¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 44 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 44

Como podrá deducir, pensé, la próxima vez que vea a la Chancla ni tan siquiera voy a voltear a verle el culo.

Vuelta a empezar. La fe es lo último que se pierde. Me acordé de la mística del Carruaje Juariano. El ánimo se me hinchó al recordar aquellas sabías palabras para los ejemplares de la raza de bronce:

—Sí se puede… Sí se puede.

Bara, bara, mujercitas bonitas, pantaletitas para andar sabrosas en el Metro.

 

44

Fue cuando probé otros tipos de amor y el que más me gustó fue al estilo del Avispón Verde. ¡Pica y vuela! Eran días de confianza.

 

Tres mujeres enfila pasaron por mis brazos y a ninguna de las tres les convine. Sólo hasta que un cucu atalayo me reveló el sabor de un nuevo amor.

Pero vamos por partes:

Primero conocí a la Guajolota, una bellísima mujer, gozosa de exponer su descomunal tamalote a los fanáticos de la torta. Y yo debo de confesar mi perversa vanidad: me gustaba ir con ella del brazo y por la calle.

Era un agasajo caminar a su lado luciéndome como su Juan Camaney. Ella invariablemente iba embutida en sus pantalones de licra color anaranjado fosforescente. Los gritos de los choferes de los BMW, Honda y Cadillacs eran los más cargados de ardor:

—¡Qué culote morena!

Lo mejor era hacerse el sordo y muy discreto rodear con el brazo la cintura de la Guajolota, como diciéndole al personal:

«¡Éstas son para acá!»

«Aquellito es para mi uso personal.»

Babosos se quedaban los comerciantes cuando llegaba con ella al tianguis del Metro; el Matemático comenzaba a ladrar:

—Guau, guauuuu…

Nuestro líder nada más gruñía, y hasta ese día se le olvidó pedirme la cuota para comprar los walkie talkie, para avisarnos cuando llegaran los granaderos y tener el chance de levantar nuestra mercancía; ésa fue una de las pocas cuotas que no he dado, mi líder parecía un perrito muñequero.

—Grrr grrr.

A los transeúntes mensos la baba les colgaba como barba, los cigarros se les resbalaban. Yo, la neta, me sentía un cualquier Bill Clinton con su Guajolota Lengüinsky, jugueteando en la sala Oral. Me faltaba un puro, pero que me caiga un rayo si la Guajolota le pedía algo a la Mónica Lengüinsky. De tamalón a tamalón ahí se daban un quién vive; a ojo de buen cubero eran del mismo volumen, y quién quita y a lo mejor la Guajolota le ganaba a la del Partido Demócrata: talla 44 extra large, en forma de mango petacón, plena dentro del canon estético totonaca; por ésta, que yo me sentía su Rey Cacama.

Por eso me gustaba cargármela en la cama, sentir a plenitud la masa de esa talla 44, pidiendo el: ¡vénganos tu reino, señor! En el éxtasis me sometía al sufrimiento del apachurramiento de ese vaivén arrullador. Y ella gozosa se aposentaba en la firmeza de mi amor.

Había una total comunión de los cuerpos.

La bronca fue Jorgito. El niño le ponía los pelos de punta. La verdad, la Guajolota no lo soportaba. Le gustaba tututú tu tu tú y nada de las responsabilidades maternales. Tenía razón no era su mamá.

Un día, Jorgito tuvo una regresión y tiró también los zapatos de la Guajolota a la coladera de la calle. Otro día le vendió las pantaletas, unas especiales que le regalé; se las vendió a una señora que andaba urgida porque había perdido las suyas. La Guajolota no se lo perdonó, le quiso pegar y ahí sí como que no me pareció. Ora sí, como dice la canción fue debut y despedida.

Aunque el tamalón de la Guajolota me hacía hervir, pudo más el cariño de mi beibi.

Y yo como el Avispón Verde volé en busca de otro panal para la miel.

La segunda se llamaba la Chiquis. Tenía el papayón parecido al de la Magda, pero tan sólo fue un intercambio comercial cuando descubrí que era pródiga en hijos; llevaba hasta el momento nueve y pensaba conmigo ajustar la oncena. Francamente le saqué a ser propietario de un equipo de futbol. Ora sí, como dice la canción fue tan sólo un rato de placer.

Me acuerdo que me dijo:

—Me dejas porque subí unos kilos y ya me pasé de jamón, ¿verdad?

No era cierto, el pernil de jamón entre más pródigo más sabroso, le contesté, pero tenía el complejo de las lombrices del tercer milenio: quesque entre más flacas más apetitosas, pero pus cuál, no hay de dónde agarrar. La miré agradecido y le deseé mejor suerte para la otra; a ella le debo haber aprendido a amar y dejar sin dolor.

