¡Pantaletas!
Capítulo 19
La bronca fue después con la suegra. ¿Cómo hacerle para que no se me alocara y me viera cara de yerno? Ya el suegro quería que fuera con otros policías en avión hasta Cipolite para convencer a la Chancla de que yo era el bueno.
—Déme cinco al pastor…
—Ocho de lengua…
—Échele más chile.
—Señor, tres de sesos y dos de machitos y cinco de maciza… y uno de longaniza.
Lo que sea de cada quien tenía fama su taquería.
—Mire señor, si ella me quiere regresará… si no, pues no. A fuerza ni los zapatos entran —yo le dije así al suegro para que no alimentara falsas ilusiones.
—Sí mi hijo, pero la Chancla es una mujer que necesita que le jalen la rienda. ¿Me entiendes? Hay que mostrarse hombrecito —estos consejos me los daba mi suegra.
El suegro de reojo manejando las tortillas, me dijo:
—¿Cuál es el milagro de tu visita?
Yo me saqué de onda.
—Nabor deja en paz a Macs, no está maleado, es un buen muchacho. ¿A qué vienes, hijo…? Tráiganle un refresco al joven.
—Quería pedirles un favor, señora…
—Lo que quieras, hijo…
—No pidas, bien sabes que ésta es tu casa… —remató el suegro— pero ¿sigues estudiando, verdad?
—A eso vengo, es que le convidé de sus tacos a mi maestro de matemáticas y le gustaron un montón y para quedar bien con él, lo invité a cenar a la taquería, pero…
—¿Te va a pasar año? —me interrogó el suegro como si estuviera haciendo cuentas.
—Ya me pasó con nueve.
—Perfecto, mi hijo, tráelo. Ésta es tu casa, aquí lo agasajamos.
Yo nada más vi a los padres cómo me miraban y sentí que querían a un licenciado en la familia. Sólo alcancé a decirles:
—Gracias… —con una cara de pendejo que reflejaba las ilusiones de amar y de querer ser licenciado en sociología.
19
Bien dicen que el tiempo cura las cicatrices. No me lo va a creer pero hasta taquería tenía a la salida del Metro y todo por saber amar…
La familia de la Chancla, lo que sea de cada quien, me apoyaba en todo lo de mis estudios. Con decirle que hasta mi mamacita dio su brazo a torcer; le caían bien los taqueros. Aunque al principio se opuso a que yo tuviera mi propio puesto de tacos de suadero patrocinado por los suegros; al rato hasta ella preparaba las salsas a puro molcajete.
Sólo mi jefe, como siempre, guardando distancia; pastoreando a la familia por el buen camino; por donde nos la lleváramos cachetona. (La vida.)
—Ahorra, Maciosare, no sea que te vayas a rajar con la Chancla y te quiten el puesto. Yo ya no te puedo dar todo lo que necesitas para la escuela. Están corriendo a los más viejos de la fábrica. Van a cerrar, ya no se venden las televisiones de la Philco, todo lo compran de fayuca, pero tú vas por buen camino. A tu hermano también le va bien con sus trácalas y chanchullos.
—Pero no reparte, jefe —le dije airado—; todo para su santo.
—Conque no nos venga a pedir y no le dé preocupaciones a tu madre, me doy de santos. Ya ves que va a entrar a la Policía Judicial Federal
Mi jefe quería un chingo a su vieja y vivía para ella, no le había podido dar la vida que él hubiera querido pero la procuraba en todo. No lo quería decir, pero sus planes de jubilarse en unos años andaban bailando con la más fea.
Chinga para el viejo, acababa de cumplir cuarenta años.
—Va a estar difícil que consiga otro trabajo. A lo mejor con lo que me den de liquidación pongo un negocio ¡o un taxi!
Me sentía impotente. Él no se sentía así, pero estas cosas lo hacían sentirse viejo en el trabajo. Yo no lo veía viejo. Con rebeldía exclamó:
—Esos hijos de su puta madre del FMI le ordenaron al gobierno que nos corrieran de nuestros trabajos. Están quebrando muchas fábricas, otras las cierran y las llevan fuera de la ciudad; las demás se están volviendo comercios, ya traen todos los productos hechos.
Me sonaba el FMI, como que alguna vez lo escuché de niño, pero no me imaginaba las madrizas que nos podían parar a los jodidos.
Una tarde lo vi llorar en la calle. No me dijo por qué. Traía un sobre amarillo en sus manos, me enseñó un cheque. Ya ni las peleas de box le gustaban, decía que ahora eran arregladas y que no había tan buenos boxeadores como antes:
—Un Cassius Clay, un Rubén Olivares, un Carlos Ortiz, un Carlos Monzón, un Mantequilla Nápoles.
Ahora en lugar de comerse sus tortas con jamón, venía a tristear al puesto de tacos. Le gustaba cobrar y escuchar en la radio «El Fonógrafo del Recuerdo». Programaban boleros con cantantes como Julio Jaramillo, Virginia López, Javier Solís, Pedro Infante y los de la Sonora Santanera, luego se ponía moderno y escuchaba «Los grandes años del Rock and Roll»: Cesar Costa, Enrique Guzmán, Angélica María, Alberto Vázquez, era cuando sonreía con su vieja. Pero su modo silencioso se volvió mayor.