del Arqueólogo!

—Con razón, sobrino de tigre pintito —me dijeron que dijo la vieja directora.

Así iba labrando su legendario destino el niño Jorgito.

Bara, bara, maestras, para andar del diez, pantaletitas baratitas.

 

43

Pero el tiempo es inexorable, siempre regresa; y los viejos amores, aquellos de rompe y rasga, también.

 

Exactamente el día en que Jorgito fue expulsado de la escuela, se apareció la nalgona de la Chancla. Se presentó plena en el tianguis. Yo vendía las Papayon’s Fashion en el puesto.

Y las vendía porque no había podido levantar un changarro institucional. Fue como un cuento de las mil y una noches.

Cuando me liquidaron todas los meses que me debía el gobierno, inicié los trámites para levantar mi propio comercio establecido. Bien, con hartas ganas.

En esa aventurita burocrática bailaron mis ahorros. El gobierno nada más quiere que uno pague tributo a cambio de nada.

Para empezar, el costo del registro de mi comercio fue el equivalente a cinco quincenas que me pagaba el gobierno. Por el permiso de uso de suelo fueron otras cinco. Por el permiso del anuncio del changarro fueron cinco más; y si lo hubiera querido luminoso, era otra lana. Por la mordida del estudio del impacto ambiental fueron dos porque si me aferró al permiso nunca me lo hubieran dado. Y por el informe preventivo, que no sé para qué madres sirve, me costó lo de tres quincenas. Y apenas eran los primeros días de trámites y ya llevaba cuatro meses de ir de oficina en oficina.

¡Ni madres!, no terminé de pagar estos trámites: cuando estaba en lo del informe de modalidad general y el estudio de riesgo, me doblé para ir por la legal. ¿Sabe por qué? Me dolían las piernas, el ánimo, la paciencia se me había agotado y se me antojaban los taquitos que se estaba comiendo la pinche vieja que atendía al público. Ya los permisos de lo de bomberos, lo de la Secretaría de Salud y lo de aguas residuales nada más fui de entrada por salida en esas pinches, oficinas de gobierno; ni caso hice del registro de fuentes; no sabía para qué era eso. Ya la licencia de uso de suelo cuando se me venciera, el permiso lo abandoné con lo de los planos estructurales, hidráulicos y eléctricos. Y el permiso de la Secretaría de Relaciones Exteriores no me lo hubieran dado aunque hubiera llevado por escrito la bendición del santo papa.

Y aguanté la risa cuando me dijeron que mi negocio tenía por obligación que tener cuatro cajones de estacionamiento. Eso sí, mi pinche frustración la canalicé con el primer burócrata que se me atravesó; agarré al güey ese que me enseñaba la solicitud y me pedía la mordida con su clásica frase: «P's no habla, joven, así no lo va a escuchar diosito». Lo pepené de su corbata y si no es porque se le rompe, hago que sus güevos se le atoren en el gañote.

Cuando salí del edifico de gobierno supe que tenía que irme a chingar a mi madre a la calle. Nunca iba a tener un negocio en regla. Estaba cabronsísimo, pero decidido a vender mis diseños de pantaletas aunque fuera de a poquito en el puesto de mi jefecita.

Posdata: Como dije que yo fabricaba las pantaletas, me dijeron que tenía que dar de alta a mis empleados en el Seguro Social. O sea, otra pellizcada al microempresario.

Por eso, cuando Jorgito tuvo broncas en el College Jesse Helms, pensé que ahora sí la Guadalupana me estaba cargando la mano, pero la verdad, no sabía lo que era amar a la Lupita en tierra de musulmanes.

Fueron los días del come back de la Chancla. Fue una mala invocación. Llegó a su estilo, como un cometa se apareció la nalgona pero panzona, tatuada de los hombros y con un arete en la nariz. Orgullosa, me presumía que iba a tener cuates y que estaba viviendo en el east de Los es; que tenía un comercio en la calle Olvera y que su cucu era bombeado por un mexico-norteamericano y que venía a demandarme porque yo le había plagiado las pantaletas Papayon’s Fashion.

Mi mamacita llegó corriendo. Sin permitir que el resuello la ahogara, me dijo:

—Aguas, no se vaya a querer llevar al niño.

¿Usted cree que llegó preguntando por Jorgito? ¿Usted cree que lo cargó, lo besó, lloró por él, o le trajo un juguetito gabacho? ¡Ni madre! Así como lo oye. ¡Ni madre!

Llegó con sus lentes oscuros y su pelo teñido de pelirrojo; y su viejo, un gordo de un metro ochenta de estatura, como doscientos kilos de peso, la piel prieta, grasosa. Neta, ésa era la estampa de su camote. Típico gringo de origen mexicano: mamón, preguntando que cómo se llamaban los sopes y las quesadillas. Un güey prepotente, grosero; ¡mamila natural! Y no lo digo por celos sino porque estoy haciendo un retrato realista del tipo, es la verdad:

—¿Ser güey ese que me platicas…? ¡Es enano! —le dijo asombrado a la Chancla, me señaló con su dedo gordote, pequeño, alhajado con un anillo de brillantes. La Chancla, como siempre, sin pelar nada.

—Sí, es Maciosare, buena onda… Macs, este señor es mi viejo, Cleofas de La Reguera, el Rey de las pantaletas angelinas —era la misma Chancla de siempre. Pero yo ya no andaba tan pendejo.

—Muchos gustos, Cleee-oooo-faaaas.

Le tomé la mano con fuerza, y dije, Cleofas, alargando a todo lo que dan las vocales con el cantadito chilango. Como que se sacó de onda el güey, porque me dijo:

—Órale, manito, sin mandarse —imitaba bien los ademanes cantinflescos. ¿Son tuyas las pantaletas?