Y la tercera es la vencida. Llegó como los ángeles del cielo: de porrazo, pero ¿sabe qué?, el amor es una cuestión inexplicable, entra por donde menos se lo espera uno. ¿Se imagina la Biblia como medio de comunicación cachondo?

Le decían la Atalaya aunque era cristiana, porque para la gente todo lo que no es católico es Atalaya.

Tenía un tamalón como Dios manda. Espléndido y recatado. Ostentoso cuando se trataba de apantallar; misericordioso cuando se trataba de amar.

Todo comenzó con la palabra de Dios.

Sí, un día tocó a la puerta. Al abrir, ella estaba ahí con su Biblia, yo la verdad, no le cerré la puerta porque admiré, de refilón, su tamalón, ahí me obnubilé porque cuando razoné yo ya estaba estudiando la Biblia todas las tardes.

Jorgito tenía doce años y ya estaba hecho un cabrón. Iba en sexto año de primaria y se le veían las ganas de no querer seguir yendo a la escuela. Los negocios internacionales eran su verdadera vocación y talento.

Yo, la verdad, la regué porque no supe ver su potencial por andar tras el tamalón. Tal vez, hubiera pedido una beca para él en el ITAM o en el Tec de Monterrey.

Mi mamá, como buena abuelita, era bien alcahueta con él. Le daba mucha cuerda con la complicidad de su viejo el peluquero:

—Déjalo que se divierta, que trabaje en lo que quiera. ¿Para qué lo quieres meter a la escuela? ¿Qué no entendiste tú?

Yo, callado, quería de nuevo iniciar otra empresa de pantaletas para mujeres gorditas con vientre prominente; era un mercado descuidado, casi aseguraría discriminado. Con mis conocimientos avanzados de anatomía, sabía del papel decisivo del vientre en el orgasmo solidario entre la mujer y el hombre; jugaba un papel cachondo: echaba las nalgas para acá, como repisa del Sagrado Corazón de Jesús.

Motivada mi creatividad conseguí una tela de licra singular: cómoda, resistente y de suave adherencia a las contornos de la piel.

Yo diseñé el logotipo de mi nueva marca: un tamal estilizado con las hojas abriéndose. Era como el cuerpo de una mujer haciendo un strip sobre una pequeña mesa redonda, tipo table dance. Mis nuevas pantaletas se llamarían:

«The Tamalon Style», sin acento en la o.

Sólo que comenzó a surgir una bronca:

Por penetrar el comercio informal con The Tamalon, perdí de vista la educación de Jorgito. Las pantaletas entraron sabroso entre las damitas chilangas. Hasta mi compita Salomón quería que uniéramos las dos líneas de pantaletas, Sirenón Style 42 y The Tamalon, para distribuirlas por catálogo. Aseguraba que era un mercado con futuro, y más si diseñábamos nuestra página para ventas por Internet.

Era un mercado diferente al informal y brindaríamos variedad para un mercado internacional sediento de nuestros productos. Él con la talla 42 y yo con la 44.

—Ándale, Macs, yo facturo las ventas al extranjero para que no tengas bronca con tu changarro.

Aquí es donde entra en acción la Atalayita:

—Mire, mister Salomón, no hay que monopolizar el mercado, la competencia es mejor.

—Póngale, Atalayita, pero yo le aseguró que los gringos nos van echar montón cuando lleguemos con nuestra pantaletitas. Son ojeis. Todo el mercado lo quieren nada más para las empresas de ellos. Y más ahora que tienen la patente de la marca Papayon’s Fashion.

—Ay compadrito, por qué no me avisó, le hubiera hecho el paro. Lo agarraron de menso —el compita era a todo dar.

—Sí compadrito, pero ni modo que los de Hacienda me hubieran dejado ir hasta Tecamachalco a buscarlo, ya era tarde.

—Y el celular que le regalé.

—Me lo robaron en el Metro.

Pinche compadrito no quise hacerlo sentir mal; una vez me dijo que me iba a regalar un teléfono celular pero fue pura promesa; nunca me lo dio. De todos modos me gustaba como era conmigo el Salo.

Ahora más me gustaba la Atalayita porque me defendía y así yo podía dedicarme al estudio del mercado informal.

Yo me sentía comprometido con ese sector. Creía contribuir a repartir la riqueza entre los que no tenían ni calzones y eran esclavos del salario mínimo. Al comprarme no pagaban IVA y tenían un producto de buena calidad y barato y que le sentaba a la estética de nuestra raza.

Aunque ahí estuvo otro error. No tomé debida nota de la presencia de Papayon’s Fashion en gringolandia y la conexión con mi Chilpayate y el FMI.

Parece cotorreo, pero cómo todo lo afecta a uno.

Yo ni por aquí me las olía que Jorgito tenía comunicación con la Chancla.

