¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 24 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 24

Mi jefe como siempre, relax, expandiendo su presencia, dándoles chance de que desalojaran su histeria. Caminó para protegerme de los manotazos del suegro y de la saliva salpicada de la suegra. Con seriedad papal interrogó al suegro.

—¿Ya acabó? Ustedes díganme para bajarles el stress contra mi hijo —al ver que los suegros se quedaban con la boca abierta, como si les hubieran dicho, engarrótense a’i, siguió. Uno, mi hijo no se casa con la Chancla porque la Chancla se largó anoche con su novio, el este…

—Franki… —le dije, ante el pataleo de los suegros.

—¿Se fue con el marihuano? —exclamó mi suegra derritiendo su enjundia.

Los suegros salpicando la gordura fueron hacia La Casa del Mariachi. Pero el suegro no se quedó con las ganas, de pasadita me dijo indignado:

—¡Cada vez que te veo, te veo más pendejo, muchacho!

Mi madre ardiendo en amor por su vástago no dejó pasar la ocasión:

—Óigame, no, no me lo ofenda, más bien su hija es muy puta.

La suegra se regresó queriendo agarrar por los cabellos a mi je fecita santa.

—Será muy puta pero muy rica para comprarse un marido muertodehambre — le gritaba a mi madre.

—Pero no a mi hijo —mi mamá era una mujer que no se daba tregua para defender lo suyo.

El Taquero echando los bofes sociales contuvo los kilos de su gorda:

—Ya mujer, déjalos, de jodidos no van a pasar. Pinches vendedores de calzonzotes para viejas. ¡Ja ja ja…!

Mi padre encendido pero muy caballeroso se atrevió a darles un consejo:

—No la armen de tos. No estén ardidos. Piensen en esa niña. No es cierto que sea una puta. ¡Pero sí está loquita! Llévenla a que la trate un psiquiatra.

El punto final lo puso el Taquero, dijo cortante:

—¡Chinguen a su madre los tres pulgosos!

Mi jefecita me abrazó, mi viejo abrazó a su vieja, y yo me sentí querido. Después de todo no era tan ingrata la vida.

Bara, hara, muñecas, pantaletas a la media, bara, bara.

 

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Bara, bara, güerita, pantaletitas baratitas para las mujeres bonitas. Era mi grito de guerra comercial. Había descubierto mi vocación: micro empresario en las estaciones del Metro.

 

Las mujeres por fin me adoraban a montones. El amor, pensaba, me iba a sonreír algún día. Yo les daba lo que ellas necesitaban: ¡Comodidad al andar!

El negocio prendió como bolsa de país tercermundista, los capitales me tentaban, pero mi liberalismo juariano me impedía aceptarlos; yo quería ser independiente.

Mi suegro cuando vio la buena se quiso apuntar pero mi jefe preservó la soberanía familiar. Me aconsejó de la manera más cortés, como el último romántico:

—¡Mááándalo a chingar a su madre!, así como él nos hizo en Garibaldi.

Lord Byron, Schiller, Garibaldi, Rousseau de haber sabido de la existencia de mi jefecito, el papá de Macs, les hubiera servido de inspiración.

Yo había heredado su romanticismo. O lo que es lo mismo: ya encarrerado el ratón, que chingue a su madre el gato.

El que sonaba como campanita de Navidad era el inspector de vía pública, andaba feliz como un infeliz cuando se saca la lotería.

¡Puntual pasaba por su ten per cent!, su mochada, su mordida, su pellizcada, su entre. El aceite que engrasa para no desbielar a la maquinaria burocrática.

La calle de la estación del Metro se estaba volviendo el Wall Street de los jodidos; era los puertos de Sidón y Tiro de los descendientes de Cuauhtémoc. Y yo me sentía imbuido por el espíritu del Coloso de Rodas.

El comercio en esta estación del Metro me sonreía, hasta el Matemático me compraba pantaletas para su novia.

—Órale, carnalito, que estén acá, muy sexys, talla 40.

Por la parte de atrás del puesto de tacos del Matemático metían unos animales despellejados que parecían cabritos, los cargaban dos estudiantes de bioquímica, especializados en procesamiento de alimentos, del Instituto Politécnico Nacional. Se reían mientras echaban los animales en una plancha. El Matemático me semblanteaba:

—Vamos viendo mi estudiante de sociología: ¿Crees que a la gente le gusten los taquitos con carne dulcecita?

Yo para no embarcarme, dije que no sabía. Pero él estaba interesado en mi opinión:

—Vamos mi sociólogo, hay que aplicar los conocimientos para mejorar los negocios. No seas gacho.

—Creo que la salsa no se lleva con lo dulcecito.

El Matemático sonriendo aceptó:

—Tienes razón, tengo que bajarle lo dulzón a la carne.

—Gua, gua, gua… —le contesté con risa de complicidad.

—Gua, gua, gua… ay, ojón, ahí te hablan, talla 42 —me dijo, asombrado el Matemático, ahí, con sus formidables echas para acá estaba la Magda.

—A’i nos vemos al rato —dije lleno de contento.

—¡Apúrele, mi sociólogo, haga trabajo de campo!

Doña Magda apareció envuelta entre los rayos del sol de la tarde.

Corrí al puesto como un Juan Diego cualquiera en busca de la Virgen de Guadalupe.

La Magda con su voz celestial me dijo:

—Hola, Juan Dieguito, hijo mío.

—Dime, niña —le dije con mi tilma repleta de rosas del Tepeyac.

—Ya te olvidaste mí —la verdad yo sí creía que me hablaba la Virgen. Me cai, hasta a mis calzoncitos se les aflojó el resorte—. ¿Tienes pantaletas de mi talla? — me preguntó retadora, haciendo pesar la enormidad de su trasero; lo calculé, lo adoré, lo recordé, y dije como los buenos:

—Talla cuarenta y dos.

—Ja, ja.

Como loco me puse a buscar su talla. Gruesas gotas de sudor mojaban mi frente, no encontraba pantaletas de la talla de doña Magda, pensé, qué extraño, debería de haber talla 42.

La Magda orgullosa de su atractivo, me ayudó a salir de la carencia de las pantaletas talla 42:

—Ojo, Macs, dile a los judíos que fabriquen pantaletas talla 42; habernos muchas mujeres que las usamos. Unas porque estamos buenotas y otras porque hay carne para acariciar.

Era cierto, la Magda tenía un culo amplio con una cintura muy bien delineada. Serían las circunstancias o porque agudicé mi atención, pero de repente, junto a la Magda, había muchas mujeres de traseros que ostensiblemente anunciaban la talla 42; eran hermosas esculturas olmecas, zapotecas y otomíes.

—¿Qué vas a hacer en la tarde?

—Tengo que ir a clases.

Yo le quería decir que me zurraba nada más de pensar en su cuerpo. Pero no se lo dije, eh, me lo guardé como muchas cosas más.

Se metió al puesto y me besó. Yo como no queriendo la cosa, muy discreto, apoyé mis manos en sus caderas. La Magda gozosa, me susurró mientras metía su lengua en mi oreja:

—Son tuyas, mi amor —al estirar las piernas para brincar mi mercancía, se delinearon macizas, eran un testimonio de su belleza otoñal. El Matemático, asomándose discreto en su puesto, se reía y hacía señas que estaba muy güena la Magda.

Esa tarde, al ver alejarse a la Magda decidí dejar de amar a la Chancla; a pesar del recuerdo, a pesar de que la nostalgia me decía que había una talla 40 por la cual me la sentía.

Cómo no agradecer a esta estación del Metro las gracias recibidas. Al fin, la veía llegar (la suerte): mantenía a mi familia. Y lo mejor para mi jefecita y para mi jefecito era que ya tan sólo me faltaban tres semestres para terminar mi carrera.

Y entonces trabajaría de sociólogo. Y llegarían los días de andar de traje y corbata y con tarjetas de crédito.

Me preocupaba mi jefe, tenía cuarenta y dos años e iniciaba un nuevo reto: ganarse el pan nuestro de cada día en un taxi. Mi viejo era un corazón tibio y palpitante.

Y es que el presidente de la República nos había dicho, así como si dijera el domingo comen enchiladas, que el país estaba quebrado y teníamos que apretarnos el cinturón. Para salir de esta bancarrota se iban a necesitar cinco generaciones de jodidos antes de que los tataranietos de los jodidos pudieran empezar a vivir un poco mejor.

—O sea, que ya estamos cáete cadáver para el güey ese —exclamaba con amargura mi jefecito. Ahí sentí que se quebraba el joven viejo.

Bara, baratita, muy baratita estas pantaletitas para damas ligeritas.