¡Pantaletas!

Armando Ramírez · Capítulo 32 de 49

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¡Pantaletas!

Capítulo 32

—¡Ay güey! ¿Y volverá a irse?

—Nooo’mbre, ya maduró.

—¿Estás seguro? —insistió solidario. Aunque, lo que sea de cada quien, Salo dijo que «El que por su gusto muere, muere a gusto del susto».

—Socio, ahorita no tengo dinero, me agarras ahorcado, porque ya ves que invertí para aumentar la producción de las pantaletas, pero de cuates te voy a dar unos abonitos de retirada —sus ojos comenzaron a sonar como caja registradora. Es más, te compro el puesto…

Yo pendejo pero abusado a la hora buena pensé en mi jefecita:

—No, compadre, es de mi jefecita…

—Okey —Salo se conmovió, me dijo y lo cumplió—: Yo soy el padrino de la boda. Pongo el vestido de novia.

—Con una condición, mi Salo…

—Cuál, Macs.

—Que seas el padrino de mi primer beibi.

—Está bien.

Me dije: Perfecto. Tengo quién responda por el futuro del vástago.

La reverenda cagada estaba consumada. Me cai que si hubiera habido Pepto Bismol ni con eso dejo de cagarla.

Pero yo no me di cuenta de la regada hasta que fui a pedir trabajo como sociólogo.

Bara, bara, comadrita, pantaletitas para su bizcochito bien bonito, baratitas.

 

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Lo más gacho de los amores a destiempo es el cortón y el desengaño que viene de atrás tiempo.

 

¿A dónde cree que fui a pedir trabajo? ¡Al gobierno!

Y no fue fácil; pasaron un montón de meses antes de que consiguiera una plaza de investigador abonero en el Museo Nacional de Culturas Populares.

Eso no fue lo menos peor.

Lo más gacho era darme cuenta que ganaba la cuarta parte de lo que sacaba vendiendo pantaletas en la calle.

Ante tan magro salario me calenté como granizo y me derretí en un viejo sillón burocrático, porque son unas chinguitas eso de estar sentado sin hacer nada; me entraba una desesperación en las nalgas por salir corriendo del mentado museo que nada más uno se está rasque y rasque el cicirisco.

En esa época había un mono que le decían el Chiquitín, doctor en antropología social, quesque andaba haciendo un trabajo de campo con las inditas de La Merced; eso, sin contar los arrempujones que les daba a las más bonitas.

Por el resultado de esos trabajos concibió una exposición con sus objetos culturales: las indígenas, a quienes con ingenio les puso un apodo muy pegador en los mass media: ¡Marías!

Para esto debo decir que en ese Museo todos eran unas luminarias académicas. El señor director tema un doctorado por su estudio psicocultural «sobre el impacto mental en el abdomen del individuo ante el consumo cotidiano de la torta guajolota». Esas tortotas con un tamal adentro que venden a las salidas del Metro.

La receta fue recolectada por mi humilde persona en la estación de autobuses de la vía Tapo:

—Un bolillo calientito lo abre y, sin quitarle el migajón al pan, mete a todo lo que da un tamal.

Los sujetos culturales acostumbran, en las mañanitas, empujárselo con un vaso repleto de atole blanco, hirviendo; el COI prohíbe su uso a pesar de ser un esteroide anabólico natural.

El señor director, con esa fina sensibilidad que lo caracteriza, dejó que le prendiera la idea del Chiquitín.

La exposición llevó por título:

«Mole Doña María: Una retrospectiva a quinientos años de la migración mazahua a la urbe con todo y guajolotes».

Los creativos de la museografía calentaron motores: imaginaron puestos de tianguis en la sala Bonfil Bataglia. Querían traerse a dos que tres mazahuitas vendedoras de sopes y quesadillas para que el día de la inauguración se pusieran a vender sus garnachas.

La socióloga y subdirectora del Museo ideó un juego interactivo donde se lanzaban naranjazos al rostro del visitante que pedía ser retratado con vestimenta mazahua. El juego se llamaba: «¡Para que veas lo que se siente!».

El día de la inauguración fue la sala que más éxito tuvo entre los visitantes barbones y las mujeres ataviadas con ropa hindú.

Eso sí, aquello terminó con una reverenda borrachera a la salud de los jodidos.

Un doctor firmaba con su chis la pared principal. Cuando salí del Museo esa noche me creí un Ernesto Chic Guevara cualquiera.

Pero al otro día la cruda existencial se me atravesó.

Dos meses trabajando y no me habían pagado.

Con eso de que mi compadrito Salomón iba ser el padrino de la boda me había relajado. Sólo mi jefecita no se confió. Mientras dizque me iba a trabajar de sociólogo al Museo, ella se ponía a vender pantaletas.

—Hay, hijito, no es por reclamarte, pero se me hace que en el Museo te están haciendo menso, yo creo que si sigues ahí no te vas a hacer rico. Por qué no mejor buscas trabajo en otra parte. Dicen que en el Banco de México pagan retebien y los pensionan muy jóvenes; con harto dinero.