¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 45 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 45

Acepté más por obligación paternal que porque me conmoviera su talla 30, la verdad no tenía de dónde agarrar jamón, pero di mi cien por ciento, el plus.

Así fue como ya no fue a la escuela Jorgito y terminó su instrucción secundaria en el Instituto Friedman Boy’s. Con mucho sudor le conseguí su certificado de secundaria e iba contento a dárselo; fue la tarde en que vi cómo Jorgito diseñaba las pantaletas kotex; eran de exportación, las acomodó en una caja del servicio aéreo para el east de Los Angeles.

Bara, bara, señoritas, pantaletitas para andar a la moda, baratitas.

 

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Mi beibi la estaba haciendo en grande y yo por tener un tamalón a mi lado: talla 44 justo y sabroso, no me di cuenta que los hijos de repente se vuelven hombrecitos.

 

El Matemático fue quien, muy acomedido, me enseñó el periódico, era el Reformón; porque el Matemático, aunque es de Chalco, un municipio conurbado de Tenochtitlan, siempre ha querido dárselas de otra clase social, burgués, por eso leía ese periódico.

Ése y el periódico La Cornada, cómo nos tiraban. Por eso ni La Cornada quería leer, parecía que esos reporteros nada más al vernos, a los ambulantes, en la calle, se les aguadaba el resorte de sus trusas, argumentaban que destruíamos sus tesoros artísticos; como si cada piedra de esos edificios no nos perteneciera y no estuvieran empapadas de gotas de sangre, sudor y lágrimas de nosotros y de nuestros papás y de nuestros abuelos y lo serán de nuestros hijos. Porque cuando se les acabe su juguetito se irán con su conciencia a jugar por otras causas perdidas que estén de moda.

Y no es que odie a los revolucionarios porque el maestro Vacunin me quitó a la Chancla y se la llevó a Cipolite, o les tenga tirria a los burgueses porque no me dieron chance de trabajar en el Banco de México.

No, lo que me caga es que siempre creen saber qué es lo mejor para los jodidos, aunque uno no esté de acuerdo con las recetas de ellos; se parecen al FMI y al BM. Y nos paran cada chinga en nombre nuestro que yo mejor paso por abajo y que digan misa desde su capillita; como si hubiera empleos en otra cosa para tragar más o menos, antes al contrario, cada año hay menos empleos estables.

En 25 años la zona de fábricas que había en Nonoalco-Tlatelolco bailó con la reconverción industrial y la globalización. Era a donde iba a trabajar mi jefecito. Ahora es un barrio quebrado, sólo los rateros se atrevían a vivir ahí hasta que han ido construyendo unidades habitacionales para la gente pobre, y ya se están formando tianguis con puros vendedores callejeros. Y las fábricas que existían al poniente de la parte vieja de la ciudad, por San Lázaro, igual ya no existen; ahora está la Cámara de Diputados, calles repletas de vendedores ambulantes y un montón de rateros a las entradas de la estación del Metro Candelaria de los Patos.

Por eso me cae gordo el Matemático porque siempre está dando las nalgas.

Hoy la moda de los gobiernos de derecha o de izquierda es desaparecer a todo jodido que obstaculice su proyecto de ascenso al poder. Y quieren dar una buena imagen ante el FMI y los capitales golondrinos; ser respetuosos de una «legalidad» que ellos diseñaron para sus intereses. ¡Bien verdolagas que son!

Toda esta pinche vomitada se me vino a la mente porque leyendo el periódico del Matemático encontré subrayado el nombre del Arqueólogo, decía, que decía el New York Times, que mi carnal era testigo protegido y había delatado las relaciones de políticos y funcionarios del gabinete del presidente, y de artistas famosos inmiscuidos en el narcotráfico:

Pensé: «¡Otra vez los pedos!».

Seguía el periódico diciendo que mi carnal era guardaespaldas del Señor de los Infiernos y que había sido policía.

Eso yo ya lo sabía, pero resulta que el señor procurador de la República decía que no era cierto que, mi carnal, fuera policía y para acabar pronto el Arqueólogo estaba loco, era un mitómano. Por tanto, lo publicado por el New York Times era delirante, principalmente lo de los funcionarios y políticos inmiscuidos en el narcotráfico. Aquí, todos en charrolandia éramos decentes y trabajadores desde tiempos de la Revolución de Mexiquito; contimás ahora que nuestro neoliberalismo triunfaba a favor de las clases más jodidas.

Eso sí el Arqueólogo era testigo protegido de la Procuraduría pero todo lo que dijera era cuento de un paranoico, un psicótico, un maniaco depresivo, un individuo perverso que se le habían aflojado las tuercas del cerebro. Explíqueselo usted, porque yo esta situación no la entendía: mi I. Q. se quedaba babas.

Yo tan sólo sabía que era policía. Era todo lo que sabía de mi carnal, el Arqueólogo. Y como los del gobierno siempre andan diciendo mentiras, concluí que lo que había dicho el Arqueólogo era verdad.

Fue cuando llegaron unos monos de traje y con papeles en la mano y como cien monos de casco, careta, botas, chalecos antibalas, metralletas, y con las jetas ocultas con pasamontañas como la del supcomandante Marcos. Me preguntaron:

—¿Usted es hermano del Arqueólogo?

Y yo con el culo fruncido y la lengua seca por andar de hocicón, les contesté al llegue, nada más para apaciguar el miedo:

—Sí, ¿cómo está? —entonces respondiéronme: