¡Pantaletas!
Capítulo 29
—¡No la dejen caer! Dios Santo, Ave María sin pecado concebida.
El piso se comenzó a mojar, primero como si estuviera chispeando y luego a cántaros, el ataúd se iba resbalando entre las cabezas de la gente y, de manera milagrosa, solito llegó al interior de la carroza.
Todos se hincaron y persignaron. La gente empapada lloraba, por fin, los «ayes», se sentían netos:
—Jefecita, ¿por qué nos abandonas? Jefecita, Dios te reciba en su Santa Gloria.
Fue cuando el Chano se dio un santo madrazo contra el pavimento. Me hizo saltar, creí que me salpicaba la sangre de su cabeza. Se oyó meco y seco, pero no tenía nada el güey.
—Joven —me dijo una vocecita— déle a oler la cebolla.
Lo hice como lo hubiera hecho mi jefe: se la restregaba entre hocico y nariz. El Chano se quedó quieto queriendo guacarear; guacareó, terminó y limpiándose la baba con la manga de su saco, me reclamó muy serio:
—Ya, bájale a tu entusiasmo, mi buen, voy a vomitar otra vez.
Miré los pétalos del suelo, las sillas de lámina arrumbadas, la vieja calle de Roldán lodosa, estaba meditabunda como en tiempos del tezontle y la cantera; los tiempos de la Llorona: «Ay mis hijos».
Bara, bara, marchantita, para apantallar a su viejo, pantaletas a su medida.
29
A veces el amor nos hace cometer cada pendejada, que cuando se cuenta, a uno no le queda sino aguantar la risa, de la pura pena.
La vida no se detiene. Mi mamacita ya caminaba y trataba de conformarse, atendía el puesto de las pantaletas mientras yo iba a la Universidad. Le platiqué mi pacto para fabricarlas en sociedad con Salomón. Se rio de buena gana, y preguntó:
—Ya registraste tu idea.
—No, jefecita, el Salomón no es transa, es cuate; además, va a poner el dinero.
Se conformó. Qué feo es eso de no tener certezas: no sé si a mi jefecito se lo echaron o algo le pasó y anda por ahí sufriendo.
Mi viejo, que en paz descanse, realmente no era grande, todavía hubiera podido dar mucho de sí, es más, sentí que por eso andaba deprimido: se descubrió vigoroso, con un mundo por delante y una vida de atrás que no le satisfacía.
Sentía haber perdido todos estos años. Vi esa sensación en sus ojos, su deseo de que yo no cayera en esa trampa.
Realicé un sondeó del gusto femenino por las pantaletas «Sirenón Style 42» en la Universidad. Primero en el patio de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, y después en el corredor de la iniciativa privada, atrás de Odontología, por el Metro Copilco.
Muy discreto, al lado de un puesto de libros puse mis pantaletas como banderolas universitarias, colgué varias en las ramas de un árbol; enfrente había un puesto de playeras con imágenes del Che Guevara y John Lennon; en el changarro siguiente vendían tacos de cochinita pibil y panuchos.
Las pantaletas para las mujeres gordotas tenían magia, nacieron con buena estrella. Poco a poco como las abejas al panal, la mujercitas recatadas comenzaron a querer su probadita. Algunas chavas hasta me las pidieron con un corazoncito estampado en el frente y otras más aferradas con la lengua de Mick Jagger.
Pensé en abrir una línea de complacencias y comprar una maquina para imprimir calcomanías. La inspiración del emprendedor se me fue. Qué cree, rumbo al Metro Copilco ¡que veo unas señoras nalgas!, a ojo de buen cubero, casi talla 42, escandalosamente retacadas en unos pantalones de mezclilla y sostenidas por unos enormes zapatos de plataforma. Me quedé pendejo, y más cuando las olí, de inmediato me dije, ese aroma lo conozco, cuando la chaparrita volteó, ¿quién cree que era?
¡La Chancla! ¡La Chancla! ¡Era la Chancla! ¡La Chancla disfrazada de estudiante de Ciencias y Técnicas de la Comunicación! Caminaba con un güey muy trajeado, chaparro, gordo, calvo, de lentes y barbón, iba muy colgada de su brazo. Pensé:
«Ésta es capaz de andar estudiando la Licenciatura en los Mass Media.»
—Qui’hubo, Macs. ¿Que ahora vendes pantaletas? —me lo dijo con tal ternura, que cualquier objeción o coraje se desvanecía ante tanto interés. Mira, Macs, te presento al Maestro Aguilar, Enrique Aguilar, es escritor, me da clases sobre el arte narrativo de Gustavo Sainz, el humor en los libros de Gabriel Careaga y los caminos secretos en la poesía del doctor Nandino —yo quería detener su catarata verbal pero siguió poseída por el anuario de Bellas Artes—: Dice que me va a echar la mano, conoce de atrás tiempo al emérito maestro Salvador Mendiola, generación 50's, autor de: «Abre la boca, cierra los ojos y saca la lengua». Era la novela que nos recetó el maestro Vacunin —yo nada más le veía el culo sin poner objeciones a sus preferencias literarias. Al levantar la vista choqué con la mirada babeante del profe Aguilar, mirada que nada más calculaba el peso de sus cosotas. La Chancla seguía hablando—: El maestro me va a ayudar en mi tesis sobre estas obras de «la generación de las islas».
—¿Entonces ahora qué estás estudiando? —le pregunté.
—¿Yo? Yo quiero ser periodista, como Lolita Ayala.
Aguilar se mesó las barbas y calificándole sus poderosas razones, no dijo que no. Más bien se afirmó; porque el maestrito ese la agarró por la cintura. Yo pregunté nada más por joder; no que estuviera celoso: