¡Pantaletas!
Capítulo 40
—Déme chance, compita, traigo una idea entre ceja y ceja, y pienso ponerla en práctica ahora que me liquide el gobierno lo que me debe.
—Órale, compadrito. Pero ya sabe, cuenta conmigo.
Jorgito dormía como un angelito, Salomón lo besó, se despidió de mi mamá. Yo todavía me quedé en la mesa, agarré un lápiz y papel. La verdad, me sentía poseído por un sentimiento chilango: buscar a la aguilita devorando una serpiente para comerme los nopales y las tunas.
El nombre me vino como una gracia cuando recordé con nostalgia el Papayón de la Magda. Pensé, será un hermoso homenaje:
Sóstenes con el Papayón. Ése es el origen de la marca de pantaletas de mi creación, las que luego me meterían en broncas.
Papayón’s Fashion. Estaba de regreso en el negocio de las pantaletas.
Bara, bara, marchantita, pantaletitas Papayon’s Fashion, a su pura medida.
40
Como decía la Chancla, había llegado la hora de La Libertad de Elegir. Aunque ella con esa filosofía me había parado una santa chingada que me hacía sentir como ropa embodegada por fin de temporada.
En esos días la filosofía del libre comercio permeaba en la gente, y principalmente para los gobiernos de los hijos de la Revolución. En ellos, Don Benito Juárez, nuestro presidente liberal, era el icono de que hasta el indio más jodido puede hacerla y sentarse en la silla presidencial.
Y para que nos fuéramos educando en el espíritu del «empléate a fondo y chíngate al que se deje», las guarderías infantiles de los mercados públicos ahora ya no iban a ser gratis, las iban a dar en concesión a la iniciativa privada para que el gobierno no gastara en ellas y fuera un buen negocio para los listos.
Previsor, pensé en ahorrarme el billete, ya no llevé a mi beibi a la guardería; fui y se lo enjarete a mi jefecita santa, ya no nada más los días festivos sino también los días hábiles.
Como decía el Salo, había que hacer recortes al presupuesto.
Fue el último mes que trabajé de sociólogo en el Museo de Culturas Populares; cuando salía de trabajar pasaba al puesto de mi jefecita para recoger a Jorgito, pero antes cabuleaba un rato con el Matemático.
En los tianguis, las tardes son la hora del cotorreo. Quise empaparme de nuevo del ambiente.
Llegué silencioso al puesto del Matemático para preguntarle en un susurro:
—¿Ya ladran?
—Ya, no manosees el negocio…
Me contestó el Matemático mientras miraba hacia abajo del mostrador. Había una mano que se asomaba, el taquero le dio un filetero.
Debajo del puesto salió un aullido contenido y luego una voz urgida.
—Rápido, al agua caliente para despellejarlo.
—Van a quedar sabrosos los tacos para la graduación de los de Ingeniería.
Sonriendo, el Matemático desapareció cargando un animal ensangrentado.
Atrás del puesto había un gran tinaco con agua hirviendo.
Me estuve todavía un rato, comí unos dos o tres taquitos. Inspeccioné el puesto de calcetines de mi jefecita.
Ahí estaba ella, sin darse abasto para atender la clientela escolar.
Ayudé a recoger los calcetines. Los metíamos en bolsas, y luego las bolsas en cajas de cartón, las amarramos y las apilamos en una carretilla, encima de las cajas colocamos los tubos del puesto.
Nos fuimos tristeando, empujado la carretilla.
En la cocinita de la vivienda de mi mamacita colocamos la mercancía; cenamos.
—Voy a regresar a vender pantaletas, jefecita —le dije.
—Es mejor, qué andas sufriendo, puros engaños con los estudios. Perdóname.
Tomó mi mano mi madrecita santa. El sufrimiento en sus rostro expresaba su remordimiento por haberme obligado a estudiar. No me lo decía, pero pensaba que me había embarcado.
—No se ponga así, jefecita, usted lo hizo porque pensó que era lo mejor para mi futuro.
—Siempre lo pensé así. Me dejé llevar por la propaganda del gobierno. Me duele porque veo a tu hermano lo bien que gana y no estudió.
—Sí, jefa, pero arriesga la vida.
—De policía. Quién iba a creer que de policía se haría millonario —me miró con lágrimas en los ojos. Tomó mi mano, se la llevó a su pecho. Sentí palpitar con rapidez su corazón. Agregó—: ¿Por qué en vez de inventar pantaletas no te metes de policía como tu hermano? Ahí sí tu sociología, de seguro, te ayudaría mucho para que ganes dinero.
Al abrir mi boca mostré mi desaliento: la tristeza del profesionista que sabe que nunca encontrará un empleo mejor que el de policía.
Me levanté para irme, quería estar solo en mi vivienda cuidando a mi hijo; me prometí hacer de mi beibi un hombre con iniciativa, un emprendedor.
Llevaba dos biberones preparados para Jorgito; su alimento de la noche y el de la mañana. Dejé a mi mamá viendo su programa favorito de tele, le gustaba mucho un programa cómico: «Qué Nos Pasa», con el Héctor Suárez criticando transas burocráticas de las oficinas de gobierno.
Cuando me despedí se me quedó viendo un poco triste. Había perdido la fe en su más cara ilusión: mi título profesional. Pero se conformaba, sabía que me estaba encarrerando en el mundo del libre comercio, y que yo era bueno para entender las íntimas necesidad del mercado callejero. Además no me pirateaba los diseños, eran de mi inspiración, como el que le dejé a Salomón. Mi jefecita aceptó dejar la venta de calcetines de Mickey Mouse para penetrar en el mercado con mis pantaletas Papayon’s Fashion. Pensábamos abrir una bonetería, con una vitrina especializada en pantaletas talla 42.
