¡Pantaletas!
Capítulo 36
Sobra decir que, así, sin quererlo, la Chancla quedó embarazada.
Ahora que lo cuento, me explico el por qué cuando ando triste me tenso.
Por nombre le pusimos Jorgito al niño.
Bara, bara, muñequitas, ya llegó el uyuyuy de los motorcitos v8. Baratitas las pantaletitas.
36
La vida es así: primero hay dos personas que se cogen cariño y luego hay un tercero que los une; pero también es así: la Chancla, al primer mes de dar a luz, me botó el biberón y ni tan siquiera me dijo good bye.
El embarazo fue una bronca. Y no por la Chancla que, hasta eso, resultó buena paridora. La bronca fue el dinero.
Mi mamá, ahora, vendía calcetines, decía que salían rápido y más los de Mickey Mouse; pero cuando Dios da hasta parece gandalla: llegaron los granaderos y los de la Policía Federal y levantaron a todos los vendedores de la estación del Metro.
Mi madrecita lloraba en silencio. Su rabia era imparable, decía que llegaron los granaderos, la agarraron del cabello, la arrastraron por la banqueta; por no querer soltar sus calcetines del ratón Miguelito.
Pero diez cabrones con garrotes y escudos pueden más que una señora; dos patadas en los costados le sacaron el aire y soltó los calcetines.
Mi mamá salió esa noche en los noticieros de la televisión. Era señalada como una amenaza a las finanzas sanas del país; sus actividades restaban confianza a los capitales financieros de Wall Street.
Georges Soros podría temer invertir acá y todo por culpa de mi jefecita y sus calcetines de Mickey Mouse.
Los líderes empresariales la acusaban de no pagar impuestos. Los intelectuales aconsejaban que si el país quería ser del primer mundo, había que respetar la leyes y castigar a los transgresores. Los partidos políticos que accedían al poder la veían como «un emisario del pasado». Y rájale, se veía clarito cómo mi jefecita era arrastrada de sus greñas por toda la banqueta. La traían como escoba de barrendero municipal.
El reportero mostraba las pruebas del delito: unas calcetas de Daisy y unos calcetines del ratón Miguelito.
—Piratería, evasión de impuestos, venta de mercancía robada, ataque a las vías de comunicación, daños al patrimonio cultural de la nación. Ésos son los delitos que a diario se cometen a las entradas del Metro; además atentados al medio ambiente y destrucción de monumentos históricos. El gobierno ha dicho que México es un país de leyes y que éstas se harán respetar cueste lo que cueste.
A esta señora, así como la ven, se le decomisaron quince mil calcetines de la marca Walt Disney, se cree que fueron robados de un trailer en la carretera a Nogales, Sonora.
Ella, informaron las autoridades, es pieza importante del cártel del Ratón Miguelito, peligrosa mafia dedicada al robo de trailers en las carreteras.
Mi mamá sólo exclamó:
—Mentirosos, sólo eran cincuenta pares de calcetines y me los vendieron en la fábrica donde los hacen. Ya ves que no pido factura, porque si la pido me cobran el IVA. ¿Tú crees que si fuera cierto me hubieran dejado ir con una multa por ensuciar la calle?
Colgué mi título y me puse a trabajar en serio.
Me jodía ser honesto conmigo mismo: me veía en un espejo y aceptaba, tenía la cara de güey cansado; quería vomitar.
Al anochecer, cuando llegaba a la vivienda de la calle de Sol, era como llegar con Soledad. La pinche Chancla nunca estaba; y no había con quién doblarse del dolor. Cuando no andaba en los puestos de tacos de su jefe, decía que andaba reporteando para La Voz del Ajusco.
Era una pingüica con demasiada cuerda, ya estaba bien panzona, y sólo llegaba a dormir seis horas; quería comerse el mundo como fuera y a la hora que fuera.
Y para acabarla de chingar, mi suegro, el Taquero, cómo chingaba con que cuidara a su futuro nieto, la prolongación de su raza.
De repente para quitármelo de encima le aceptaba algunos billetes. No crea que me hacía el encajoso, no, nada más era para hacerlo sentir bien.
Cuando el suegro me preguntaba dónde andaba la Chanclita, yo le decía que había ido al doctor. ¿Para qué quejarme o balconear a la Chanclita? Nada más sería amargarle el orgullo del nieto y nos hubiera levantado la canasta de su solidaridad paternal.
Me da pena contarlo, pero el día que le agarró la prisa a la Chanclita andaba entrevistando a un funcionario de la Secretaría del Medio Ambiente, en el Aeropuerto Benito Juárez.
Y ya sabrá, el puro numerito… otro poquito y da a luz en pleno Anillo Periférico.
Ahí tiene que cuando la llevaban en una camioneta de la Secretaría de Hacienda desde el aeropuerto al Hospital de Perinatología del DIF, el que está por Lomas Virreyes, que los detiene una marcha de protesta de los maestros; querían aumento salarial.
Eran un montón de señoras, maestras de Oaxaca. Estaban en plantón a mitad del Periférico. La Chancla se espantó porque comenzó a escuchar lloros como de bebé.
—¡Cuñá, cuñá, cuñá…!
Y sin decir agua va, los granaderos rodearon la camioneta donde iba la Chanclita. Más se espantó. El asfalto se cimbró cuando los granaderos marcharon, sus botas brillosas rechinaban. Los lloros se acentuaron:
—Cuñá… cuñá… cuñá…
La Chanclita con trabajos se comenzó a ver en medio de sus piernas si se asoma Jorgito, pero no.
Y de repente. Un arrastradero de maestras. Un montón pasaron por la ventanilla de la camioneta, todas llevaban un biberón con coca cola e imitaban el llanto de los bebés.
Fue cuando la Chancla tuvo otro aviso.
Ya Jorgito quería asomar la cabeza, pero la Chancla todavía no quería que su bebé viera la luz del mundo en ese momento.
Fue cuando creyó zurrarse pero no… era una motocicleta desvencijada, de un cobrador o abonero de las lavadoras Cinsa.
La Chancla como entre sueños alcanzó a escuchar al hombre de la vieja Carabella:
—Si se aguanta, seño, la puedo llevar atrás…
La Chancla, sudando, dijo:
—Como va, abonero, que ya se me quiere salir el producto de mi amor.
La Chancla sentía la cabeza de Jorgito sudando por asomarse cuando la acostaron en una camilla del hospital.
Yo a esas horas ni en cuenta. Estaba en la solitaria estación del Metro, estábamos rodeados de granaderos que impedían vendiéramos pero ya nuestro líder se había apalabrado con sus jefes; ellos estaban ahí para la foto de los periódicos, parecían estatuas de sal comiendo tacos. Con ellos el puesto de tacos del Matemático era un éxito.
El Matemático se asomó, me hizo señas de que me hablaban por teléfono.
Contesté, eran los del Hospital.
Cuando colgué el Matemático me preguntó:
—¿Qué fue?
Yo, la neta, con una sonrisa de oreja a oreja, como si fuera la órbita del Haley, le dije:
—Machín, mi buen. Machín…
Y en ese instante que llega mi sobrino Alfredito… Me asusté… Por ésta…
Sin que me viera mi sobrinito me escondí debajo del mostrador, me hinqué, comencé a darme golpes de pecho con convicción:
—Sébalo, sébalo, diablo panzón, sébalo, sébalo, diablo panzón… —el Matemático, riendo me decía: