¡Pantaletas!
Capítulo 15
«¿Con qué ojos divina garza?»
Con qué gallardía podía enfrentarme a los cálidos y sedientos ojos de la Chancla para decirle mi neta al oído:
—¡No tengo para pagar el hotel!
Y ni modo de pedirle prestado si desde el principio había pagado las coca colas. Aunque me latía que el amor de la Chancla hacia su humilde persona era tan grande como para pedirle que ella pagara el cuarto porque era como si le hubiera hablado el Santo Papa; el pedo froydeano era que yo no me sentía papa.
Así las cosas de la vida, a la hora de la hora, me hacía el occiso ante la Chancla.
Lo cual la encabronaba sobremanera.
Y lo que es el carácter de las mujeres o del ser humano, las trae uno en chinga y ahí andan tras de uno.
En cambio va uno y pide y ruega y lo traen a uno como su trapeador, cacheteando el suelo.
La Chancla andaba querendona y tenía una extraña debilidad con los seguidores de Lenin, le pasaba lo que al perico: que se agacha y por otro poquito se lo chingan.
Fue en el tiempo en que nos metimos de guerrilleros mitoteros. El maestro de Lógica, nos puso a leer El origen de la familia y la abolición de la propiedad privada, de Perico Engels.
Lo bueno fue que me di cuenta a tiempo, si no el que termina bombeándose a la Chancla es el maestro de Lógica; bueno.
Con eso de que decía que el guayabo también era propiedad común, quería frotarle las naranjas a mi vieja como si fuera un silogismo.
15
Me acuerdo: por esos años estaban de moda las canciones de Pablo Milanés y los versos de Mario Benedetti, aquello de que «codo a codo somos más que dos» y era un pinche tentaleo…
Fue un 2 de octubre.
Dos días antes, el maestro Vacunin, nos había invitado a la marcha para conmemorar a los estudiantes caídos en 1968. Los alumnos quedamos de vemos en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, pero el maestrín le pidió de favor a la Chancla que si pasaba antes a su departamento para que le ayudara con unos volantes. La Chancla con espíritu revolucionario se acomidió, es más, yo me contagié, y dije:
—Yo también voy maestro.
El maestro con lógica me desarmó:
—No Macioare, tú te me vas a la plaza de las Tres Culturas para que organices una brigada, tú conoces esos rumbos lumpenproletarios; déjame a tu vieja para que me eche la mano.
Y yo, en la pendeja revolucionaria, dije:
—Okey, maestro Vacunin.
La Chancla, ya luego, en la noche del 2 de octubre, en la plaza, durante el mitin, me platicó el desmadre que armó la aparecida en el departamento de Vacunin.
—Mi amor, llego a su departamento en la colonia Roma… No vayas a pensar mal, por favor amor, por eso te lo platico, para que me tengas confianza… júrame que me vas a creer todo lo que te diga, amorcito lindo; es por donde hay un salón de fiestas, te acuerdas que una vez fuimos a una boda, ahí, sí cariño, pues, al ladito vive Vacunin… ay mi amor, no vayas a sentir feo. Yo llegué bien. Toco y el maestro se asoma por la ventana, ¿tú crees?, cantando, bien zafado:
—Esto no puede ser nomás que una canción, quisiera que fuera una declaración de amor, Chaaancla, Chaaancla…
—El maestro se acababa de levantar. Los pocos pelos que tenía estaban parados, amor; traía puesta una batita a la Mauricio Garcés… ¡Mi amor!, prométeme que no vas a dudar de mí.
Ya, ya, te cuento. El profe estaba raro, los ojos se le colgaban de sus ojeras. Le sonreí, a señas, me dijo: que en un ratito bajaba. Y me sacó su lengua como víbora, dije; «ay, ese maestro parece retrasado mental».
Cuando abrió la puerta le vi todas sus desgracias, amor; sus güevitos parecían orejones de fruta seca y el pito como garfio de capitán pirata. Yo no me espanté, Macs, pensé: «Así son los revolucionarios, olvidadizos, con las cosas cotidianas».
Amor, Vacunin no traía calzones, le vi todo, todito; el prepucio parecía liga guanga. ¡Por ésta!
Bajando las escaleras como si nada me dijo:
—Sube niña Chancla. ¿No vino contigo el menso?
Ahí me cayó gordo, menospreciaba tu I. Q., pero no le dije nada, Macs; me ganó la risa cuando se dio la vuelta, para que lo siguiera, se rascó los güevos; se veía nalgón y peludo.
Me dije: «pinche viejo cochino». Me dijo:
—Hijita, qué bueno que viniste, se me estaba haciendo tarde. —Viéndolo de espaldas sentí que inclinaba su cabeza para verse su picha.
Subí las escalera.
Es un departamento dúplex grande lleno de libros; libros por todos lados, en la sala, en la mesa, en el suelo. Él, al fondo, me hizo señas de que fuera, y yo fui; mi amor, no te vayas a enojar, Macs, cuando terminé de esquivar todos los libros, descubrí que en su recámara tenía más libros. El maestro se me pegó, me dijo de una manera muy dulce.
—¡Qué hermosa eres Chancla! Te pareces a las «Tres Gracias» de Rubens.
Mi amor, yo pensé en ti; pero el maestro me electrizó, me tocó mis hombros y con su aliento en mi cuello, me dijo:
—También te pareces a las Venus que pintaba Titianus; pero más pechugona.
Me reí por vanidad, cariño, no te lo voy a negar. El maestro ni tarado ni perezoso en su recámara me enseñó un libro con los desnudos de Tiziano.
Tenía libros regados por todo el cuarto, me llamó la atención un libro de pinturas chinas, eran cuadros con orgías chinas y otras de hindúes. Quitándome la pena le pregunté por «las Venus» de Tiziano. Quería ver cómo era yo.