Comenzó a llorar Jorgito; en esos momentos, cualquier pena se nos olvidaba.
—Ya me voy, jefecita, este niño tiene sueño.
—Tápalo bien con su cobijita, hijo… ciérrame la puerta.
—Buenas noches.
—Vete con cuidado —me dio su bendición.
Me iba cuidando de algún atracador, y que me acuerdo: los kleen bebé se me habían olvidado. Regresé a la vecindad remodelada hecha edificio de unidad habitacional.
Para no despertar a mi mamacita, entré sin hacer ruido; me la imaginé en su cama acurrucadita, durmiendo.
En la penumbra, una llamita resplandecía. Era una veladora depositada en la repisa de la Virgen de Guadalupe. Escuché gemidos de dolor. Me espanté.
Agucé el oído; la violencia surcaba el aire. Tuve miedo. Vino a mis ojos el ruido de una correa chocando contra la piel. El dolor re corrió mi cuerpo de los pies a la cabeza. Sudé.
Mi madre, con la espalda descubierta, hincada, se daba cinturonazos, flotaba unos centímetros sobre el suelo, como un péndulo se balanceaba; se soltaba tres cinturonazos en su espalda y rezaba; y de nuevo el balanceo y los cinturonazos y la rezada:
—Acúsome, madre de Dios, Virgencita de Guadalupe, de haber sido una mala madre. Acúsome madre mía de haberle hecho mucho daño a mi hijo. Señora mía. Al terminar la recriminación se daba otros cinturonazos.
Sus cabellos cortos, rayitos de luna, se erizaban; su espalda enrojecida era iluminada por una tenue y pálida luz azul. Vi con claridad cómo su piel era tierra surcada por rayas gruesas, ensangrentadas.
—Señora mía que estás en los cielos, acusóme de haber obligado a mi hijo a estudiar. De engañarlo diciéndole que iba a tener una mejor vida.
Acúsome de ser egoísta y creer en los postulados de la Revolución mexicana, de seguirle la corriente a mi marido y pensar que obligándolo a estudiar lo ayudaba a labrarse un mejor futuro.
Acúsome de haberle hecho creer que con un título profesional brincaría la alambrada social.
Señora, madre de Dios, haz que mi niño encuentre un futuro mejor en el comercio. No dejes que vuelva a caer en las falacias de Pestalozzi, Makarenko, Frei, Comte, la UNESCO y demás demiurgos; no permitas que se ciegue con el estudio, ni se vaya a chingar al Jorgito con semejante tontería; guíalo por el camino de la libre empresa y no dejes que los tiburones gubernamentales me lo acaben a mordidas. Y que su filosofía del changarro pantaletero triunfe en la faz de la tierra, de noche y de día. Ay.
No me atreví a descubrirla. Sentía un escozor profundo anidando en la oscuridad de mi mente. Quise correr y decir: «No mamacita linda y querida, no, la Revolución sí nos va a hacer justicia, ya lo verás». Me sentí impotente, abracé a mi hijo, me acordé de mi padre y prometí que mi hijo sería lampiño, no lo dejaría que tuviera bigotes al estilo de Zapata o de Villa y le dejaría ponerse botas como su tío el Arqueólogo.
A cada latigazo sobre el cuerpo de mi madre, me persignaba, se me enchinaba la piel y las lágrimas se me rodaban. Sentí doblarme, la cabeza me pesaba; pero mi espíritu aguileño no me dejaba. Tomé una firme decisión: desde la mañana siguiente no me peinaría de a rayita, para que mi hijo no tuviera ninguna referencia del Benemérito y para que no fuera a creer que ser presidente era cosa de ser licenciado. La historia lo demostraba: el título se obtiene ya que se va a ser presidente.
A pesar de que ansiaba curarle sus heridas y mitigar su dolor, no me atreví a interrumpirla; sólo veía un cuerpecito lacerado reinando en la penumbra y la soledad de su cuarto. Su espalda lacerada rechinaba de amor maternal. Flotaba y se mecía en las olas de un mar de luz. Rechacé el paño de la Magdalena. Ella de esa manera mitigaba su penar.
Cerré los ojos, me tapé las orejas, cobijé a mi beibi, me oriné en los pantalones, y en la oscuridad de la cocinita imaginaba, con escalofrío, cinturonazo tras cinturonazo sobre su bellísima espalda. Albergué mi dolor con todo mi amor contenido, me arrastré hacia la salida, cerré paso a pasito la puerta de madera sin hacer ruido. Plas plas plas.
Lento corrí hacia el zaguán.
En la esquina pisé la cola de un pinche gato: yo gritaba, el niño lloraba y el gato aullaba; antes de que el felino extendiera su maullido por toda la noche, lo pesqué de la cola y dándole vueltas lo dejé pendejo; lo aventé por los aires, llevaba los pelos erizados, los ojos desorbitados y la cola enroscada.
No me lo van a creer, pero el puto gato cayó parado en la azotea, sus cuatro patas y sus ojos desorbitados se tensaron, quiso seguir corriendo pero le aventé una lata vacía de cerveza, me lo ejecuté en la nuca. Pinche gato, siguió como borrachito sobre la cornisa.
Se encendió la luz de la vivienda de mi mamacita. La voz de un borracho finalizó el ruido: