¡Pantaletas!
Capítulo 12
—¿Te invitó una coca cola? ¡Yo pago!
La frase me agarró a la mitad del camino, en el vértice cabalístico de la tragedia capitalista y la cultura machista; o si lo veo con aquello ojos de adolescente, en el romántico momento del no retorno. Y remató la Chancla con amor.
—En la cafetería podemos estudiar.
Yo nada más seguí caminado rumbo a la cafetería, pero con mi mano derritiéndose sobre su acuosa mano. De reojo miré las manos entrelazadas para ver si todavía tenían forma, ahí estaban, pero el rastro de nuestro camino estaba marcado por un tenue goteo sudoroso. Gota a gota llegamos a las puertas de la cafetería. Me sentía como guajolote en vísperas de Navidad.
12
Así es el amor, cuando uno menos se lo espera ya se está en lo oscurito con el abacho becho de a tranquita.
Muchas veces traté de explicárselo a mi hijo: en el amor nunca se tiene el control, porque cuando no hay amor uno se hace maje; no hay bronca, siempre hay modo de zafarse.
Lo digo por experiencia, conocí mujeres y sentí entusiasmos; me aloqué y fui puntual en las citas; me vestí de pipa y guante y se me caía la baba de lado, pero al estar con ellas no había sensación de «aquí me hago la vasectomía».
Sólo con Ángeles, que así se llama la Chancla, fue distinto, el hecho de que ella haya pagado las galletas, las papas fritas y las cocas no me impactó; en mi situación económica cualquier mujer podía darse el lujo de invitarme un refresco y unas galletas. Fue más bien la química de nuestra miradas lo que nos conectó, para hacer chiras pelas.
El país iba para arriba y adelante, podíamos administrar nuestra riqueza, las familias pequeñas se acostumbraban a vivir mejor y el Rigo Tovar componía canciones que describían a plenitud nuestros sentimientos: Te quiero, dijiste… o las del Príncipe de la canción: José José: Amor como el nuestro no hay dos en la vida… Me influían las preferencias de la Chancla: Qué triste fue decirnos adiós cuando nos amábamos más…
Y yo supongo si no me ciega la vanidad, ella sentía por esta humilde persona: AMOR, con mayúsculas, porque a pesar de todo el daño que nos habíamos hecho, donde se encendió el fuego quedaban cenizas que seguían tiznando nuestros corazones, aunque, la verdad, se anduviera dando el acostón con otros sujetos.
Y las pruebas ahí están. Ella no anduvo conmigo por interés, desde el principio lo demostró, ella fue la que disparó las coca colas.
Eso me conmovió. Agarré a la Chancla, la besé y papas con catsup: Mmmmua, fue un beso de estudiante sin malicia pero aventado, succionador, con la lengua como tranca; sucedió cuando salimos de la cafetería, a la sombra de un árbol, como en los cuentos de Archi, le acaricié la cara y cuando vi que sus labios paraditos sobres y zas. Me dijo:
—Ay, das toques… —y me cai que sí:
En tus manos yo aprendí abeber agua, fui gorrión que se quedó preso en tu jaula… José José se escuchaba en todas partes.
—Perdón… —le contesté muy serio.
Se rio, nos abrazamos, sentí en mis brazos lo que es amar y ser amado en tierra de creyentes.
No dejabas de mirar, estabas sola, completamente bella y sensual, algo me arrastró hacia a ti como una ola, y fui, te dije: hola, qué tal. Esa noche entre tus brazos caí en la trampa, cazaste al aprendiz de seductor, y me diste de comer sobre tu palma toda la canción nos la aventábamos, como si una voz de nuestro interior nos hubiera ordenado: —¡Engarrótense a’i!
El amor al principio es puro corazón de melón, miel sobre Corn Flakes: Que esto mi amor, sí cómo no, mi reina. Que esto otro, sí mi rey como tú digas… ¡Puro verso!
Por eso, esa noche después del beso, a la hora de tomar mi café con leche, me quedé como ido. Ni Gavilán o Paloma, era un pinche pichoncito en casa de sus papás.
Mis Padres, muy serios, me miraban y se miraban. Lo que es la experiencia, se cercioraban…
—Te sientes mal, hijo. Nos has probado tu café…, ya se te enfrió. ¿Es difícil el Ce Ce Ache? ¿O te cayeron de peso las clases…?
La jefa era ducha para percibir el menor cambio en sus hijos. Y el jefecito, todo cansado del trabajo, tirado sobre el sillón destartalado, atento al quehacer de su vieja.
—¿Qué mosca le picó a éste, vieja?
Me sentí contento ante tanta atención, a pesar de que descubrieron mi cara de menso. Los tranquilicé. Hablé:
—No pasa nada, Ma. Es muy diferente a la Secundaria. Acá te tratan como un hombre —al decir esto hinché mi pecho y saqué la quijada para que se dieran cuenta que ya me rasuraba, aunque fuera cada ocho días.
Mi padre con esa mirada que tenía, taladró mi ser de los pies a la cabeza.
—Estás rarito, ni ruido haces… ¿Tienes algún problema? ¿Quieres hablar de hombre a hombre?
Me reí. Tomé un sorbo de café. Me quemé el hocico, estaba bien caliente.
—Ooh… Estoy bien, como Tarzán saltando de liana en liana. ¡Me arde la lengua!
—Quién te la mordió… —exclamó mi jefecito con una sonrisa de complicidad.
—¡Me quemé! Ay mamá, porque no me dices que está caliente el café.
—Ay, muchacho menso —evitó el reclamo la Ma.
—Primero se mete la puntita de la lengua —siguió mi Pa. Qué no ves que hasta humito le está saliendo a la taza…
—Ay, hijo, en qué cabeza cabe darle un sorbo. Oyes, ¿andas de mujeriego?
—Mujer, deja al chamaco. Que vaya aprendiendo… —Pa me miró a los ojos y me dijo—: Está bien, hijo, es bueno; lo malo es que te agarren de bajadita. Porque hay cada canija: es cosa de que te tome la medida y ya no te suelta la rienda.
—No, no, que no le gusten. Todavía está muy chico —refutó mi Mami.
—Tranquilina, mujer, fíjate lo que dices. Es hombre, y al hombre, ni modo, le tienen que gustar las mujeres. Va estar más cabrón que le guste el jamón ahumado.
—Nooo. Óyeme tú. Yo no digo que no le gusten, digo que está muy chiquito para pensar en las viejas, ahorita no está él para esas cosas.
—Mujer, pero si es la edad del puro mole de olla y de los taquitos con tuétano; es cuando lo mero bueno se come a sorbidas.
—¡Grosero! Qué no ves que ya entró a la escuela. Y por andar de baboso, no vaya a estudiar, luego, hasta se quieren casar. Ni Dios lo permita.
—No tiene nada de malo. Tendrá que casarse.
—Pero a su tiempo. Hay un tiempo para estudiar y otro para ser novio y otro para el matrimonio. Y ése, todavía no es el suyo. Ahorita es el tiempo de que le chingue al estudio.
El jefe se rio.
—¿Dime, cuándo va a practicar?
—Ya vas de manga ancha. No escarmientas. No ves lo que le pasó al Arqueólogo, ¡pobrecito! ahorita anda pasando fríos en Chicago.
—Tranquilina, mujer…
—Cállate, como tú no eres quien lidia con las nueras, ¿verdad?
—Te adelantas, mujer, deja a mi hijo que empiece a darle aplausos al amor.
—No, no, hijo, ahorita no estás para novias —mi mami con horror contempló mi cara. Mira qué cara de menso se te está haciendo. ¡Estudia!
—Mujer, si nadie le está diciendo que no estudie, lo que tiene que aprender es a andar con las mujeres y estudiar, son sus tiempos de escuela y muchachas, que las conozca, para que no lo hagan maje.
—No, mi hijito, no te vayas a volar con ninguna hasta que termines tus estudios, entonces te vas a encontrar una mujer de tu profesión.
—Yaaaa, vieja, no veas tantas telenovelas. Si el muchacho no es pendejo. Bien sabe que dos más dos son cuatro.
—Ay hijito, lo que es la vida: quién me diría que en tu primer día de Prepa ibas a regresar amolado.