Cuando cumplió los catorce años lo inscribí en una secundaria particular: el Instituto Friedman Boy’s. Estaba incorporado a las Academias Cabal Peniche.

Pero Jorgito me resultó más cabrón que Benito Juárez, y aunque sé por experiencia propia que los estudios sirven para puras pendejadas, en el fondo de la mente de uno siempre hay una pequeña luz que quién quita y con los estudios se brinque la alambrada de la pobreza.

Una noche pasé por Jorge al departamentito de mi mamacita y de su camote, el peluquero. Como sucede en las viviendas o departamentitos de los barrios populares, las puertas siempre están abiertas en el día aunque no haya nadie; pasé y encontré a mi hijo con un ataque de nervios, sus abuelos no estaban.

Ahorita le explico por qué creo que era un ataque de nervios o una depresión: Tenía una calavera en una mano, de ésas que andan rodando en los cementerios, y en la otra sostenía una vela; en la mesa había unos sobrecitos de cocaína, de los que llaman «papeles» o «grapas». Lo curioso era que debajo de cada sobre estaban extendidas unas pantaletas del diseño de las Papayon’s Fashion. Yo, ingenuo, pensé que les echaba talco para que recogieran la humedad, hasta pensé: sacó mi creatividad.

Jorge, sentado en la silla, cosía los sobres haciendo aparecer como si llevaran un kotex en forma de corazoncito. Hablaba en voz alta:

—He ahí el dilema: ¿hacerse rico o seguir jodido? ¿Es más noble sufrir los navajazos y hachazos de la insultante jodidez respetando lo que llaman la legalidad o brincársela en un mar de tiburones que se pasan esa legalidad por los güevos cuando les conviene sin que nadie les diga nada?

O, tal vez, ¿romperse la madre para ver de qué cuero sale más correa? ¡He ahí el pedo! ¿Salir de una buena vez de jodido prendiéndose de la suerte o seguirse pasando de güey y ser por los siglos de los siglos carne de presidio del salario?

Mi niño a los catorce años entrado a los quince era un verdadero emprendedor. Me dolía reconocerlo y tenía miedo; había heredado los ojos fríos de su tío, el Arqueólogo.

Fue cuando me di cuenta de cuán enamorado estaba yo de Atalaya: ¡No ponía atención a mi beibi!

La directora del Instituto Friedman Boy’s me había mandado hablar para acusar al Jorgito de irrespetuoso; él le había dicho:

—Ya pinche vieja guacamaya, usted me tiene que pasar año porque yo le pago y si me voy pierde la casa.

—¿Usted cree?, así me dijo —me decía la señorita directora, con los pelos electrizados; viendo eso adquirí confianza, me descaré:

—Mi niño ha cambiado mucho, maestra, desde que se aficionó a ver los noticieros. Ese vicio lo agarró cuando vio un reportaje de cómo vivía Caro Quintero, el narcotraficante. El niño tendría cinco seis años de edad, estaba chiquito, pero le encantaban los reportajes de la tele donde denunciaban las riquezas que habían atesorado los narcos; ranchos, animales exóticos, autos, mujeres guapas, casas, aviones. Yo hasta creí que quería ser agente de la DEA. Una vez le apagué la televisión y me pateó, tuve que volver a encenderla, maestra. ¿Usted cree?

—¿Y a qué cree que se deba? —me preguntó la maestra muy intrigada—. Si se ve que usted es un padre muy responsable con su hijo —la maestra me veía con ojos disparatados. Me cohibí. Hablé a lo pendejo:

—Me imagino que le interesa ese tema, señorita maestra. El otro día fíjese que Jorgito viendo una noticias de otro narco, me dijo: «Voy a ser como él».

—Don Macs, debería de llevarlo a que le hagan una limpia, quién quita y le saquen al diablo —dijo la señorita maestra persignándose, se sentó en una silla de la dirección, cruzó la pierna, tenía buena pierna; fue cuando me dio curiosidad conocer su cuerpo. ¡Y zas!

—Maestra, ¿no quiere tomar un refresco? —la maestra descruzó la pierna y se levantó de la silla, fue al escritorio. Se me desinfló el entusiasmo, estaba muy deglutida, si acaso talla 30. Le dije con desencanto:

—Oiga, maestra, se supone que en la escuela los educan, les inculcan sus valores y les dan su certificado de secundaria.

La maestra se dio la media vuelta esgrimiendo sus dos razones pectorales para llamar la atención.

—Mire, don Macs, lo de educar a su niño yo le digo de plano que no. Por una razón muy sencilla: porque no soy santa Teresita del Niño Jesús para hacer milagros —me alejé de las razones para no ilusionarla. Y lo del certificado nada más me paga la colegiatura de los tres años y acepto su invitación a tomar un refresco.