¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 46 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 46

—¡Estaba!

Tres veces sentí cómo el fufurufo se me frunció, cómo pálpitos me dieron.

Eran de la Procuraduría de la República, se les veía que traían un pedo atravesado, porque…

—¿Desde cuándo no lo ve?

—Uy, pues de repente llega y se va.

—Pero cuándo fue la última vez que llegó y se fue.

—Uy, pues hace como un año.

—¿No ha venido en estos últimos días?

—No, pues si le digo que no pues es que no —me miró feo el poli, entonces aflojé la actitud—: Además si anduvo por aquí, a veces ni nos visita. No es un carnal cariñoso con la familia.

—Eso nos dijeron.

Se rascó la cabeza, dobló sus papeles y se fue con los otros señores.

A la vuelta, en la otra calle tenían un convoy de soldados y de la policía federal. Dicen que los señores llegaron y se fueron en un helicóptero que aterrizó en la plaza del Zócalo.

 

Estaba hecho un pendejo porque siempre pensé que el Arqueólogo era policía de la Judicial Federal y ahora resultaba que era de los contrarios.

Cuando se lo platiqué a mi mamá, ella me aseguró que el Arqueólogo sí era policía y el procurador era un mentiroso.

—Ay, hijito, ni que estuviera loca. Cuando llegaba a quedarse, se ponía su chaleco antibalas para dormir, se quitaba la pistola y dejaba su credencial de policía sobre el buró. ¿No luego le hablaban de la Procuraduría?; y ahí iba a la frontera.

—A lo mejor era su jefe, el Señor de los Infiernos, quien le hablaba.

—No, hijo, venían policías por él, igualitos que él y se emborrachaban igualito que él; todos se vestían como norteños.

Yo sí, todos esos días tuve los güevos en la garganta; ya ven cómo es la policía con esas cosas mientras averiguan; a los familiares les ponen unas chingas. Entonces, por el dicho de mi mamacita y el dicho del procurador llegué a la conclusión de que el Arqueólogo sí era guardaespaldas del Señor de los Infiernos, Virgilio Carrillo; pero también era comandante de la PGR, y se andaban peleando entre todos ellos.

Bara, bara, marchantita, antes de que se me acaben las pantaletitas, baratitas.

 

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Después del susto del Arqueólogo que por un buen rato nos tuvo en suspenso, llegó la calma pero no hay calma chicha que dure cien días ni jodido que se aburra.

 

Y es que en el amor uno siempre espera que ese día sea el bueno, y siempre al atardecer llegan los desengaños del corazón. ¡Ay, ya me volvió a dar el dolor!

Días después llegó la Chancla desde el east de L. A. Se apareció preguntando por su hijo: el hijo que hacía dieciséis años había dejado en brazos de su ex-galán, el Maciosare:

—¿Dónde está Jorgito? Me dicen que le va muy bien, Macs, dónde lo puedo encontrar.

Yo, usted podrá pensar que qué pendejo, pero ahí con esas acciones, qué dice. Se queda uno mudo, hipnotizado por la condición humana.

—No te quedes mudo, no seas egoísta, no le niegues a tu hijo el cariño de una madre.

El interés tiene pies y la Chanclita sabía muy bien el camino exitoso que se construía Jorgito; un jovencito sin los estudios de su jefe y que ganaba muchísimo más dinero que él, el Maciosare; la verdad, mi beibi la estaba haciendo en la vida.

—¿Es cierto que le va muy bien? —con ansias me preguntaba la Chancla.

—Sí, gana mucho dinero —se lo dije nada más para ver cuánto aumentaba de talla.

Revisé el rostro de la Chancla, sus manos, su pelo, su boca; escuchaba sus palabras y las escuchaba tal cual era y tal cual la recordaba.

En el fondo me sorprendí y no me reconocí, al darme cuenta que para nada mi vista había buscado su tamalón. Y eso que traía unos pantalones de licra ajustados, color rojo bermellón: ya se veía ojerosa y cansadona, rozando los cuarenta de existencia. Y como se dice: el tiempo no pasa de balde.

Es más, su Sirenón se me hacía aguado, adelgazado, sin forma; un bofe añejo a punto de cecina de Yecapixtla. Se había achicado hacia los confines de la talla 34; era un tamal oaxaqueño, aplastado, grasoso y plano, había perdido la gracia del tamal esponjoso. Le dije como nunca le había hablado:

—¿A qué chingaos vienes?

—Macs, no me ofendas, vengo por mi hijo. Quiero que se vaya conmigo a Los Angeles, al primer mundo.

Hasta la voz me salió, acá, ronca, de cabrón.

—El gringo oriundo de Aztlán, ya te botó, ¿verdad?

Pero la Chancla era una chancla siete suelas.

—No, Macs, por favor, no era mi viejo: a poco te lo creíste, Macs. No, el señor era el dueño de la Cross Your Panty.

Con su perdón de usted, ofendí a la dama de puro coraje:

—¡Hija de la chingada! O sea que la patente no se te quedó.