¡Pantaletas!
Capítulo 18
Así fue como la primera vez el amor me abandonó. Pero el hombre es el único animal al que le ven la cara de pendejo más de una vez y siempre quiere ir por el desquite…
El maestro Vacunin, antes de irse de fuga con la Chancla, se portó buena onda, a todo el grupo nos aprobó. Fue así como saqué diez de calificación en lógica. Tenía apantallado al orientador vocacional.
Y yo, como me dijo el maestro de matemáticas:
—No te desalientes, Bartolache, en la vida suelen suceder esas cosas, por eso ¡estudia!, para que ganes un buen billete y tengas buenas viejas. Con dinero baila el perro.
Ante estos consejos no me olvidé del amor, había algo dentro de mí que me ardía pero no lo daba a demostrar, seguí adelante con el sueño maternal: estudiar.
Los siguientes semestres fueron un bálsamo para mi maltrecha autoestima. Le eché ganas al estudio, pasé el bachillerato con promedio de siete punto cinco para inscribirme en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Yo creía a ciegas que ahí, en mi Alma Mater, mi raza de bronce hablaría por mi espíritu indómito; aunque fuera asta bandera no se doblaba. Es más, mi jefecita se llenaba la boca con la palabra UNAM. Ahí habían estudiado casi todos los presidentes del PRI.
Decidí estudiar sociología aunque tuve mis dudas porque también me atraía psicología, y más, después de sufrir en carne propia los dolores del alma.
Supe por los cuates que la Chancla se había ido a Cipolite, Oaxaca, con el maestro. Su papá, don Taco Pedroza pagó a unos policías judiciales para que la trajeran cuando supo que andaba nadando encuerada en las playas. Pero…
Durante ese tiempo la Chanclita me mandó cuatro tarjetas postales de las playas de Oaxaca. Una traía atrás unos versos de amor:
Esta noche al contemplar las estrellas solitarias, supe por fin que eres un ser maravilloso.
Te quiero, amor, aunque no lo parezca.
Perdóname, no me olvides, yo volveré por ti.
Cuándo, no lo sé, espérame, te sigo amando. El único ser que siempre piensa en ti.
La postal no traía ni nombre ni firma del remitente. Sólo un inmenso corazón flechado, goteando sangre.
Sentí satisfacción al saber que ella me amaba aunque se hubiera ido con el maestro Vacunin.
Los que no me dejaban ni a sol ni a sombra eran los padres de la Chancla; después de todo el desmadre que me armaron, ahora eran a todo dar conmigo. Don Taco Pedroza me buscaba, me cultivaba, pero luego luego mi mamá captó:
—No le recibas nada a ese señor, se me hace que anda buscando esposo para su hija. Tú a lo tuyo, el estudio…
Mi jefe, como siempre, se reía y preguntaba:
—Cómo está eso de que te presta su camioneta para que vayas a la Universidad y quiere que vayas a trabajar a sus taquerías. ¿De cuándo acá le nació tanto amor, si antes te quería meter a la cárcel? Te quiere capar, hijo, húyele.
La cosa era que hasta la suegra me esperaba en la parada del camión y me tenía preparado un itacate de taquitos. Y dígame, ante tanta amabilidad ¿cómo uno puede ser grosero? Yo se los recibía, le daba las gracias pero siguiendo los consejos de mi mamá, en cuanto veía un bote de la basura los tiraba, no fueran a estar embrujados.
Una vez, para quedar bien con el maestro de matemáticas, le regalé un itacate de taquitos al pastor, le dije que mi mamá vendía en la calle tacos, le di hasta sus bolsitas de plástico con salsita. Cómo estarían de sabrosos los tacos que el maestro unos días antes del examen, me dijo:
—Joven Maciosare, usted es un estudiante brillante, se me hace que va a sacar un nueve de calificación. Yo lo he estado observando y tiene sazón, sabor, y dan ganas de repetir, cómo la ve, cree que sus mamacita se luzca para sacarle brillo a su nueve de calificación…
Créame, yo veía al maestro todo tilico, como si fuera papá de niño desnutrido del África, yo sabía que le pagaban por hora y a veces hasta nos pedía boletos del Metro; soy lento, pero a veces, las pesco al vuelo. Pensé en que mi suegra no me podría decir que no, ¡y como va!, que le digo al maestro:
—Maestro, lo invito a cenar taco, a usted y a su novia…
—No juegues con tu suerte Maciosare, un nueve está bien.
—Oh maestro, es derecha la invitación, les va a dar gusto a mis parientes que vaya a su taquería.
El maestro sonrió.
—Está bien Maciosare, pero sólo nueve de calificación.
Los maestros parecían tener el complejo Vacunin: su novia era otra alumna.
—¿Qué le parece el sabadito alegre, a las ocho de la noche? Nos vemos en la estación del Metro Garibaldi. Ya de ahí yo lo llevo.
Se me quedó viendo, se rascó la nuca y agregó:
—Okey, me saludas a tu novia… —me vio tan triste, creo, que enseguida agregó —: Te estoy bromeando, Maciosare, aguante la risa… Siga estudiando, eres buen estudiante, das el gatazo de menso pero conociéndote a fondo, se ve que sí la haces. ¿El sábado?