—No, las vendo.

—Quiero decir, si tú hacerlas y venderlas.

—Yes, güey —le contesté caliente.

Fue justo el momento en que llegaron los inspectores de la Secretaría de Hacienda, los enemigos del libre comercio, se veía que se habían coordinado con el gringo mexica:

—¿De quién son las pantaletas…? —les revisaban la etiqueta Papayon’s Fashion.

—Suyas si me las compra —dije, en el peor momento para cotorrear.

—No sea mamón. Las facturas ¿dónde las compró? —dijo el mono de Hacienda, pavoneándose en su uniforme verde. Supe por fin a lo que iban.

Busqué a la Chancla y al gringo prieto. No estaban.

El Matemático se me acercó y en medio de los inspectores me dijo al oído:

—Buzo, te están poniendo de a puerquito. Te etiquetan de pirata. Andan quedando bien con los de Cross Your Panty. Les están limpiando el camino de la competencia.

—¡No mames, mameluco! Ni siquiera los conozco. Y esto es de mi cerebrito — dije encabronado tocando las pantaletas. El Matemático, pelando un fémur canino, me remató como si fuera pariente de Pablo Escobar, el narco.

—Ve a tu jefecita qué chinga le pusieron dizque por vender calcetas de piratería.

—Pues si se las vendieron los que las hacen.

—Oh, si ya se sabe, pero esos güeyes andan diciendo que les roban los trailers con la mercancía para no pagar impuestos y cobrar el seguro.

—Y qué tienen que ver los del Cross Your Panty.

—Voooy, sociólogo, qué no lees los periódicos. ¡Nafta!

Y se iba alejando espantando las moscas, alcanzó a susurrarme:

—No creas, al rato nos va a caer la bronca a los taqueros por el Coronel Sanders.

—Ese güey quién es.

—Kentucky Fried Chicken. Dicen que van a vender burritas de suadero y de longaniza en sus pollerías. Me cay. Que les caiga un rayo en Hacienda si no es cierto.

—Ay, no mames —me reí porque pensé que me estaba cotorreando el Matemático. Se regresó y muy serio me dijo quedito al oído:

—Son órdenes del FMI.

Primero pensé: «Éste ya está delirando». Pero que me vienen los recuerdos de cuando le amarraron las trompas de falopio a mi mamacita por culpa de esos güeyes y luego cuando corrieron a mi jefecito de su trabajo y les rementó la madre a esos ojetes porque dijo que ellos habían dado esa receta al gobierno y entonces me zurré, porque parecía que el gobierno priísta y el del cambio siempre andaban ofreciendo el culo en el exterior a nombre de los jodidos.

Y más grande me salió el pedo cuando el inspector de Hacienda olía mis pantaletas Papayon’s Fashion. Las olía como perro aduanal, de esos que buscan droga en los aeropuertos, luego las volteó y las olió de nuevo, después discretamente las pasó por su labios, las alejó de su rostro, revisó de nuevo la etiqueta Papayon’s Fashion, y me dijo:

—¡Piratería, cabroncito! ¡Te ves con cara de güey, pero eres chingaquedito!

—Qué güey, estás loco: made in Chilelandia, inspiración del camote morado de Puebla —le contesté así porque no supe cómo defender mi honestidad intelectual.

—Esta marca es gringa, está registrada en Los Angeles, California, el propietario es mister Cleofas de La Reguera Smith and Chancla Company Enterprise.

Volteé a mi alrededor, mi jefecita rezaba y rezaba ante la virgencita del Metro. Una multitud nos rodeaba. No me querían quitar al hijo sino el negocio. Qué poca madre.

Uno de los inspectores de Hacienda me interrogó:

—¿Dónde queda esta fábrica de Papayon’s Fashion?

Pensé, pues, ¿cuál fábrica? Si voy sesenta cuarenta con los artesanos de Tianguis tengo.

—¿Cuál fábrica?

Yo lo único que hacía era incentivar la producción en cadena. Este güey pensaba que me llamaba Maciosare Versace.

Todavía pensé en que con una corta feria libraba el hostigamiento gubernamental.

Pero la marca había sido registrada en Gringolandia y yo, por ser un reverendo pendejo, nunca se me ocurrió hacerlo, y para no ser el preso número nueve tuve que dar el resto de mi capital y comprometerme con el gringo mexica a no volver a fabricar las Papayon’s Fashion.

—La piratería es un delito, joven, ¿qué no lo sabe o se hace?

—Pues sí inventé las pantaletas.

—Pinche menso, tú qué vas a tener cerebro para inventar estas pantaletas tan bonitas.

Mi jefecita no se aguantó y le recetó tremendo bofetón al empleado de la Secretaría de Hacienda y agregó:

—Mensa su aduanal madre, mi hijo es más inteligente y estudiado que usted. ¿Usted hasta qué grado estudió?

—Hasta el Ce Ce Ache… —yo creo lo agarró pendejo porque eso le contestó.

—Ahí está, mi hijo es sociólogo, pinche ratero.

Llegó más gente de Hacienda y se llevó toda la mercancía. Yo apacigüé a mi jefecita, no fuera a salir de nuevo en los noticieros de la televisión o en La Cornada diciendo que era de la mafia priísta; rémoras de un pasado dinosáurico. Y firmé la carta donde me comprometía a no fabricar más pantaletas Papayon’s Fashion. Fue en lo oscurito de una camioneta-oficina de la Secretaría de Hacienda. Ahí estaban el gringo y la Chancla para recibir la carta.