El maestro Vacunin con su dedo tembloroso y garriento me enseñó varias fotos a color con «las Venus». Me inflé como pavorreal, Macs. Hubieras visto qué hermosas mujeres había en ese libro. ¡Unos cuerpazos!
—¿A poco así estoy? —le dije en buena onda.
—No mi hijita, estás mucho mejor, eres un belleza del chincuechento… —me contestó con las respiración agitada y su risita revoloteando en su lengua de víbora, sentí como su mano temblorosa se movía por mi cintura y pensé: «Ay, este maestro está crudo, se me hace que bebe mucho»; agarró una almohada y la acomodó cerca de mi espalda.
—Ven, siéntate aquí, mi niña.
Yo me iba a sentar en la almohada pero me ofreció sus piernas. Me senté en ellas y como papá me arrullaba. ¡Pobrecito!, jadeaba. Pensé: «No puede cargarme, le he de pesar mucho». Me dio ternura. Te voy a ser sincera, mi amor, la verdad, sí sentí su pizarrín, puntiagudo; pero me dije: «Ay, creo que se lo estoy apachurrando», por ésta, Macs, hasta le dije:
—Maestro Vacunin si lo lastimo, me quito —pero el maestro, con alegría dijo:
—No mi hijita, si así estás muy bien, sí, cómo no —con su brazos pesó mi cuerpo, de una manera muy sana, Macs.
—Sí te aguanto, Chanclita —y como dando gracias al cielo, agregó—: Ya lo dijo el gran Proudhon, la propiedad privada es un robo, muñequita —sentí su mano larga y huesuda midiendo mis nalgas. Que me caiga un rayo, cariño, si pensé mal del maestro.
—Mira, niña hermosa, te pareces a estas mujeres…
Ay Macs, eran unas mujeres desnudas, muy hermosas, de nalgas redondas, grandotas y sus pechos chiquitos; fue cuando sentí su mano en medio de mis piernas, me asusté, porque ya iba directito a donde me besas. Salté de sus piernas y apreté las mías, sentí mi cuerpo temblar, pensé en ti, mi amor, te extrañaba.
Pero, por estar pensando en ti, mi vida, así, ñango, como ves al maestro Vacunin, me alzó al vuelo y me dobló por la cintura; me empinó sobre la orilla de la cama. Tenía debajo de mi estómago la almohada. Te vas a disgustar, mi amor, pero quiero ser sincera contigo: me gustó estar así.
—No mi niña, no te espantes, sólo quiero conocer por qué vuelves locos a los hombres. Ay, niña, qué redondas y jugosas están. Hermoso es el saber del mundo y bellísima la hospitalidad sobre las que se posan —parecía poeta. Su palabra me daba ardores. Su calor me inundaba. Él quería desabrochar mi pantalón pero estaba metido con calzador; fue por eso que lo dejé, sabía, mi amor, que si yo no quería, no se las iba a aflojar. Tú eres mi Rey.
Me bajó el cierre, fue cuando sentí sus manos sobando mis pezones, ni supe cómo me quitó el brassier; ya no me podía zafar, me tenía bien amacizada; para qué te cuento de su pizarrín, era una cosota que quería romper mi pantalón; entonces comencé a pensar, Macs, en que a lo mejor si me los bajaba no nos reprobaba en lógica. Y…
Tú tienes la culpa, mi amor, ¿cuántas veces te lo pedí? eras un mudo que ni tan siquiera respingaba. Yo me dije, pobre maestro, ha de andar igual que yo, me enternecí y reflexioné: Total, ¿qué tanto es tantito?
Las aflojé, amor, las aflojé para que resbalaran mis pantaloncitos con todo y mis calzoncitos.
—¡Ay ojón! —gritó Vacunin cuando me vio completita, mi amor, me sentí feliz de verlo tan contento. ¿Pero qué cosas son éstas, mi Chancla? ¡Maciosare: un extraño enemigo…!
Ay, amor, yo te quiero a ti. No pasó nada. Te lo juro. Lo que te salvó fue que entró al departamento su esposa, como loca escapada del manicomio; parecía una aparición, traía una pancarta que decía: «2 de octubre no se olvida». Yo toda encuerada la miraba de reojo. Agarró por la greñas a Vacunin y con lógica le pescó su picha. Amor, hubieras visto como sufría el maestro, pobrecito, gritaba con el alma.
Me subí rápido los pantalones, agarré los volantes y que le digo:
—Ya me voy, lo espero en la marcha.
El maestro pegaba chicos gritotes.
Quise ser amable con la esposa, pero la señora estaba ida, bien agarrada de la picha de su esposo, se la retorcía; el maestro con su bata a la Mauricio Garcés, aguantaba la risa, saltaba como danzante y preguntaba:
—Rosa… ¿Cuándo llegaste?
—Desgraciado desmemoriado, te voy apachurrar la picha. ¿No te acuerdas? Dos de octubre no se olvida. Dos de octubre no se olvida.
—Rosa, esposa mía, si ya iba por ti.
—Desgraciado, demagogo… ¿Qué te crees, que la mujer es la loca del mundo?
Y zúmbale, con el palo le pegó a la punta de su garfio; y sangre, lo sangró. Ay amor qué feo es tuvo eso.
Salí a la calle, miré hacia su ventana. El maestro Vacunin estaba apergollado de una de las puertas, su esposa le soltaba palazos sin poderle dar al trasero del profe.
Fue cuando llegó una ambulancia del manicomio de Tepepan. Los enfermeros me preguntaron si había visto entrar a una señora con una pancarta que decía: «Dos de octubre no se olvida».
El enfermero corrió por las escaleras al ver los frutos pachiches del maestro columpiándose de la ventana.